Portadores de almas

Capítulo 2: Sexy aguijón

El sol se alzaba sobre la isla de Whale, llenando todos sus rincones con una cálida luz. La brisa era perfectamente fresca y la ciudad estaba en calma; todo parecía convivir en armonía.

 

Tras una semana evitando acercarse a la playa, Alain nuevamente salió de su hogar, caminando por las pequeñas calles de la zona residencial. Llevaba una mochila negra mientras paseaba, tarareando la tranquilizante melodía que salía de sus auriculares. Parecía que nada podría salir mal.

 

Al menos así era, hasta que chocó con algo o alguien, cayendo al piso. Furioso, le reclamó:

 

—¡Observa el camino, imbec…! —Sus palabras fueron cortadas fugazmente, al ver lo que tenía enfrente.

—Lo siento.

 

Se trataba de una hermosa chica de coletas, con un sugerente escote. La brisa de la cercana playa hizo que sus coletas revolotearan, dándole una apariencia tierna.

 

Alain se quedó mudo, pasmado por la belleza de la chica.

 

—¿Estás bien? —preguntó ella, poniéndose en cuclillas, acercándosele.

 

«Sus pechos, están muy cerca», pensó Alain, apartando la mirada, aunque sus ojos no pudieron evitar desviarse levemente a esos enormes dotes, haciendo que notara incluso el peculiar broche dorado que adornaba el inicio de su escote.

 

—S-sí, claro —respondió él, nervioso, moviendo sus manos—. Esto no es nada.

—Qué alegría —dijo la chica, poniéndose de pie—. Sería malo que algo te pasara.

 

Alain se puso de pie rápidamente, aún perplejo por la mirada y el cuerpo de la chica.

 

—Disculpa por lo de hace un momento —comentó algo nervioso y avergonzado.

—Está bien, observa más el camino de ahora en adelante. —Alain rio junto a la maravilla que tenía enfrente—. Es momento de que me vaya; espero verte de nuevo.

 

La chica se despidió mostrándole una brillante sonrisa, seguida de un pequeño y pícaro guiño.

 

—Al fin algo bueno. —Exhaló con fuerza y energía—. No se ven chicas así todos los días.

 

 

Después de algunos minutos caminando, el chico por fin llegó a su destino: el gran hotel Whale, un enorme edificio con vista al mar, donde no cualquiera podría alojarse.

 

—Hola, Alain —lo saludó una linda joven castaña de lentes, un poco mayor que él.

—Hola, Dory —saludó de vuelta, con calma, levantando su mano—. ¿Has visto a mamá?, me dijo que le trajera unas cosas —añadió quitándose la mochila.

—No la he visto, pero puedes dejarme sus cosas, yo se las entrego.

—Gracias. —Entregó la mochila, mostrándole una leve sonrisa.

—¿¡¡¡Te tatuaste!!!? —gritó Dory con fuerza, sujetándolo bruscamente—.Tu madre se volverá loca.

—No, claro que no —negó él, confundido, tratando de entender qué sucedía.

—Claro que sí —insistió ella—. Está justo aquí —replicó señalándole el antebrazo.

 

Él notó un peculiar símbolo negro en su antebrazo. Se trataba de un círculo con una estrella en su interior.

 

—¿Te refieres a eso? —Alain desvió su mirada, observando la entrada de la recepción—. No, sólo es temporal.

—Menos mal. —Dory le soltó el brazo y bebió un vaso del agua que se encontraba en el mostrador—. Espero que no me estés mintiendo —sonrió mirándolo a los ojos.

«¿Qué demonios?, pero si es aterradora cuando sonríe así», pensó él.

—Muy bien, me marcho ahora.

 

 

Tiempo más tarde, Alain se encontraba caminando por la zona comercial de la ciudad, mirando fijamente su antebrazo.

 

«¿De dónde ha salido esto?, estoy seguro de que esta mañana no había nada ahí. —Frotó el símbolo con su dedo pulgar—. No se quita».

