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Capítulo 1: Déjà vu

—¡Por fin lo tengo en mis manos!

 

Un muchacho alzaba por los cielos la copia de un videojuego, se trataba de uno bastante esperado por él.

 

El trayecto de vuelta a casa era una tortura: corría desesperado, despeinando su largo cabello azabache y sudando el conjunto deportivo rojo que vestía.

 

«¡Ya queda poco! Sólo unas calles más y jugaré esta belleza».

 

Entonces en su mente apareció algo que no supo diferenciar; desconocía si se trataba de un pensamiento o un recuerdo:

 

«S-soy Kazuki. S-sí… Kazuki. Un estudiante proveniente de otro mundo… No lo olvides, no lo olvides, no lo olvides...».

 

Aquello lo mantuvo intrigado, incluso al llegar al cruce de trenes.

 

—C-claro que soy Kazuki… Eso fue extraño...

 

Ensimismado, ignoraba los gritos de la gente a su alrededor.

 

—¡Sal de ahí, idiota! ¡¡Deprisa, que alguien lo ayude!!

 

Se encontraba justo en las vías del tren. Cuando se percató de ello, este ya se hallaba a pocos metros de él.

 

«N-no puede estar pasándome esto… ¡¿De verdad fui así de distraído?! ¿Moriré por estar en las nubes?».

 

El destino jugaba en su contra: precipitadamente, el tren lo mandó a volar, matándolo en seco. 

 

El bizarro espectáculo espantó a los presentes, los cuales se hallaban  salpicados de sangre.

 

 

Extrañas voces, amortiguadas y desconocidas, se manifestaban desde algún lugar. La oscuridad que lo rodeaba amenazaba con ofuscar su campo visual.

 

—¿E-estás bien? Despierta. —Una chica de cabello castaño bastante largo, piel pálida y ojos oscuros movía con gentileza a Kazuki, que descansaba en sus muslos descubiertos.

—¿Quién eres tú? ¿D-dónde estoy? —preguntaba mientras sus ojos se acomodaban a la brillante luz del sol.

—¡Ya déjalo, Lydia! Estamos en un lugar peligroso, nos robarán o asesinarán, en el peor de los casos. —La otra voz era más ruda, y demostraba completa insensibilidad por aquel desamparado joven en el piso.

 

Luego de unos segundos, Kazuki logró incorporarse y ponerse de pie, con ayuda de la chica llamada Lydia.

 

—¿Ves? ¡Ya está mejor! Ahora larguémonos. —Se veía preocupada e iracunda, se notaba que no poseía paciencia.

 

Kazuki, molesto por la falta de tacto de la otra persona, alzó la voz:

 

—¡Ey! ¡Cálmate, chica gato!

 

En efecto, la compañera de Lydia poseía enormes orejas, similares a las de un gato o un perro. 

 

—¡¿Chica gato?! ¡Lo asesinaré!

 

Antes de realizar cualquier acción  hostil, Lydia se interpuso entre ambos y exclamó:

 

—¡Basta! Nos iremos de aquí rápidamente.

 

Tomó las manos de ambos y así comenzaron a correr en línea recta por una de las abarrotadas calles.

 

Aquella ciudad poseía un estilo medieval; a medida que avanzaban, cientos de personas diferentes aparecían: elfos, semihumanos y demás seres llenaban la vista de Kazuki, que no podía dejar de observar sus alrededores, conforme corría acompañado por dos bellísimas chicas.

 

«No cabe duda alguna… Aunque se me hace muy difícil de creer».

 

Un grupo de sujetos, con sus rostros cubiertos y espadas en sus manos, los perseguían a gran velocidad; empujaban y hacían a un lado a los transeúntes, que los miraban molestos.

 

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Lydia; aún no le soltaba la mano.

—S-soy Kazuki, sólo Kazuki.

 

Se iban alejando del sector más peligroso, siguiendo las indicaciones de la semihumana de abundante cabello azulado, orejas gatunas y carácter fuerte. En las aceras yacían cadáveres, vestigios de charcos de sangre seca y osamentas en descomposición.

 

«Esto es aterrador, debo estar en el peor lugar de este mundo. Me llevan dos bellas chicas que ni siquiera conozco, es difícil de creer que aquí exista gente de confianza... ¿T-tienen buenas intenciones? Al menos una de ellas… Esto es sospechoso».

—¿Es acaso posible confiar en alguien aquí? —pensó Kazuki, en voz alta, viendo a la nada.

