Portadores de almas

Capítulo 1: Portadores de almas

La isla de Whale, un lugar tranquilo y pacífico, donde la brisa del mar y el cálido sol convivían en armonía para crear el clima ideal; rodeada de enormes y limpias playas.

 

Un joven se encontraba recostado bajo la sombra, disfrutando de la música que salía de sus auriculares, generando una perfecta armonía entre su tararear y las olas de mar.

 

—Hola —lo saludó un muchacho enérgico de cabello rubio, que pareció haber salido de la nada.

—No puede ser, ¿otra vez tú? —se quejó el joven de auriculares, algo fastidiado.

—Adoras que te visite cuando vienes a la playa.

—Sólo vienes a molestar.

—No seas tan cruel conmigo —mencionó con voz decaída, pero algo cómica—. ¡Ya son tres años!, ¿no deberías estar acostumbrado?

—Tienes razón, estoy acostumbrado a que me fastidies. —El joven le regaló una cómica mirada de incredulidad.

 

De repente, una extraña ráfaga de aire golpeó la cara del chico de los  auriculares, provocando que la arena entrara en su boca.

 

—¡Puag! ¿Qué ha sido eso?

—Ves, Alain, eso se llama karma. —El rubio sonrió como un niño después de una travesura.

—Muy gracioso, ¿no? —Alain se puso de pie de manera abrupta, sacudiendo la arena de su cuerpo—. Es hora de irme.

—Pero si acabo de llegar —dijo el rubio notablemente desanimado.

—Por eso mismo —se burló mientras comenzaba a caminar en dirección a su hogar.

—Después de todo, nos veremos mañana, tranquilo —se despidió. Alain sólo levantó su mano en señal de despedida—… No —negó con la cabeza—, espera, ¡vuelve aquí!

 

Tras un rato caminando detrás de Alain, el joven por fin logró alcanzarlo tomándolo del brazo.

 

—Escúchame, necesito contarte algo, es muy serio.

—No tengo tiempo para eso, oxigenado, tengo deberes que hacer, es en serio —replicó seriamente, para luego soltarse del agarre, mirándolo con extrañeza y curiosidad.

—¡Escúchame! —exclamó el rubio, pisando la arena con fuerza, dibujando una mueca molesta en su cara.

—¡Déjame en paz! —El viento de la playa ondeó el cabello de Alain mientras observaba al rubio a los ojos—. ¡Eres demasiado pesado!, ni siquiera me has dicho tu verdadero nombre y actúas como si fueras mi amigo —le recriminó, particularmente molesto.

—Caramba... —Bajó la mirada, para dejar ver una mueca de incomodidad—. Ya te expliqué, es algo… complicado.

—Ja, eso creí. —Alain nuevamente continuó su camino lejos de ahí.

—¡No te molestes, maldito gruñón! —gritó apretando sus puños con fuerza.

 

A pesar de que Alain lucía muy serio, el joven rubio parecía más que acostumbrado a esa clase de tratos, se puede decir que así era su amistad: tosca; pero a pesar de eso, ambos se miraron en silencio, esperando algún remate.

 

El cabello de Alain danzó con la brisa del mar, y por alguna razón una discusión cómica ahora dio paso a un ambiente algo más serio.

 

—Quiero que lleves esto contigo.

 

El joven rubio se acercó a Alain, entregándole un extravagante arete de cristal.

 

—¿Qué se supone que haga con esto? —Arqueó una ceja, suspicaz.

—Sólo tenlo contigo, dicen que da suerte, jeje. —El rubio mostró una gran sonrisa.

—Si así me deshago de ti… —Alain le arrebató bruscamente el objeto metiéndolo en su bolsillo.

—Genial, espero verte mañana a la misma...

—¡¡Ayuda!!

 

El fuerte grito de un niño se escuchó por la playa en combinación con el romper del oleaje.

 

—Está en peligro, debemos ayudarlo. —El joven rubio salió corriendo desesperadamente en dirección al mar.

—Oye espera… —Alain levantó su brazo tratando de detenerlo, siendo ignorado—. No puede ser.

 

Entonces comenzó a correr detrás del rubio, no sabía el porqué, parecía que un impulso heroico lo obligaba a seguirlo; pero al llegar y observar al rubio en la orilla de la playa, vio a lo lejos un pequeño niño luchando por su vida.

 

—¿Qué hacemos? —preguntó el rubio angustiado, volteando a mirar a Alain.

—Tú eres el que salió corriendo, tú haz algo.