 

Mientras se encerraba en sus pensamientos, de pronto logró sentir que algo se movía levemente en su bolsillo. Tratando de averiguar qué sucedía, buscó dentro.

 

—Olvidé que tenía esto.

 

Se trataba del arete de cristal que le había obsequiado el “alma”, aunque, esta vez brillaba con intensidad, lo que lo dejó confundido. Observando perplejo el arete, notó cómo las voces y el ruido a su alrededor se desvanecían de apoco, hasta que todo a su alrededor quedó en completo silencio.

 

—Algo anda mal. —Observó a su alrededor, buscando una respuesta—. Jamás había visto la zona comercial vacía.

 

De pronto, una especie de instinto de supervivencia recorrió su cuerpo.

 

—Hola, pequeñín. —Una voz aguda se escuchó por todo el lugar, seguida de una alegre risa—. He tenido muchos problemas para encontrarte, ese artefacto no emite una presencia que se pueda rastrear fácilmente.

 

Alain comenzó a sentirse levemente inseguro, observando a su alrededor.

 

—Veo que estás confundido. —Una fuerte ráfaga de aire sacudió toda la zona, tan fuerte, que él tuvo que cubrirse la cara con sus brazos.

 

Al destaparse la cara, el chico logró observar a una hermosa y sensual joven frente a sus ojos. Su delgada cintura, en combinación con sus prominentes piernas y sus desarrollados pechos, resaltaban con su corta falda negra y su peculiar cabellera naranja; sería algo que cualquier hombre quisiera ver. La reconoció de inmediato, aunque más por el broche que relucía en su escote.

 

—Eres tú. —La señaló, sorprendido, dando un paso atrás—. ¡Eres la chica de esta mañana!

 

Ella rio fuertemente, su cara demostraba satisfacción y sus mejillas se veían levemente ruborizadas.

 

—Adoro cuando mis presas están confundidas. —Puso su mano frente a su boca, tratando de ocultar su sonrisa—. Sobre todo cuando son pequeños tan lindos como tú, pequeñín.

 

Alain estaba nervioso, tragó saliva con fuerza, buscando una forma de salir de eso rápidamente.

 

—¿Qué pasa pequeñín?, parece que te comió la lengua el gato. —La chica rio burlona, comenzando a caminar seductoramente—. Tranquilo, pronto acabará.

«Maldición, ¿qué debo de hacer?», pensó Alain, apretando sus puños, buscando fuerza para hablar.

—¿¡¡Qué es lo que quieres de mí!!? —gritó bruscamente mientras retrocedía otro poco.

—Eres tan adorable. —La chica rio nuevamente—. Esta mañana observabas mis pechos y ahora estas lleno de miedo, esto es tan… excitante.

 

El muchacho se ruborizó al recordar la escena, volteando momentáneamente hacia los pechos de la joven.

 

—Está bien chico, te daré una oportunidad. —Ella se detuvo y lo observó con una sonrisa—. Sólo entrégame lo que he venido a buscar.

—No-no lo entiendo. —Él dio un último paso hacia atrás—. Jamás te había visto antes de esta mañana, no tengo nada que pueda interesarte.

—¡¡¡Claro que sí!!! —gritó la chica dando un fuerte pisotón, provocando que sus enormes dotes rebotaran un poco—. ¡Entrégame el arete de cristal!

«¿Por qué quiere esto?», Alain apretó el objeto con fuerza.

—Sé que se encuentra en tu mano. —La chica sonrió complacida, tomando el látigo atado a su cintura; era de color plateado, en un extremo se contaba con un resistente mango de metal negro, y en el otro tenía una punta de acero negro de considerable tamaño.

—Tómalo —dijo él con un ligero tono desesperado—. Esto no es problema mío.

 

El arete brilló intensamente, deprendiendo una presencia cada vez más fuerte.

 

—¿¡¡¡Acaso intentas usarlo!!!? —Ella lanzó el látigo directo al hombro de Alain, perforándolo de un golpe—. Ji, ji, ji, te ves tan lindo cuando sufres —soltó una pequeña y placentera risa.

