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Capítulo 2: Quelana

El grupo de Kazuki —conformado por las dos chicas que intentaron asesinarlo— se encontraba en el tejado de la casa; era temprano, por lo que los rayos del sol matutino se asomaban en el horizonte.

 

—¿Por qué la ciudad está divida en dos? ¿Qué hay en el otro lado? —preguntó Kazuki, apuntando hacia esta.

—Un sector es para las personas como tú y como yo: personas con un nulo o escaso poder mágico, seres que no manejan tanto mana como los del otro lado. —Lydia enfatizaba sus palabras mientras enseñaba su bastón.

—¿Nadie ha intentado simplemente saltar o volar? No veo grandes defensas, además de los soldados con rifles. —Se llevó la mano al mentón.

 

En el acto, Lydia le entregó una piedra a Marsella. Ella la aventó al cielo, a gran velocidad, y esta impactó contra algo invisible, para después desintegrarse sin dejar rastro.

 

—Entiendo… —mencionó el chico de rojo, comenzando a sudar de nerviosismo por la falta de opciones.

«Al mínimo contacto con esa especie de barrera, desapareces; eso está más que claro».

 

Intentando hacerse el interesante, se mantuvo pensativo por algunos segundos más y tanto Lydia como Marsella se inclinaron cerca de él.

 

—Entonces… ¿Tienes alguna idea ya? —Lydia mostraba aparente timidez, jugando con sus pulgares para calmar sus ansias.

 

Se veían bastante inquietas. Todos en aquel lugar se planteaban salir de ahí, pero abandonaban la idea debido a las protecciones que tenía.

 

—Tengo un mes para idear algo, sólo es mi segundo día en este lugar, no nos escaparemos de un circo —comentó, poniéndose de pie y mirando el horizonte con ánimos.

«El cielo no es una opción. Los muros parecen estar hechos de ladrillo… Picarlos puede ser la clave. Sin embargo, ya que la barrera del cielo era invisible, puede que el muro tenga algún encantamiento o hechizo similar».

 

Considerando las características del domo de Carcelaria, Kazuki optó por un plan de fuga más sencillo, como todo fanático de series policiales y de aventura.

 

Tras descender del techo, se llevó a cabo el almuerzo. Después de meditarlo, Kazuki se levantó de la silla, golpeó la mesa y manifestó su plan:

 

—¡Será por un túnel! —Ambas chicas quedaron sorprendidas, no por la idea, sino por el estridente golpe.

—¿Eso es todo? ¿Un simple túnel y ya? ¿Crees acaso que nadie lo ha intentado? Este lugar está repleto de asesinos, no de idiotas como tú —señaló Marsella, comiendo algo que se veía como carne cruda.

—No seas ingenua, Marsella. Hay algo más, ¿cierto? —Lydia leyó entre líneas; no era posible que alguien que se jugaba la vida diera una idea tan genérica.

—¡Bingo! Tengo una idea, pero necesitaremos buscar en algún lugar de esta ciudad los planos de un subterráneo.

 

Hace siglos, Carcelaria fue una ciudad cualquiera y esto mismo lo llevó a pensar en la existencia de algo semejante a un alcantarillado como lo había en Japón.

 

Lydia escuchó la idea con especial atención; Marsella aún se notaba descontenta.

 

—¿Qué  debemos hacer? Oh, súper escapista de prisiones —se burló Marsella y, al terminar  de comer, botó al piso los huesos del animal.

—Saldrán a recorrer el lugar y buscarán el ayuntamiento. Generalmente, en las ciudades se deben tener todos esos planos por  temas de mantenimiento —comentó Kazuki, tratando de hacer memoria sobre sus clases de historia.

—¿Y tú qué? ¿Cuál es tu papel en esto? ¿Aquí sentado, muy cómodo, esperando sin hacer nada? —Llenó de preguntas a Kazuki mientras daba uno que otro paso y lo arrinconaba contra la pared.

—Controla a tu gatito, Lydia. ¡Yo estoy planeando tu huida de aquí y no conozco este lugar! Así que, por favor… Sé que estoy pidiendo demasiado, pero también debes hacerlo por ti. —Su pecho se hinchó de orgullo por darle órdenes a la semihumana más molesta de todas.

 

A regañadientes, Marsella retrocedió y se embarcó a la salida, junto con su amiga.

 

«Espero que esto resulte, fallecí a manos de Marsella una vez y aquí estoy nuevamente… Esta maldición, sin duda, será de utilidad».