—Pero… no sé nadar… jeje. —Ante tal revelación, la cara de Alain pasó de preocupación a molestia por el “comediante” rubio.

—No me jodas —suspiró, aflojando sus brazos, y se lanzó al mar, con la idea de salvar al niño.

—¿Qué haces?, al menos sabe nadar.

 

Ignorando las palabras del rubio, Alain se zambulló para rescatar al niño.

 

«Maldita sea, ¿cómo ese mocoso se alejó tanto de la costa?», pensó, sintiendo cómo sus brazos flaqueaban después de lo que parecía una eternidad nadando, notando que su ritmo cada vez era más lento.

«Esto es un fastidio ¿Por qué intento ayudarlo?, ni siquiera lo conozco», Alain era frenado cada vez más por sus pensamientos a la vez que el duro peso del mar lo ataba.

 

De pronto, notó la silueta de un hombre, tan veloz, que las olas del mar parecían abrirse por sí solas delante de él.

 

«Por fin, un adulto responsable», pensó, aligerando sus músculos, dejando que las olas lo arrastraran de regreso a la playa, habiéndose dado por vencido.

 

Una vez la arena tocó su frío, empapado y adolorido cuerpo, el joven rubio se le acercó, a pasos lentos.

 

—Vaya que arruinaste tu momento, “héroe”. —El rubio desvió su cabeza, riéndose en voz baja.

—Cierra la boca. —Se levantó y caminó con fuerza hacia él, dejando su rastro en la arena—. Todo esto es tú culpa, oxigenado.

 

Alain lo empujó débilmente, apretando sus dientes con fuerza. El rubio se tropezó hacia atrás, y por accidente, pasó a través de un hombre que se encontraba cerca de ahí.

 

El momento se volvió tenso y el mundo pareció detenerse.

 

—¡Acabas de pasar a través él! —Los ojos de Alain se abrieron con fuerza, su mente entró en un leve estado de shock.

—Claro que no. —Los ojos del joven rubio se clavaron en los de Alain, manteniendo la tensión.

—¡Pero si acabo de verlo! —Dirigió su mirada hacia el hombre que se encontraba cerca de ahí—. Usted lo vio, ¿cierto?

 

El hombre lo miró con incredulidad.

 

—¿A qué chico te refieres?

—A ese de ahí. —Señaló en dirección al oxigenado—. ¿Que no lo ve?

—¿De qué rayos hablas? —El hombre se alejó rápidamente.

 

Los ojos de Alain se abrieron aún más sorprendidos. ¿Cómo era posible que no lo viera, si estaba frente a sus ojos? Incluso había podido empujarlo. Todo era muy confuso.

 

—No entiendo… —Su voz comenzó a quebrarse, perdiendo su característico tono indiferente e incrédulo, incluso sentía que perdía fuerza en su cuerpo.

 

Alain comenzó a llamar la atención con sus gritos de miedo, quedando como un loco frente a todos, hasta que un sujeto se le acercó.

 

Era un hombre bronceado y regordete, vendedor de piñas coladas de camisa floreada, que se le acercó y lo tomó del brazo fuertemente.

 

—¡¿Qué haces asustando a mis clientes?! —Señaló al hombre que acababa de alejarse, con enojo, moviendo su cabeza en señal de decepción—. Anda a delirar a otra parte, muchacho.

—Pero él está ahí. —Alain señaló con terror al joven rubio, quien era atravesado una y otra vez por las personas que pasaban.

 

El vendedor creyó que este joven estaba teniendo un brote psicótico.

 

—Tranquilo, no te estreses, llamaré a tu madre para que venga por ti.

—Pero le digo la verdad. —Alain jaló su brazo con fuerza, y se alejó del hombre de camisa floreada—. Le estoy diciendo la verdad. —Comenzó a caminar con pasos fuertes y lentos, con su cabeza agachada.

 

El rubio trató de seguirlo, pero fue detenido por un extraño presentimiento. Fue como escuchar los pensamientos de Alain: necesitaba darle privacidad.

 

—Creo que ha llegado la hora de contarle la verdad —susurró el rubio con cara triste, observando a su amigo alejarse.

 

 

Unas horas más tardes, la noche había  invadido la isla de Whale, dejando a Alain recostado en su cama, observando a la nada.

 

—¿Qué ha sido eso? —Trató de sentarse con dificultad, sintiendo su cuerpo pesado—. Eso fue real… estoy seguro.

 

Con las dudas en su cabeza, Alain tomó el frasco de medicina sobre su mesa, tratando de encontrar una respuesta en la etiqueta. Se rindió después de la cuarta lectura y dejó caer su cabeza sobre la fría almohada nuevamente, dejándose llevar por la paz de la noche; y después de mucho pensar, cayó rendido ante el sueño.

