Restart

Capítulo 0: Prólogo

La agitación de su corazón puede oírse por toda la habitación. Sus manos y piernas están amarradas a la pared por grilletes.

 

Aquel chico de sudadera y pantalones rojos, cabello azabache y expresión aterrorizada observa sus alrededores, intentando forcejear inútilmente.

 

—¿Hola? ¿¡Dónde estoy!? —El sudor frío empapa su frente y su piel se eriza a causa de las emociones negativas que siente.

«¿Es que acaso no se puede confiar en nadie?».

 

A medida que los segundos pasan, una voz resuena en su cabeza, una voz femenina que desconocía por completo.

 

«Esas chicas no son para nada gentiles, te devorarán si no les das lo que quieren».

 

Al oír lo que decía esa voz, no pudo evitar mirar en todas direcciones. La oscuridad se cernía sobre la zona: no había ventanas o algo que mostrara el exterior, por lo que dedujo que se podía tratar de un sótano.

 

—¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¡¡¿Quién demonios dijo eso?!! —El sonido de su eco retumbó  en la habitación donde se hallaba.

«Silencio, o vendrán a callarte».

 

Terminó su grotesco intento por calmarlo con una risa que heló su sangre, una risa que se asemejaba mucho a la de una niña que disfrutaba de su juego favorito.

 

Unos rechinidos se oían desde el techo, como si de pasos se tratasen. Iban de un lado a otro y pronto se acercaron a él.

 

Al final de la oscuridad, en la cima de una escalera, una silueta de luz dibujó una puerta. Esta misma luz bañó el rostro de Kazuki Suzuki, un adolescente como tú y como yo que —sin imaginárselo— quedó atrapado en la peor situación que te podrías imaginar.

 

—Parece que nuestro invitado está haciendo demasiado ruido, ¿no crees? —Su forma de hablar era ruda y repleta de malicia.

—Absolutamente. ¿Quién va primero a negociar con él? ¿Tú o yo? —exclamó la segunda voz; sonaba menos excitada que la primera.

—Cuando se trata de negociaciones hostiles, soy la encargada. Déjamelo a mí.

 

Sin más, descendió por las escaleras, las cuales crujían con cada paso.

 

—¡P-por favor, no me hagas nada! Dime qué quieren. No tengo dónde caerme muerto, ¡ni siquiera sé qué es este lugar! —Kazuki, el chico al final de las escaleras, comenzó a recoger sus rodillas, rodeándolas con sus brazos, horrorizado.

—¿Ves, Lydia? Apenas me acerqué y ya está dispuesto a colaborar.

 

Tomó al chico por el cuello y lo levantó sin dificultad; la fuerza de aquella semihumana era abrumadora.

 

La sonrisa arrogante que mantuvo se transformó en una expresión de enojo.

 

—¿Quién eres? Esa ropa… Tu rostro en general desencaja con los seres repugnantes de este apestoso lugar.

 

Con las afiladas garras de su mano desocupada, fue rasgando la sudadera.

 

—S-soy  Kazuki, s-sólo Kazuki.

 

Esa escueta respuesta la enfadó más. De a poco, rasgó el abdomen del muchacho, derramando el líquido que permanecía en su interior.

 

«N-no puede estar pasándome esto…».

 

Con ese pensamiento en mente, comenzó a desvanecerse  mientras sus intestinos se deslizaban por el suelo. Y así, de manera brutal, Kazuki Suzuki falleció por segunda vez... en el mismo día.