 

El tiempo transcurrió, con Kazuki caminando de un lado a otro, cual león enjaulado; esperaba noticias de sus compañeras de fuga. Pronto un doble azote resonó por la puerta de la vacía casa.

 

—¡Kazuki! ¡¿Dónde demonios estás?! —gritó Marsella, llegando sola a la casa; se hallaba alterada.

 

El chico asomó su cabeza por una pared, como si de un perro asustado se tratase.

 

—¿Sucede algo? ¿Y Lydia? —preguntó, todavía escondido.

 

Al oír su nombre, Marsella comenzó a caminar con pasos ruidosos y tomó a Kazuki por la sudadera.

 

—¡Tienen a Lydia! Esos desgraciados que te buscaban ayer, la tienen. ¡¡Y no pude hacer nada!! —Golpeó con fuerza el muro junto a la cabeza de Kazuki.

 

Él tragó saliva, con sus ojos cerrados, a causa del miedo que la chica le infundía.

 

—Calma… Por favor. Tiene  a Lydia, lo capto… Necesitamos un plan para…

 

Marsella no lo dejó terminar al oír la palabra «plan». Sin más, lo dejó caer al piso.

 

—Plan esto, plan esto otro, maldito inútil… Si no logro salvarla, vendré por ti y haré añicos tu cráneo con mis propias manos. —Inhaló y exhaló  una gran cantidad de aire, entonces corrió de vuelta a auxiliar a su amiga.

—¡Espera, Marsella! —Kazuki gritó desesperado, en un vano intento por detenerla. Su corazón latía con fuerza, al punto de poder oírlo.

«Qué inútil soy, no  calculé  riesgos ¡Debo seguirla! ¡Debo al menos intentarlo! Si no lo consigo, probaré volver a intentarlo… Creo».

 

No esperó más: corrió en busca de su compañera, a través de las desoladas calles. El sol ya estaba en su punto más alto y sólo algunos semihumanos carroñeros merodeaban por callejones aledaños. Se movía de manera automática y en su mente se preguntaba si había sido lo correcto seguirla sin conocer el terreno. Después de un tiempo breve, miró a sus alrededores.

 

«Espera… ¿Dónde estoy?».

 

Se hallaba  asustado y angustiado.

 

—¡¡Lydia, Marsella!! ¡¿Dónde están?! —Su garganta empezaba a doler. Chillaba como un niño lo haría cuando no encuentra a su madre.

—¿Estás perdido, muchachito?

 

Una seductora voz de mujer se escuchó desde lo alto de una torre en ruinas.

 

No lograba distinguir la forma física de aquella persona o semihumano, sólo podía oírla.

 

—¿Quién eres? ¿Viste a una semihumana de cabello azul pasar por aquí? De verdad sería de gran ayuda. —Procuró secar sus lágrimas rápidamente.

 

Aquello que le hablaba desde las alturas empezó a bajar con lentitud. De la oscuridad de la torre, surgió una enorme taractea, la especie de semihumano que es mitad araña.

 

—No… No las he visto, pero te veo agitado. ¿Por qué no te quedas un rato a mi lado?

 

Se trataba de una mujer, del torso para arriba; de la cintura hacia abajo, era una espeluznante y asquerosa araña. Su cabello rojo como el fuego pendía de sus hombros, cubriendo su busto; tenía los ojos de un azul intenso, además poseía piel blanca y tersa.

 

—L-la verdad es que debo apresurarme, sí… Debo apresurarme, para encontrar a mis amigas… ¡Fue un gusto! ¿Cuál es su nombre? —preguntó por cortesía, para no ofenderla.

—¡Me halagas, chico! Soy Quelana y el gusto es mutuo.

 

Se saboreó los labios con la lengua. Y cuando Kazuki se disponía a huir, algo elástico lo retuvo, evitando que avanzara.

 

—¿Qué sucede? —Kazuki miró hacia atrás, percatándose de que aquella semihumana arrojaba sus telarañas directo a su espalda—. ¡Quítame estas cosas! ¡Suéltame! —En ese instante, comenzó a forcejar como pudo y logró sacarse su sudadera roja, quedando sólo con una remera negra.

 

A medida que se introducía por los callejones, observaba cómo todos intentaban ocultarse donde podían: basureros, casas abandonadas o cualquier agujero en el cual cupiesen.

 

«Esto es malo, tiene ocho patas y yo sólo dos… De una manera u otra terminará por alcanzarme».