 

A la mañana siguiente, se podía sentir la cálida sensación del sol, en combinación con la fresca brisa marina de las playas de Whale, que ondeaba levemente las hojas de las palmeras. Era un día perfecto para salir a recorrer las limpias y hermosas calles de la isla.

 

Alain se encontraba caminando en dirección a la playa, tratando de olvidar a aquel rubio oxigenado. Convenciéndose de que tal vez fue una de esas alucinaciones crueles que solían aquejarlo, a pesar de que desde hacía tres años no las sufría; ignorando eso, hasta la sensación de ese último “episodio” había sido diferente a la de una alucinación.

 

—Maldición —murmuró con un agudo dolor de cabeza—. No puedo seguir así.

—Hola, Alain.

 

«Esa maldita voz», pensó él, lleno de un conjunto de sentimientos mezclados, sintiendo que su cuerpo comenzando a tensarse.

 

—Ayer sí que fue toda una escena. —Aparentemente el rubio no notaba el rostro furioso de su amigo.

 

Alain lo observó y dentro de él se mezclaron odio, miedo e incertidumbre. Tratando de evitar que su cuerpo temblara, sentía sus pies tan pesados como el metal, y su rigidez no lo ayudaba demasiado.

 

—¿Qué eres? —preguntó a duras penas, con su voz temblorosa y con una mirada de mil demonios.

—Mmmmm… no entiendo tu pregunta.

—¡No lo niegues! —Alain comenzó a sentir como empezaba a predominar la ira en su cuerpo—, en tres años, ¡¡¡tres malditos años!!!, no te he visto cerca de nadie, ni hablar con nadie, ni fastidiar a nadie más, ¡dime qué eres! —Se acercó lentamente con pasos fuertes—. ¡¡¡Dime qué mierda eres!!!

 

Se lanzó sobre el rubio, tomándolo por el cuello de su camisa.

 

—¡Tranquilízate, maldito psicótico! ¡Todos te verán haciendo el ridículo!… Te lo explicaré todo, sólo espera un momento —le respondió seriamente, mirando al confundido chico a los ojos. Después retomó su relajado semblante—. ¡Y quítateme de encima!

 

Alain se retiró, y se fue a la playa. Se sentó en la arena, tratando de buscar consuelo en las cristalinas olas del mar y la fresca brisa marina que acariciaba su angustiada cara.

 

—¿Qué es lo que eres? —preguntó con voz baja y la mirada perdida en el horizonte.

 

El chico se sentó a su lado.

 

—Soy un ser de otro mundo… un alma, mejor dicho.

 

Un poco más calmado, Alain sólo se estremeció un poco con esta respuesta, pero logró fingir calma.

 

—¿Por qué puedo verte? —preguntó rendido ante la duda, volteando a ver a su “amigo” a la cara.

 

Un silencio inundó el momento, dejando a ambos jóvenes inmóviles con sus miradas posadas en el mar.

 

—Puedes verme gracias a que tus sentidos son más sensibles… o algo así. —El rubio observó los débiles ojos de Alain—. Tampoco las almas tenemos mucha noción del porqué algunos humanos logran vernos.

—¿Entonces existen más personas capaces de verte? —preguntó con tono bajo y su mirada caída, postrada en la arena.

—Así es, al menos en este lugar —contestó con un considerable tono de duda—. El número es realmente limitado, por lo que sé. —Observó al cielo con calma—. Es una habilidad que se ha transmitido desde las generaciones antiguas, puede que alguien en tu familia pudiera ver este plano hace mucho tiempo…

 

Alain buscó consuelo una vez más en el sonido del mar.

 

—Es difícil creer en algo así.

—¿Quieres que te muestre algo?

—La última vez que quisiste demostrarme algo, hiciste una patética voltereta en la que casi te matas… aunque ahora que lo pienso, tal vez nunca sufriste ese riesgo.

—Puff, me pongo serio y te pones a sacarme en cara que no sé hacer volteretas en el aire, ¿quién te entiende?, loco de pacotilla.

—… ¿En serio eres real?, yo… disculpa estoy algo… desconcertado —dijo restregando sus manos contra su cara, que, por si fuera poco, mantenía una perpetua expresión de absoluta confusión.

—Vamos Alain, no hagas de esto algo dramático, te conozco, eres un libro abierto: finges desinterés, pero realmente te falta motivación. ¡Déjame darte una razón para vivir! 