—¿Dijiste algo? Debemos apresurarnos. ¿Ya puedes correr por tu cuenta? —Ella separó su mano de la de él.

—S-sí… Pero no entiendo, ¿de qué huímos? Dejaron de perseguirnos hace un rato —señaló Kazuki, apuntando hacia atrás.

 

Se detuvieron de golpe, aunque la semihumana de cabello azulado permanecía alerta.

 

—Qué ingenuo es este idiota. ¡Cuidado, Lydia!

 

Una veloz daga se dirigía a la chica. Sin embargo, su compañera la interceptó, lanzando otro cuchillo, y anuló el ataque.

 

«¡Eso fue increíble! Y aterrador al mismo tiempo».

 

Temeroso por la situación, Kazuki se quedó detrás de las muchachas; ellas sacaron sus armas, esperando el movimiento del enemigo.

 

—¡Buscamos al chico! ¡Entréguenlo y saldrán de todo esto sin daños! —indicó un hombre, desde la otra esquina de la calle.

 

Este iba vestido con una túnica negra y su cara  permanecía cubierta.

 

«Mierda, mierda, mierda… ¡Vienen por mí! ¿Qué demonios hice ahora?».

 

Ambas chicas parecían analizar la situación. Por el momento, el enemigo era sólo uno; no sabían si podía haber más, ocultos en los edificios aledaños.

 

«Debo calmarme, debo actuar como el protagonista de mi historia y defender a mis nuevas compañeras».  

 

—Escuchen, me entregaré para ver si salen los posibles cómplices. —Esas palabras tenían la intención de sonar geniales; en su mente, así fue.

 

Se miraron sorprendidas por su actitud, puesto que el chico se había ocultado tras de ellas tan sólo segundos atrás.

 

—Tengo esto, servirá en tu loco plan suicida —dijo Lydia, dándole una pequeña piedra de color negro mate.

—¿Qué es esto? Bueno, sé que es una piedra. Pero ¿qué hace?

—¡Sólo aviéntala al suelo cuando lo consideres prudente y producirá una niebla que los dejará fuera de juego!

 

Parecía sencillo: correr hacia el oponente, esperar el instante adecuado y lanzarla. Si era tan simple, ¿por qué no lo hacían ellas? 

 

Sin duda alguna, lo dejarían a su suerte. Eso pensaba Kazuki, carcomiéndose la mente con malos pensamientos.

 

«Si de verdad estoy en otro mundo, si esto no es un sueño y por alguna razón llegué aquí… ¡No puedo permitirme morir y perder la oportunidad que todo otaku desea!».

 

Se acercó deprisa hacia el sujeto encapuchado, su cuerpo se llenó de adrenalina.

 

—¡Ahí lo tienen! ¿Qué tal si nos dejan ir ahora? —vociferó la chica gato.

—Ciertamente, mencioné que se podían ir. ¡Pero me arrepentí! ¡¡Tras ellas!!

 

Tres bandidos abandonaron su escondite y emprendieron una carrera, pasando por el lado de Kazuki, que seguía su marcha hacia el aparente líder. Al mismo tiempo, dos bandidos salieron disparados por la ventana del segundo piso de los edificios en paralelo.

 

Se trataba de una emboscada. Las chicas elevaron la vista al cielo, asustadas.

 

«¡Esto es malo! Horrible, pésimo… ¡No quiero morir! No de nuevo, al menos».

 

Arrojó la piedra contra el suelo, creando la susodicha neblina, la cual se expandió y cubrió una enorme área alrededor de Kazuki.

 

—Esto es impresionante. —El chico admiraba su entorno.

 

Muchos de los bandidos que estaban delante de él cayeron como moscas. No obstante, los que estaban más alejados aún  procuraban secuestrar a sus compañeras.

 

—¡Aléjate, idiota! —exclamó la chica de atributos animales, repeliendo algunos ataques de espadas con ayuda de sus cuchillas dobles.

—¡¿Estás bien, Kazuki?! ¡Huye de aquí! —gritó Lydia, deteniendo el ataque de una espada, gracias a su bastón.

«Sospeché de ellas… A pesar de que ahora quieren salvarme… ¡Soy el protagonista!».

 

Armándose de un falso valor, tomó una de las armas dejadas por los inconscientes bandidos y corrió para ayudar a sus ahora amigas, enterrando el afilado sable en uno de los sujetos.