—¡¡Agh!! —El chico gritó con fuerza y cayó de rodillas, sujetándose el brazo, jadeando por el dolor mientras su sangre comenzaba a empapar su ropa.

—El juego ha terminado —sentenció ella, que observaba la escena llena de placer—. Destruiré esa porquería y después veré cómo disfrutar de ti. —Acarició sus mejillas, sonrojándose.

 

La chica lanzó su látigo por segunda vez en dirección a Alain.

 

«Estoy acabado, voy a morir, y sin haber logrado nada en la vida», pensó él, dejándose llevar por el momento, dispuesto a aceptar su trágico y triste destino.

—¡¡Spiritual Shot!!

 

Una potente ráfaga de energía blanca impactó contra el suelo, provocando una intensa corriente de aire, que desvió el ataque de la chica creando una nube de polvo.

 

Una rubia cabellera, acompañada de una enorme sonrisa, salió de entre el polvo.

 

—Sí que estas en problemas Alain, jajá.

—No te hagas el héroe, maldito oxigenado. —Miró molesto al rubio— ¡Cállate y ayúdame!

 

El rubio tomó rápidamente a su amigo, cargándolo en sus hombros y  dispuesto a huir de ahí.

 

—Sujétate… y tenme un poco fe. —El espectro corrió rápidamente, alejándose cada vez más.

 

La muchacha rio a carcajadas, observando que ambos huían; sin embargo, lejos de estar enojada, su cara mostraba una enorme sonrisa, disfrutaba el momento con gran placer mientras retorcía su cuerpo.

 

—Eso es, corran lejos de aquí. —Desvió su mirada al cielo, sus ojos extasiados y su sonrisa demencial demostraban su éxtasis—. Esto será mucho más divertido.

 

A lo lejos, el rubio corría lo más rápido que podía, pero el peso del chico sobre sus hombres provocaba que sus pasos se volvieran más lentos.

 

—Sí que pesas, Alain —sonrió el “fantasma”, tratando de bajar la tensión como un buen payaso.

—Cállate imbécil —replicó el chico, golpeando la cabeza del rubio—. Me estoy desangrando y tú juegas al héroe, oxigenado de mierda.

—Yo también quisiera desangrarme a causa de una mujer tan buena como esa. —El rubio lanzó una carcajada—. No, ya, en serio, nos puede matar... pero qué rica está Jajaja. Uy, es por aquí.

 

Se dirigió a una de las zonas en construcción de Whale, ya que normalmente estaban en expansión. Entraron a lo que en el futuro sería una plaza comercial, más exactos, a la zona del estacionamiento. Se veían las columnas a medias y la maquinaria por el lugar.

 

El rubio finalmente se escondió tras una de las gruesas columnas de concreto, recargando a su amigo bruscamente.

 

—¡Ten más cuidado, oxigenado! —Alain le reclamó y se quejó del dolor, sujetando su hombro lleno de sangre—. ¡¿No ves que me estoy muriendo?!

—Qué llorón eres —replicó el espectro, riendo levemente, buscando algún trapo—. Sólo es un rasguñito.

—¿Quién es ella? —El herido parecía algo descompensado—. ¿En que nos metiste?

—¿¡Yo los metí en esto!? —El rubio rompió un trozo de la ropa de su amigo convaleciente—. Tú eres quien le estaba mirando los pechos.

 

Alain observó al rubio, molesto, pidiéndole a dios que lo despertara de su pesadilla.

 

—Lo único que sé, es que ella es una portadora de almas, con la habilidad de ver almas al igual que tú, tal vez sea nueva en el tarot… —El rubio utilizó el trozo de la ropa del muchacho para hacerle un torniquete en el hombro, deteniendo un poco el sangrado—. Una persona capaz de matarnos a ti y a mí.

—¿Eso quiere decir que también soy un portador de almas? —preguntó dudoso.

—Claro —respondió sarcásticamente—. Así sería si hubieras aceptado el contrato conmigo… genio.