—Wow, wow, wow. ¡¿Qué?! ¿Ahora mis alucinaciones me quieren solucionar la vida? —Rompió su shock ante tal ofrecimiento, raro pero curioso, aunque aún estaba renuente.

—Te demostraré que no soy una alucinación. —El rubio lanzó una mueca  risueña.

—Está difícil demostrarlo…

—Lo entenderás cuando lo veas con tus propios ojos. —El joven se puso de pie, ofreciéndole su mano, para que hiciera lo mismo.

 

Alain vio la mano del rubio con ojos de resignación. Tomó la mano de su amigo, sintiendo una extraña pero poderosa sensación, como si algo pasara dentro de él.

 

—Tienes que cerrar tus ojos —le dijo su oxigenado amigo.

 

Los cerró, olvidándose de todo lo que ocurría a su alrededor, incluso olvidando su propio pesar. Notó cómo un gran temblor se desató dentro de él, como sintiendo que el espacio se movía a su alrededor, haciendo crecer una sensación de poder y adrenalina en su interior.

 

—Abre tus ojos.

 

Alain abrió sus ojos con duda y temor, y observó el enorme lugar donde se encontraba.

 

Era como pararse en el espacio mismo: una infinidad de estrellas decoraban todo el plano, y nebulosas regalaban la visión de un cosmos en quietud.

 

En el centro, estaba una inmensa masa de energía en forma de orbe, un orbe creado de una extraña y brillante cantidad de fuego blanco que parecía revolotear.

 

—Esto se siente tan…

—Pacífico —lo interrumpió el rubio—. Eso de ahí, es el mundo espiritual —anunció con cierto toque de orgullo.

 

Alain se sintió impresionado, creyó que su cabeza explotaría en cualquier momento; su mirada fija y su sensación de pequeñez ante tal monumento lo dejaron en total shock.

 

—¿Ya… he estado aquí antes? —se cuestionó. Instintivamente, dio un pequeño paso hacia el frente, extendiendo su brazo.

—¡No! —negó el rubio, tomándolo del brazo—. Si la tocas, te convertirás en miles de partículas subatómicas. —Lo observó con intriga—. Sería muy difícil recolectarlas todas y volverte a unir. Muy, muy difícil. —Desvió su mirada con fastidio—… Es hora de volver.

 

Alain cerró sus ojos por mero impulso, esperando sentir el golpe de adrenalina.

 

—Estamos de regreso.

«Es extraño, esta vez no sentí nada…», pensó, algo decepcionado de que con el cambio de escenario volvieran a sus preocupaciones, intentado procesar lo visto.

—Ahora que sabes la verdad… tienes que ayudarme. —El joven rubio cambió su semblante a uno más serio, fuera de lo acostumbrado.

 

Tras escuchar las palabras del rubio, la mente de Alain regresó en sí, como si un balde de agua helada le hubiera caído encima.

 

—¿Ayudarte? Pero si sólo soy alguien que tuvo la desgracia de verte.

 

Rápidamente, el rubio lo tomó por los hombros, tratando de hacerlo entrar en razón.

 

—Tienes que ayudarme —le dijo, clavándole una mirada fría y seria.

—¿Ayudarte? —Apartó al “alma”, rápidamente y con fuerza—. Tengo mis propios problemas ya, tú sabes lo de mi accidente, estoy mentalmente lisiado, tengo lagunas en mi pasado… mira, ¡tengo que medicarme para tratar de aspirar a una vida normal! —exclamó, señalándolo—. ¡No compliques más mi vida, maldito espectro oxigenado!

«El sello… Dios estoy perdiendo tiempo», pensó con preocupación el joven de oxigenada cabellera.

—Tú eres la única persona en esta isla capaz de ayudarme —replicó el espectro de manera tajante.

—Claro que no, tú mismo dijiste que existen más personas capaces de hacerlo, además ya te dije que soy un lisiado mental. —Alain se apartó aún más de él—. Siempre que te acercas siento un extraño e irritante sentimiento.

—Espera un momento, tal vez yo pueda ayudar con eso.

—Sólo deja de complicar más las cosas, carajo.

 

Al borde de la locura, Alain decidió darle la espalda al rubio, dejándolo a su suerte mientras se alejaba marchando a paso pesado a su casa, sintiendo la brisa en su espalda, dispuesto a defender su pacífica vida.      

 

—Tarde o temprano, tendrás que ayudarme —sentenció el joven espectro rubio.

 

 

Con paso lento pero seguro, Alain continuó caminando, lleno de estrés, ira y frustración.