 

—M-maldito mocoso…

 

Debido a la distracción, por la herida provocada, Lydia logró asestar un golpe en su cabeza; a causa de ello, cayó al suelo, casi inconsciente.

 

—¡Esto no ha acabado! —gritó a lo lejos el líder de la banda.

 

La bruma ya se había disipado, por lo que podrían seguir luchando; más la piedra-granada usada por Kazuki empleaba magia de sombras: anulaba los sentidos, retornándolos después de unos días.

 

 

—¡Muchísimas gracias! De verdad. Por un momento pensé que me abandonarían ¡¡Estoy eternamente agradecido!! —Hizo varias reverencias.

 

Con la atmósfera más calmada y la luz del sol en el horizonte, terminaron su recorrido en una tranquila plaza.

 

Todo era más silencioso: personas caminaban por calles lejanas y una que otra ave emprendía su vuelo luego de devorar algunos cadáveres.

 

A aquel lugar se lo conocía como Carcelaria: una ciudad de antaño; una cárcel usada para albergar, por sobre todo, a los criminales de máximo rango mágico.

 

—Ya veo… ¿Entonces no hay salida de este infierno? —preguntó, tomando asiento en una pileta que no contaba con rastros de agua.

 

Ambas asintieron. La plaza estaba vacía; sólo unos pocos árboles secos y restos de basura eran testigos de su conversación.

 

—No la hay. Si la hubiera, no estaríamos aquí —espetó la chica que con tanto desprecio lo había tratado.

—¿No crees que ya deberías presentarte? Tu constante actitud de enojo me agota —replicó Lydia, guiñándole un ojo a Kazuki.

 

La chica parecía resistirse, pero cedió tras recibir un golpe en la pierna de parte de su amiga:

 

—Soy Marsella… ¿Eso es suficiente? Ahora larguémonos, estoy agotada también.

 

El día finalizaba y la tarde llegó con una hermosa puesta de sol; el clima, con el pasar de los minutos, se volvía frío y oscuro.

 

Una vieja casa se alzaba frente el ahora trío.

 

«Este lugar me da escalofríos, ¿no estaré siendo muy confiado? Me salvaron, de la nada me llevan a su casa… ¿Cómo saben que pueden confiar en mí?».

 

A pesar de las dudas, saber que era un debilucho en combate bastó para comprender por qué confiaban en él.

 

Una vez dentro de la casa, la puerta se cerró; las ventanas se hallaban igual y sólo un pequeño candelabro, en el centro de una mesa, iluminaba la penumbrosa escena.

 

—¡No seré exigente, en absoluto! Con una manta y el suelo es suficiente —exclamó, alzando su dedo índice al cielo con evidente emoción en su rostro.

 

Sin embargo, las chicas permanecían dándole la espalda y parecían murmurar algo entre sí.

 

—¿Qué sucede? Tal vez… ¿Fui maleducado al asumir que me quedaría en su casa? —Kazuki comenzaba a ponerse nervioso, tragando saliva.

 

Después de un tiempo indeterminado, ambas se dieron vuelta. Marsella derribó a Kazuki con un contundente golpe, dejándolo al borde de la inconsciencia.

 

Lo último que sintió fue el duro suelo contra su mejilla, un fuerte dolor y un tibio riachuelo de sangre que empapaba su cabello, deslizándose por su cuello hasta el piso.

 

 

—M-mi cabeza… —No lograba levantarse, ni siquiera sentir sus extremidades; sólo mareos y náuseas de vez en tanto.

 

La palabra «traición» resonaba en su mente y destellos de una tenue luz, proveniente de una vela, lo despertaron; pero no como él quería.

 

Sus brazos y piernas estaban sujetas con grilletes, los cuales se encontraban clavados a la fría pared de ladrillos.

 

Pronto el dolor de su cabeza comenzó a disminuir, palpó el área afectada y sólo notó una costra de sangre seca. Acto seguido, una puerta al final de unas escaleras comenzó a abrirse, rechinante.

 

Por aquellas escaleras descendían dos figuras conocidas, ambas sosteniendo un candelabro que ayudó a iluminar el sótano.

 

—¿Q-qué están haciendo? ¿¡Dónde estoy!? ¡¿Qué demonios les pasa?! —Kazuki estaba exasperado, agitado e hiperventilando.

 

Las lágrimas resbalaban por sus ojos, y sus piernas tiritaban de manera antinatural.