—No pierdes ni una oportunidad, ¿cierto?

—Claro que no —rio satisfecho, aunque algo nervioso—… Ella debe tener un alma con ella como acompañante.

—Pero yo no he visto a nadie más —dijo Alain con cara confusa.

—Debe de tener alguna extraña “herramienta” —reflexionó el espectro, tocando su barbilla—. Ya que las almas tenemos dos formas, la forma espiritual y el modo sentou.

—El látigo que lleva… —murmuró el chico herido, tratando de levantarse—. Esa debe ser su herramienta.

—Claro, después de todo, el modo sentou puede darnos un cuerpo físico en forma de arma u objeto.

—¡¿Entonces, qué estas esperando?! Utiliza tus poderes y sácanos de aquí, oxigenado inútil —replicó el chico, aliviado.

—Cierra el pico. —El joven fantasma golpeó a su amigo en la cabeza—. Si fuera así de fácil, ya lo hubiera hecho. —Él miró directo a los ojos de su compañero, cruzándose sus brazos—. Si tan sólo alguien no se hiciera de rogar y aceptara ser mi portador, y dejara de ser un llorón…

 

El espectro lo miró con ojos algo molestos y cómicos, a la vez que un extraño objeto metálico se escuchaba siendo arrastrado, no muy lejos.

 

—No lo haré, si eso es lo que tratas de decirme. —Alain respondió mirándolo con molestia—. Sólo sácanos de aquí, rubio de pacotilla. Usa tu Spiritual shote o como se llame.

—Eso no serviría de nada, sólo es una simple ráfaga de aire —dijo sin poder aguantar la risa—. Sólo funciona para molestar playeros lanzándoles arena en la cara.

—¡¡Fuiste tú, maldito!! —Le gritó, sacudiéndolo de los hombros.

 

Su amigo fantasma no podía parar de reír.

 

—¡Escúchame! —exclamó por fin el rubio, agravando su voz con firmeza—. Antes te dije que no eras mal tipo, sólo te faltaba motivación, y qué mejor motivación que evitar morir.

 

La verdad golpeó la cara de Alain —al igual que la arena de la playa tiempo atrás— regresándolo a realidad, a pesar de que su rubio compañero, con complejo de payaso bromista, parecía ser el único con la voluntad de hacer algo para no morir.

 

—¿Qué debemos hacer? —preguntó desesperado, con su vista perdida.

 

 Al mismo tiempo, algo similar a un objeto metálico resonó, y una risa hizo eco por toda la estructura.

 

—Hay que destruir el núcleo del ente que la acompaña.

—¿Y… cómo sabremos cuál es?

—Al igual que el arete que te entregué, ella debe llevar consigo una especie de artilugio que resalte.

—Lleva un extraño broche en el pecho —respondió Alain, apartando su mirada con un leve sonrojo, tratando de no parecer un pervertido.

—Curioso, yo también le vi los pechos y no recuerdo ningún broche…

—¡¡¡Es porque sólo eres un pervertido idiota!!!... Tsk, ¿eso cómo nos ayuda?

—Sencillo, al igual que el arete que te di, ese broche es el núcleo del alma que la acompaña...

 

Finalmente, la estructura del edifico comenzó a retumbar, haciendo que el techo empezara a caerse lentamente.

 

—Demonios, la bruja tetona trata de asustarnos —mencionó el rubio mirando alrededor—. Debemos hacer el contrato o nos chupara… el alma.

—¿No hay otra opción?

 

Del cuerpo del rubio brotaron unos enormes rayos blancos. Extendiendo su puño, le respondió:

 

—Sólo hazlo, maldición.

 

En su interior, Alain dudó, una pequeña parte de él se sentía molesta, irritada. Extrañaba su vida pacífica, no quería perder eso, pero…

 

—Me arrepentiré de esto —bufó con un suspiro.