 

Se detuvo frente a una pared, y comenzó a descargar su ira, dándole repetidos golpes, algo blandengues, pero cargados de frustración. 

 

—¡No quiero saber más! Cada vez que estoy cerca de él siento esto. —Se le empezaba a dificultar tomar aire—. Esta sensación… dolor… a veces me pone triste, e inclusive en ocasiones feliz… no quiero sentir más, ¡sólo quiero sentir paz!

 

De pronto, la imagen de una mujer apareció en su mente, a una velocidad altamente fugaz.

 

El fuerte shock, en combinación con el desgaste emocional, terminó provocando que cayera de espalda en la acera, dejando su mirada fijada en el cielo.

 

—¡¿Qué fue eso?!

 

 

En otra parte, debajo de un enorme edificio, se encontraba un extraño laboratorio, lleno de aparatos tecnológicos altamente avanzados, fuera de la comprensión del ser humano.

 

De entre todos, destacaba lo que parecía ser un portal o vórtice. Se trataba de un enorme aro metálico que se alzaba en el centro del lugar.

 

Frente a él, un elegante pero algo anciano hombre estaba de pie, observando cómo se ponía ese gran artefacto en marcha, produciendo una extraña puerta onírica que emanaba una especie de llamas blancas de energía que parecía salvaje.

 

—El trabajo de mi vida… —Una macabra sonrisa de orgullo enmarcaba el rostro de ese corpulento hombre.

 

Detrás de él, entre las sombras, se hallaban seis personas expectantes.

 

—Maestro, estamos casi…

—Hay un problema…

—¿A-a-a qué se refiere, maestro?

—Aún falta tiempo… —El hombre miraba con un semblante frío e indiferente—. Es el núcleo espiritual del que estamos hablando, no es factible dar pasos en falso.

—¿D-e-e cuánto tiempo estamos hablando?

—No lo sé con exactitud. —El hombre vio con amplio respeto lo que tenía en frente, contemplándolo fijamente—. Eso realmente no me preocupa.

—¿E-e-entonces maestro?

—Observen con atención. —Sacó un extraño objeto en forma de cubo, lanzándolo al piso; de este, salió proyectado un mapa holográfico de toda la isla—. A esto me refiero. —Se notaba que en la imagen brillaba un punto rojo—. Un cabo suelto…

—¿A-a-a que se refie…? —preguntó una chica mientras sus piernas temblaban y su cabeza observaba el piso.

—¿A qué me puedo referir con un cabo suelto, imbécil? —le espetó con un tono intimidante, regalándole una mirada sobre sus hombros que hizo que la pobre chica ya no pudiera disimular su temblor.

—Pp-a-parece ser algo importante —dijo la chica apretando su puño, buscando calmarse.

—Así es. —El hombre la miró con desprecio e indiferencia—. Tú serás quien se encargue de ese cabo suelto.

—Se-será un placer, maestro.

—Si fallas… no te molestes en regresar. —Quitó su intimidante mirada de ella para volver a contemplar su creación.

La chica salió del laboratorio, atravesando un tenue, grisáceo y frío pasillo, donde sólo se podía escuchar el eco de su caminar y su risa burlona.

—El jefe me adora, ji, ji, ji, ji —mencionó la joven de cabellera y ojos naranjas, que hacían juego con sus voluptuosos pechos, resaltados por la delgada y ajustada camisa blanca, combinada con su corta falda negra, y sus ajustadas medias negras hasta la altura de los muslos.

 

De regreso en el laboratorio, todos los miembros observaban con duda al imponente hombre.

 

—¿Cree que mandarla a ella sea buena idea, maestro? —cuestionó uno de los chicos, se le notaba tenso, tal vez nervioso.

 

El hombre lo miró con indiferencia. La gran presencia que emitía sólo al estar de pie era abrumadora.

 

—No me cuestiones —respondió con fuerza, agravando su voz—. De entre todas las organizaciones mercenarias, ustedes han sido entrenados por mí. —Se escuchó su declaración por todo el lugar, haciendo temblar hasta al más mínimo insecto—. ¿Están preparados para tomar el mundo espiritual?

 

Al escuchar sus palabras, los presentes salieron de las sombras, colocándose frente a él; se veían dispuestos a seguirlo hasta la muerte.

 

—¡Sí! —gritaron todos al unísono, demostrando una enorme determinación.

—Cumpliré mi ambición, y ustedes, portadores de almas, verán la recompensa máxima de seguirme hasta la muerte. Mis guerreros del tarot… no me fallen.