 

—Todas tus preguntas serán respondidas. Sin embargo, nosotras tenemos la nuestra… ¿Quién eres?

 

Marsella acercó una silla mientras Lydia hacía las preguntas.

 

«S-soy Kazuki. S-sí… Kazuki. Un estudiante proveniente de otro mundo… No lo olvides, no lo olvides, no lo olvides...».

 

¿Acaso creerían algo así? Optó simplemente por la respuesta fácil.

 

—S-soy Kazuki, sólo Kazuki —repitió.

 

Al oír la respuesta, se miraron decepcionadas, pero no más tranquilas.

 

Lydia abandonó la sala, haciéndole algunas señas a su compañera, sin que Kazuki se diera cuenta.

 

—Sabes que desde el principio me desagradaste, debiste darte cuenta… Es por eso que hablarás; de lo contrario… —Señaló su mano, la cual mutó progresivamente, tomando la forma de una pata de lobo, repleta de afiladas garras.

—N-no sé qué más hacer o decir, por un demonio… ¡Sólo soy Kazuki! ¿Qué más quieres oír? ¡Maldita psicópata! —gritó desde el fondo de su alma. Por su nariz corría una hilera de mocos, y en su rostro había lágrimas.

—Si eres alguien importante para la realeza o algún sujeto de pruebas, debo saberlo. Nadie con esa vestimenta llega a este lugar, no eres del continente. ¿Qué haces aquí? ¿Quién eres? —Marsella levantó a Kazuki del piso, por el cuello.

 

Por la atemorizada mente de Kazuki sólo pasaba un pensamiento, uno de una voz que ya había escuchado antes.

 

«Morirás, morirás, morirás… Pero ¿no sería genial poder evitar este destino tan patético?».

 

Acompañado de una risa, aquella voz femenina volvió a hacerse presente y el tiempo se detuvo para Kazuki.

 

Marsella aún lo sujetaba.

 

«¿Ahora dónde demonios estoy?».

 

Miró a su alrededor. Parecía un área infinita, no se podía distinguir dónde empezaba el piso y dónde terminaba el cielo. A lo lejos yacía una pequeña silueta de cabellera rubia.

 

—¿Hola? ¿Quién eres? —Se acercó para intentar tocar su hombro. No obstante, una fuerza invisible detuvo su brazo en el acto.

—¿Quién se imaginaría que un sucio y repulsivo humano sería el anfitrión de la reina demonio…?  Vaya mierda —exclamó la niña de larga melena dorada y ajustado vestido negro.

—¿Reina demonio? —reiteró Kazuki.

—La misma —respondió. Y con un movimiento de su mano, arrojó a Kazuki por los aires.

—Tú me ayudarás a revivir, me sacarás de tu asqueroso cuerpo y entonces, sólo entonces, te quitaré esta maldición.

 

Todo pasó deprisa. Para cuando realizó el siguiente pestañeo, volvió a la realidad.

 

—¿Quién eres? Esa ropa… Tu rostro en general desencaja con los seres repugnantes de este apestoso lugar.

 

Con las afiladas garras de su mano desocupada, fue rasgando la sudadera.

 

—¡Mierda, mierda! ¡¡Duele!! Agh… ¡H-hablaré! ¡¡Detente!! ¡¡Detente!!

 

Marsella ya no razonaba. En el momento en que Lydia apareció, corrió hacia ellos para intentar detener a su amiga, más la chica lobo pasó una de sus garras por el abdomen del muchacho, rasgándolo de lado a lado.

 

«¿Qué es esta sensación?».

 

Cayó al suelo y notó cómo Lydia veía aterrada a Marsella, quien se había convertido en un imponente lobo que apenas cabía en el sótano.

 

Hacía retumbar el suelo y su apestoso hocico se acercó rápidamente al malherido Kazuki.

 

«¿E-estos son… mis intestinos?».

 

De un segundo a otro todo fue oscuridad, sólo recordó algunas palabras de su charla con aquella «reina demonio».

 

«Tú me ayudarás a revivir».

«Sólo entonces, te quitaré esta maldición».  

 

Acto seguido, la vida se esfumó de su cuerpo, y no pudo presenciar las otras atrocidades cometidas por la descontrolada Marsella…

 

Aquel estudiante conocido como Kazuki Suzuki había llegado a su fin.

 

 

—¿E-estás bien? Despierta. —Una chica de cabello castaño bastante largo, piel pálida y ojos oscuros movía  a Kazuki, que descansaba en sus muslos descubiertos.