 

Sentía que el piso comenzaba a temblar, los sonoros pasos de la araña gigante se manifestaban con fuerte estruendo, derrumbando algunas estructuras en el camino.

 

En vista de que su presa se alejaba, Quelana saltó por los cielos y selló con su telaraña las posibles rutas de escape.

 

—¿¡Qué mierda!?

 

Chocó con una telaraña y quedó inmovilizado; forcejear sólo lo uniría más a la red. A su costado, aterrizó su depredadora.

 

—Fue inútil resistirse al final… —Quelana sacó la tela y sujetó a Kazuki, para subirlo a uno de sus hombros.

«No hay salida, no la hay… ¡Espera!».

 

Pensó muy rápidamente su famosa táctica que logró convencer a dos psicópatas de no asesinarlo.

 

—¡E-espera, yo puedo sacarte de este basurero! ¡¡Puedo hacer que veas el mundo exterior de nuevo!! ¿No te aburre este lugar? ¿No preferirías mejor estar en libertad? ¿Devorando todo tipo de presas exóticas? —Las palabras de Kazuki eran honestas y desesperadas, todo lo decía con el alma, anhelando no ser asesinado.

—¿Yo salir de aquí? Además de absurdo es innecesario para mí.

 

Ante la respuesta, Kazuki quedó anonadado; no pudo evitar que sus lágrimas cayeran.

 

—En este lugar tengo todo lo que necesito: tengo todas las presas que quiero, de todos los tamaños y colores, y sin ningún depredador… ¡Sólo te quiero a ti! —Terminó  su discurso con una risa que heló su sangre.

 

Cuando regresó a la torre en ruinas, Quelana descendió y se dirigió a una gigantesca recámara, la cual podría ser conocida como el mismo infierno.

 

—¿Qué es este lugar? —Miró su entorno, aterrado.

 

Donde dirigiese su mirada había telarañas y, en ellas, cientos de miles de personas sin sus extremidades, sólo con su cabeza; muchos de ellos aún consientes.

 

—¡Mi nido! Mi preciado nido, donde espero con ansias desovar a mis pequeñas. —Lanzó a Kazuki, todavía sin movilidad, a una pequeña habitación.

—¡Si vas a matarme, hazlo ahora! ¡No quiero terminar como ellos! ¡¡Por favor!! —Su garganta se desgarró por la fuerza empleada, por lo que tosió sangre varias veces.

—No te hagas daño aún, cariño, aún no… —Apuntando con una de sus manos a Kazuki, usó magia curativa. Posterior a ello, usó sus apéndices arácnidos para retener sus extremidades estiradas. Acto seguido, con una guadaña creada por magia, rebanó sus pies.

—¡Araña desgraciada, hija de perra! —vociferó a todo pulmón. Ya no sentía las piernas y por las heridas no paraba de brotar sangre a borbotones.

—Tranquilo, aún no te dejaré morir. —Sanó sus piernas, deteniendo la hemorragia. Sus brazos corrieron con la misma suerte. Y cuando fue un gusano inútil, sólo capaz de arrastrarse, fue colgado en lo más alto.

 

Allí, todo podía verse; olía los cadáveres en descomposición y la única luz que iluminaba era la del sol, la cual se colaba por la pequeña entrada por la que había ingresado Quelana con anterioridad.

 

—¡¡Lydia, Marsella!! ¡Sáquenme de aquí por favor! ¡¡Sáquenme!! —Sus lloriqueos insensatos fueron oídos por otro desdichado al lado de él.

—No tiene sentido que grites… Estamos demasiado profundo —pronunció con desgano, resignación y tristeza a la vez.

—¿Sigues consciente? ¡Sigues vivo! ¡Vamos, ayúdame! No tenemos extremidades, pero eso no nos detendrá; debemos movernos y movernos. ¡¡Hay que intentarlo!!

 

En su mente permanecía la esperanza. Mientras él siguiese respirando, mientras él siguiese existiendo, aún había una oportunidad.

 

—Estupideces, sólo dices estupideces ¡Cierra el maldito hocico! —Enfurecido, no pudo contener sus sollozos.

 

Kazuki quedó en silencio sepulcral, asumiendo su derrota.

 

—No tardo, pequeños… Qué dolor… —Quelana había caído en el centro de la recámara subterránea; algo parecía moverse en su abdomen arácnido: algo burbujeaba en su interior, amenazando con salir.

—Es una reina taractea y este es su nido… Sus crías harán una limpieza, sólo espero que acaben rápido —mencionaba aquel desalentado hombre; no había miedo en su voz, ni ninguna clase de emoción en su inexpresivo rostro.