 

Cerca de los chicos, se encontraba la muchacha pelirroja, de pie, agitando su látigo en el aire, creando una fuerte ola de viento, levantando una nube de polvo mientras reía cada vez más fuerte y alocadamente.

 

—¡¡¡Salgan, mis queridas presas!!! —La chica relamió sus labios, degustando el momento—. Salgan para que los mate.

 

De pronto, todo el lugar empezó a temblar bruscamente, deteniendo el ataque de la alocada jovencita. Ella se quedó confundida, pero con la guardia en alto.

 

El temblor aumentó y aumentó, cada vez era mayor, más fuerte, como si el suelo se fuera a partir.

 

—Interesante —sonrió, satisfecha con lo que estaba pasando.

 

Un enorme rayo de luz pura salió disparado al cielo, como un farol que iluminara la noche, cegando un poco su vista.

 

—Esto se ha vuelto aún más… divertido. —Ella se acarició, apretándose lo brazos, pensando en el delicioso combate y disfrutando cada momento—. Al fin un juguete digno de mi poder.

 

En el centro del faro de energía, se encontraba Alain, el sangrado de su hombro había cesado, su cabello estaba ligeramente erizado y su mirada se había vuelto fría. Observando a su alrededor, desenvainó el arma.

 

—Así que, una katana —musitó, observando el gastado mango negro, seguido de una corroída y vieja hoja de metal—. Algo cliché para mi gusto.

«¡¡¿Una katana?!! ¡¡Una maldita katana!! —se escucharon lo gritos del rubio en la mente de Alain—. ¿¡¡No podías elegir algo más efectivo, como una metralleta o una basuca!!?».

—Ni siendo una tonta espada puedes dejar de molestarme —replicó el “portador” con ojos furiosos.

—Esto es asombroso —mencionó la chica, extasiada—. No sólo tengo la oportunidad de deshacerme de la basura que estorba al maestro… También puedo absorber un alma pura.

«¿Pura?, No me digas que aún eres virgen, Alain», mencionó el rubio, burlándose de él.

 

La chica miró maravillada al joven, al igual que un crítico cuando está por degustar un platillo exquisito, sintiendo el placer de la batalla.

 

—Antes de matarte, me gustaría saber tu nombre —le exigió ella, tensando el látigo con fuerza.

—Alain… Alain Rainner —respondió con voz calmada pero expectante, tratando de acostumbrarse a la sensación en su cuerpo—. ¿Cuál es el tuyo?

—Haruka Aoi.

 

Ambos se miraron por un segundo, para después salir disparados en dirección a su oponente.

 

Alain lanzó varios cortes, sin forma a causa de su falta de experiencia, los cuales fueron bloqueados fácilmente por Haruka.

 

«Trata de derribar el techo sobre ella cortando algunos pilares», le sugirió el rubio.

—Tal vez te hayas vuelto un poco más ágil gracias al contrato de almas… —Haruka se agachó, esquivando el corte, posicionándose detrás de Alain a gran velocidad—… Pero te falta mucho.

 

Gracias a su experiencia, Haruka logró esquivar fácilmente el ataque de Alain, propinándole un golpe directo, lo suficientemente fuerte para lanzarlo por los aires.

 

—Aún no termino. —La chica dirigió su látigo, enredando el pie del muchacho, azotándolo una y otra vez contra el piso, hasta lanzarlo a lo lejos.

 

Alain estaba contra el suelo, su cuerpo estaba totalmente lleno de moretones, incluso podía sentir sus órganos heridos y su hombro volviendo a sangrar.

 

—Maldición, me va a matar —masculló, escupiendo algo de sangre.

 

Haruka se acercó con pasos lentos y tranquilos al ya maltrecho Alain, riendo sínicamente.

 

—No entiendo por qué el maestro se preocupaba tanto por ti… sólo eres un debilucho. —Ella comenzó a patearlo una y otra vez en el abdomen—. ¡¡¡Muere, muere, muere!!!