 

Esas palabras retumbaron en sus oídos.

 

«¿Q-quién es? ¿Qué pasó?».

 

Apenas sus ojos se acostumbraron al brillo del sol, lo vio.

 

—¡Ya déjalo, Lydia! Estamos en un lugar peligroso, nos robarán o asesinarán, en el peor de los casos.

 

El déjà vu fue evidente.

 

Al percatarse de esto, se levantó rápido, aún un tanto mareado.

 

—¿Ves? ¡Ya está mejor! Ahora larguémonos.

—Nos iremos de aquí. ¿Vienes? Este lugar es peligroso, más para alguien como tú. —Lydia tomó su mano con plena confianza y comenzó a huir.

«¿Qué está ocurriendo? ¿Es esto acaso real? ¿Se trata de un sueño?».

 

Sobreanalizaba sus teorías a medida que corría, de la mano de Lydia.

 

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó ella.

—Kazuki —respondió, conmocionado.

 

Tras correr un rato lograron «perderlos».

 

—Entonces eres Kazuki. Esta es Marsella, y yo soy Lydia.

 

Pero el momento fue interrumpido y todo se repitió… Durante el combate, Kazuki se desenvolvió al pie de la letra, gracias a su buena memoria.

 

El día terminó de nuevo con un tranquilo atardecer en la misma plaza. Luego se dirigieron a la vieja cabaña.

 

«No hay duda al respecto… Lo he meditado de todas las formas posibles, considerando cada variante… Desde estar loco, hasta el hecho de ser un simple sueño, pero está claro ahora».

 

—Adelante. —Lydia lo invitó a pasar.

 

Entró temeroso, observando el mismo panorama conocido.

 

La puerta se cerró detrás de él y Kazuki rompió el sepulcral silencio:

 

—S-sé lo que planean… M-me secuestrarán y me torturarán… Lo sé… —Kazuki tartamudeaba y su cuerpo temblaba. Ellas se daban la vuelta para mirarlo.

 

A pesar de la sorpresa, dar a conocer sus intenciones no detuvo el golpe que lo dejó inconsciente en el piso.

 

—Venga, despierta, chico listo.

 

Un balde de agua cayó sobre él, despertándolo.

 

«Oh, ya lo recuerdo».

 

—Ahora dime, ¿quién eres? —preguntó Marsella conforme Lydia acercaba una silla.

 

«Si esa reina demonio hizo esto, no sé cómo tomarlo… ¿Es algo retorcido hacerme vivir de nuevo los preámbulos de mi muerte? ¿O es generoso? Sea cual sea el caso, buscaré otra alternativa».

 

—Soy Kazuki Suzuki, un estudiante del extranjero, una persona sin talento alguno más que mi excelente memoria. Pero, si me dejan vivir, juro que las puedo sacar de aquí. —Con toda la confianza de su ser, comenzó con aquel discurso.

 

Era lo más similar a apostar todas sus cartas en una tirada de póker: o salía todo bien o salía todo mal.

 

Tanto Lydia como Marsella se miraron, pensativas.

 

—Suena bastante fantasioso lo que prometes. Nadie ha logrado huir de aquí, nadie ni siquiera ha asomado su cabeza al exterior. ¿Y tú, «un bueno para nada», nos sacarás de aquí? —cuestionó Lydia.

—No mentí cuando dije todo eso, ciertamente soy un bueno para nada. Pero si tengo algo de lo que jactarme es de mi perseverancia… ¡Haremos un trato!

 

Kazuki se puso de pie, meciendo las cadenas de un lado a otro y alzando su dedo índice hacia el cielo, esta vez dando gracias al ser que habitaba su alma.

 

—¡Obviamente no lograré hacer esto solo! Soy cobarde, débil y tiendo a no tomar las mejores decisiones. Si falto a mi palabra, aún tendrán mi ropa; vean mi promesa de salir de este lugar como un plus.

 

Después de reconsiderarlo por unos breves instantes, llegaron a un consenso.

 

—Un mes, Kazuki Suzuki; tendrás un mes para sacarnos de este lugar, de lo contrario… —Lydia señaló a una ansiosa Marsella que comenzaba a mirarlo de pies a cabeza.

 

Así, ambas partes dieron el visto bueno y sellaron el pacto. Entonces iniciaron los planes de fuga para librarse de la prisión más segura y peligrosa del mundo.