 

Al oír esto, Kazuki se esforzó por zafarse: movía su cabeza de un lado a otro y con sus muñones hacía lo mismo.

 

En medio de sus movimientos, logró visualizar algo que no pensaba encontrar en un momento como ese.

 

«Eso es…».

 

Había una especie de entrada al final de la recámara, lo que parecía una salida o una red de túneles.

 

—¡Ja! —Kazuki río de felicidad. Sus lágrimas ya no eran de tristeza o desesperación; existía una posible entrada directo a su plan de fuga.

 

Pronto la reina taractea comenzó a pujar y miles de huevos salieron, eclosionando en el acto. Pequeñas arañas del porte de un perro se treparon las paredes. Devoraban todo a su paso; sus mandíbulas desgarraban la carne del hueso, los tibios jugos del interior de aquellos desdichados eran consumidos por estos seres.

 

Cientos de arañas atacaron a Kazuki, incluso se introdujeron en su interior. Sus alaridos demostraban su incalculable dolor.

 

—¡Me vengaré ! L-lo haré…

 

Su cabeza fue arrancada, acompañada de su columna. Todo  se acabó.

 

 

—¡Kazuki! ¡¿Dónde demonios estas?! —gritó Marsella, llegando sola a la casa; se hallaba alterada.

 

Al oír esto, Kazuki supo que había vuelto; aún recordaba las dolorosas mordidas.

 

Lo vivido le provocó escalofríos. No fue hasta que Marsella lo zarandeó de un lado a otro que reaccionó.

 

—Es Lydia, ¿no es así? Aquellos bandidos la secuestraron y tú no pudiste hacer nada… Lo entiendo.

—¡¿Eres un maldito sabelotodo?! ¡Sí! Eso ocurrió, necesito tu maldita ayuda ahora, olvida lo de pasarte el día aquí sin hacer nada. —Lo aventó contra el piso.

«La salida de este basurero es el nido de Quelana. Si colaboramos con los captores de Lydia, todo es posible. Necesito  negociar con su líder… Puede que Quelana tenga las ambiciones de un animal promedio, pero un prominente líder criminal debe diferir al respecto».

—¿Sabes usar algún arma? —inquirió  Marsella, mostrándole una amplia variedad que ocultaba bajo el suelo.

—Me quedo con esta. —Kazuki tomó un arco. No era un profesional; sin embargo, tampoco desconocía por completo el arma.

 

Una  vez listos, Kazuki se abstuvo de mencionar un «plan».

 

La forma de actuar de ambos era una divergencia que lo llevaría por una mala ruta; por ende, siguió a Marsella.

 

Evitaron la torre en ruinas y sólo unas calles más allá se toparon con un enorme edifico blanco; era bastante elegante, con pilares griegos en su recibidor.

 

—Es aquí, aunque no veo a nadie —dijo Marsella, prestando atención a una pequeña barricada en la avenida principal.

—¡Sé que están ahí! ¡¡Se los dije, desgraciados!!

 

Un hombre encapuchado se asomó por un balcón del edifico blanco.

 

Lo que sucedió después fue todo un despliegue de bandidos por los balcones, portando arcos.

 

Parecía una escena de película mafiosa, donde acribillaban al protagonista. Ese pensamiento surcaba la mente de Kazuki, que en esta ocasión se ocultaba detrás de Marsella.

 

«¿Por qué debería darme vergüenza esconderme detrás de ella? Es un ser infinitamente más fuerte y ¿valiente?».

 

Divagando en sus pensamientos, las enormes puertas se abrieron y un sujeto de dos metros de alto, con el cuerpo robusto, cargaba a Lydia en sus hombros.

 

—¿Qué quieren de nosotros? —preguntó Marsella, manteniendo sus dagas escondidas entre su ropa. 

—¡Queremos al chico! Nuestro jefe está dispuesto a negociar un intercambio.

 

Aclaró el sujeto. Seguidamente, por el balcón principal apareció un hombre de gabardina negra, piel blanca, cabello dorado relamido hacia atrás, y una pequeña barba de tres días.

 

—¡Permítanme presentarme! ¡Soy Sigris! Un gusto.

 

Realizó una reverencia y luego miro directamente a Kazuki.

 

—Danos a ese infra ser que tienes a tus espaldas. Dudo que lo necesites, ¿verdad? Míralo nada más, dando lástima detrás de una mujer. ¡No es mi intención menospreciarte, querida! Pero no es un acto digno de un caballero, ¿o sí? —Se notaba que Sigris era un sujeto peculiar, le gustaba escucharse hablar.