«¿Así acabará mi vida?, sin haberme esforzado ni una vez… al menos me hubiera gustado salir con una chica… o abrazar a mi madre por última vez», él observaba con dificultad por uno de los orificios en la estructura, tratando de encontrar consuelo en el cielo, acercándose cada vez más a las puertas de la muerte.

«Maldición, Alain, ¿qué haces? Hace mucho que te conozco, sé que no eres un cobarde, ya te lo había dicho, te hace falta un motivo, maldita sea. Que tu motivo sea vivir, Alain. ¡Confío en ti, Alain! ¡¡Mi nombre es… Sakí!!».

 

Tras las palabras de Sakí, Alain sintió una intrigante sensación, muy familiar, cálida y protectora. Desbordaba un gran poder, envolviendo su cuerpo en un increíble y brillante manto de energía, como si intensas llamas blancas surgieran de él, creando una delgada cadena alrededor de su brazo que se unió a la pequeña katana.

 

—¡¡¡Quiero vivir!!! —Su potente grito resonó por todo el lugar, haciendo vibrar incluso las paredes de los edificios.

 

Moviéndose a una impresionante velocidad, Alain desapareció de los pies de Haruka, dejando ver un increíble anillo de luz alrededor de ellos, cortando las gruesas columnas de concreto.

 

Entonces, toda la estructura del piso superior cayó.

 

Alain salió de ahí a toda prisa. Totalmente exhausto, se dejó caer sobre el tejado de un local cercano, escuchando cómo el ruido y las personas comenzaban a reaparecer a lo lejos.

 

Haruka se quedó de pie, perpleja. Su fatídica sonrisa cambió por una expresión de derrota.

 

—Maldición, dejé que el contrato se terminara. —Golpeó uno de los escombros con su látigo—. Además, su sincronía con el ente era demasiado grande para un principiante. —Ella observó la gruesa cadena que salía de su cintura, uniéndola con su látigo.

 

Cerró sus ojos, como si tratara de buscar dentro de su cabeza.

 

—También ha escapado de mi mundo fantasma. —Apretó sus dientes con fuerza—. Tendré… que pedir refuerzos.

 

Ella caminó lentamente, lejos del lugar, llevando en su mano un extraño dispositivo con una equis escrita.

 

Una vez que desapareció en la desolada calle, el mundo alrededor regresó a la normalidad.

 

Las calles estaban llenas de transeúntes, como si nunca hubiera pasado nada.

 

 

 

Mientras tanto, en otro lugar lejos de ahí, el hombre de porte elegante estaba sentado frente a su chimenea, degustando una deliciosa taza de café.

 

—Esplendido —musitó, dándole un sorbo a su café y observando el fuego.

—Maestro. —Entró un joven, con calma, haciendo una reverencia frente al hombre.

—¿Qué es tan importante como para que arriesgues tu vida al interrumpirme? —preguntó el imponente sujeto, con su semblante serio.

 

El chico se veía nervioso, buscando fuerza en su interior para hablar.

 

—Hemos recibido un mensaje de Haruka —respondió apretando sus puños, tratando de superar el miedo.

—¿Ha cumplido con la misión? —El hombre olfateó un segundo su taza de café y prosiguió a dar un sorbo.

—El plan se ha complicado, ne-necesita ayuda.

 

El maestro observó al chico, desprendiendo una fuerte y atemorizante presencia.

 

—Insinúas que tu hermana es una inútil. —La voz de aquel hombre pesaba más que un yunque.

 

El chico apretó con fuerza sus dientes, buscando la respuesta correcta en su cabeza.

 

—Sí, mi hermana es una inútil. —El muchacho observó al hombre directamente a los ojos, tratando de ocultar su temor—. Sólo yo puedo cumplir con la misión.

—Me has mirado a los ojos. —Terminó de beber su taza de café—. No falles.

 

El chico salió rápidamente de la habitación hacia un nuevo destino, dejando atrás al imponente y aterrador hombre que aún disfrutaba el sabor residual de su café.

 

El maestro observó por última vez las abrazadoras llamas de la chimenea.

 

—Espera un poco más… amor mío.