 

Marsella vio por sobre su hombro. Ella no confiaba mucho en Kazuki; sin embargo, Lydia tenía su fe puesta en él.

 

—Kazuki, ¿alguna idea? Y será mejor que pienses rápido; de lo contrario, no dudaré  en darte como pago —le susurró. La idea de escapar también la incentivó a no entregarlo.

—Siempre tengo un plan para estas situaciones, pero déjame hablar primero.

 

Kazuki, viendo cómo Marsella asentía, se echó un paso hacia adelante e inició su monólogo:

 

—Sé que la primera impresión es la que importa y pido disculpas por tal acto de cobardía, señor Sigris. —Hizo lo adecuado: realizó una reverencia.

—Exacto, eso fue bastante cobarde. Ahora dime, ¿tienes algo que mencionar? ¿No es así?

—¡Es simple! Pienso huir de esta prisión, no estaré aquí para fines de este mes… Y, como ya debes suponer, quiero realizar una alianza contigo y, por supuesto, sacarte también de aquí. —Procuró sonar lo más seguro posible. Aunque no supiese qué había en los túneles o cómo matar a Quelana, una alianza con la mayor banda de asesinos sería una ventaja.

 

Sigris lo escuchó por unos momentos. Caminando de un lado a otro, reflexionaba su respuesta ante una propuesta de ese calibre.

 

—¿Qué me da la certeza de que cumplirás tu trato? Este lugar es absurdamente seguro —replicó Sigris, esta vez descendiendo y aproximándose a Kazuki.

 

Ante la presión y la posibilidad de ser asesinado, Kazuki dio un paso atrás cuando lo tuvo en frente.

 

«Tranquilo, tranquilo… Respira…».

—¡Pasado mañana lo haré! —emitió Kazuki, apostando por algo que en apariencia lucía imposible.

 

Sigris sólo sonrió.

 

—Que así sea, ahora dime tu nombre. Quiero recordar a alguien tan estúpido o tan valiente como tú.

—¡Soy Kazuki! Sólo Kazuki. —Extendió su mano y fue estrechada, no con camaradería, sino como lo haría un jefe de la mafia con un simple deudor.

—Ya, libérenla —Ordenó Sigris, y así fue.

 

El cuerpo de Lydia estaba cubierto por hematomas, Marsella se encargó de tomarla en brazos.

 

 

—¿De verdad puedes sacarnos de este lugar en dos días? —Por primera vez, Marsella miró a Kazuki con lástima, como si se tratara de un vagabundo.

 

Kazuki no respondió; fijó la vista en el suelo conforme caminaban de regreso a casa.

 

«Debo ir por mi cuenta, debo investigar y ver si puedo llegar intacto a ese túnel».

«O puedes usar tu don para manipular a la gente y pedir ayuda a Sigris. Ese sujeto además de un psicópata tiene un gran ego y dudo que pueda soportar a Quelana».

 

Esta interrupción en sus pensamientos lo hizo detenerse.

 

—¿No vienes?

—Adelántate, necesito meditar…

 

Marsella  asintió y, con Lydia en sus brazos, ingresó a la casa.

 

«¿Cuál es tu nombre? Reina demonio, de donde provengo eres un enemigo bastante cliché, por cierto».

«No me interesa tu patético mundo. Soy  Kaira y, como tengo a un anfitrión tan inepto, debo aconsejarte para que no sigas muriendo como un idiota».

 

Tras una breve charla y un consejo, al día siguiente fue el primero en salir corriendo hacia el ayuntamiento.

 

Ir por las calles ahora era más pacífico, no tenía miedo debido a la protección de Sigris. Al estar a las afueras del ayuntamiento, gritó su nombre:

 

—¡Sigris!

 

Una silueta traspasaba las estructuras, como si de un fantasma se tratase. Cuando llegó delante de él, se materializó.

 

—¿Qué quieres? ¿Ya te diste cuenta de que es imposible incluso para alguien como yo?  —Apretaba lo puños al proferir aquello; sin duda alguna se preparaba para darle la golpiza de su vida.

—Antes de que hagas una estupidez, necesito una cosa: si obtenemos eso, saldremos de aquí hoy mismo.

 

Aquella petición sería capaz de sacarlos de ahí. Al oír esas palabras, el psicópata delante de él se relajó y aflojó sus puños.

 

—Te escucho, Kazuki.