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Capítulo 3: La unión hace la fuerza

Carcelaria se dividía en dos partes: una se asemejaba mucho a una ciudad convencional debido a sus calles, callejones, paisajes, etc.; en la otra existían miles de hileras de cajas metálicas, con sólo una pequeña ventanilla con barrotes. El acceso a ese otro sector se veía restringido por un par de guardias que, a simple vista, intimidarían a cualquiera.

 

«En una celda en específico, yace Diane… Una sirvienta de mi propiedad. Fácilmente, ella podría hacer añicos la barrera, para así poder huir de aquí».

 

Kaira le explicaba a Kazuki, quien charlaba consigo mismo. Entretanto, Sigris lo esperaba, unos metros más allá, organizando a sus hombres.

 

«Una celda en específico, ¿todas lucen igual?».

«Sí. Sin embargo, apenas la veas entenderás cuál abrir».

 

Tras terminar la plática, Kaira se esfumó y una mano cálida tomó su hombro, por la espalda.

 

—¿Necesitas de nuestra ayuda? —preguntó Marsella, intentando forzar una expresión amigable.

 

Esto impactó a Kazuki, aunque supiese que lo hacía por órdenes de Lydia.

 

—¡En absoluto, Marsella! ¡Verás de lo que son capaces mi intelecto y mis habilidades de infiltración! Descansen, ustedes han hecho más que suficiente —indicó, levantando su dedo pulgar en señal de aprobación y manteniendo una sonrisa amplia.

 

La semihumana asintió y procedió a retirarse.

 

«Lydia no la envió. Jamás entenderás a las mujeres, idiota», se burló la reina demonio.

—Te prestaré a cinco de mis hombres, son lo mejor de lo mejor. Un gusano de tu categoría no podría llegar solo hasta nuestro boleto de salida  —se burló Sigris, pegando un silbido. Acto seguido, cinco sujetos idénticos como clones se acercaron a ellos.

—Actuarán como distracción. Ten, mocoso. —Le entregó  una capa negra para que ocultara su vistosa ropa roja—. Tienen hasta el mediodía para organizarse, en la noche comienza el operativo. No quiero errores y, si son descubiertos, espero que sea cuando ya tengan el objetivo.

 

Para su sorpresa, cuando Sigris se ponía serio era otra persona: alguien metódico, serio y, sobre todo, cuerdo.

 

—Me presentaré: soy Joel. Y estos de aquí son mis hermanos. —Los señaló—. Sus nombres no son relevantes. Yo dirigiré esta misión, ¿entendido?

 

Se habían reunido en un clásico círculo, como lo haría un equipo de futbol para realizar una estrategia.

 

—Intentaremos no ser vistos. Todos aquí vestimos similar; si por alguna razón llegan a ver a uno, llevarán esto. —Extendió algunas hojas de papel, con una runa dibujada.

—¿Y esto? ¿Qué es? ¿Cómo se usa? —inquirió Kazuki, manipulando de diversas formas la hoja.

—Cuidado, imbécil. Esto es un hechizo de fuego de un uso: si te detectan, puedes usarlo para avisarnos o simplemente atacar; provoca una enorme llamarada capaz de calcinar armaduras y al idiota que este dentro de ellas —expresó Joel.

 

Con el operativo planeado, Kazuki llegó a la conclusión de que usaría el hechizo para abrir la puerta de aquella celda.

 

Entonces, cuando el sol apenas era visible y el cielo se oscureció, inició.

 

«Espero que Sigris lo consiga, el plan también depende de él».

 

En su periplo a la torre en ruinas, Sigris charlaba con un gigantesco semihumano llamado Yhorm.

 

—¿Tú le crees?

—No pierdo nada —mencionó Sigris—. Si es mentira, lo desollaré vivo en la plaza y lo dejaré empalado, amarrado con sus propias tripas. Todo saldrá bien, ahora enfócate.  

 

Llegaron al lugar. La torre parecía estar vacía; ambos se inclinaron por un agujero y a través del mismo pudieron oír gritos de toda índole, era lo más parecido a las puertas de un ardiente infierno.

 

Sin pensarlo demasiado, y con sus mentes centradas en la libertad, se lanzaron en caída libre. Yhorm adoptó la forma de un enorme oso blanco, amortiguando el descenso de su jefe.

 

El espectáculo les pareció repulsivo.

 

—Y pensé que yo era un maldito desquiciado, no bajes la guardia —ordenó Sigris, mirando cómo Quelana bajaba rápidamente frente a ellos.

—¿Qué desafortunadas criaturas vinieron a parar a mi nido? —Los observaba de cerca.

—¡A la gea! —gritó Sigris, colocando velozmente su palma en el piso y generando una gran espina de roca justo debajo de Quelana, como la araña que era, logró evadirlo gracias a sus reflejos.

—¡Desquiciados! ¡¡Pudieron matarme!! —recriminó, lanzando miles de telarañas.

 

Yhorm las logró rasgar con sus poderosas y afiladas garras.

 

Mientras el combate se libraba en el nido, Kazuki esperaba a una calle de distancia.

 

«¡Maldición! Siempre me pasa esto».

 

Los nervios lo traicionaban y las ganas de ir al baño eran evidentes.

 

Con el tiempo andando a su favor, vio cómo Joel y uno de sus hermanos aterrizaban desde el cielo sobre los dos guardias, al más puro estilo del videojuego Assassin's Creed.

 

«Increíble…».

 

Cuando recibió la señal de Joel, corrió como pudo hacia las dos gigantescas puertas.

 

—La fase dos comienza. Ten, hermano. —Joel indicó que usaran las armaduras, y a Kazuki como señuelo.

 

Lo tomaron de los dos brazos y este a su vez fingió demencia.

Abrieron la puerta y pronto tres guardias se acercaron, apuntando con sus rifles.

 

—¿Qué sucede? ¿A quién traen ahí? —interrogó uno de los guardias, con desconfianza en su voz.

 —¿Él? Nada en particular —respondió Joel, haciendo tiempo, conforme el resto de sus hermanos neutralizaba a los otros tres soldados por la espalda.

—Todo va excelente. Ahora, Kazuki, es tu turno.

 

A medida que todos formaban una pared alrededor de él, comenzaron a moverse a toda velocidad por las monótonas calles repletas de cubos de acero.

 

«Demonios, demonios. ¿Cuál es?».

 

 

—¡¿De verdad no te interesa huir?! Alguien como tú nos vendría de perlas —dijo Sigris, dejándose traspasar por unas de las afiladas patas de Quelana, sin recibir daño alguno.

 

—¡Muere! —exclamó la araña, indignada y frustrada por no poder acabar con ellos.

 

Yhorm, en su forma de bestia, mordisqueaba las demás patas y logró arrancar una de ellas. A causa de esto, Quelana pegó un grito digno de un demonio.

 

—¡A la gea! —Esta vez el hechizo de tierra funcionó y atravesó a Quelana.

—¡Jaque!—vociferaron Sigris y Yhorm.

 

Pero… no era el fin de la araña: su parte humana comenzó a despegarse de la arácnida; después cayó al piso, como si de una muñeca sin vida se tratase.

 

Se podían ver sus piernas y caderas humanas, como si dos seres estuvieran compartiendo cuerpo todo este tiempo.

 

—Eso me dolió, y postergó mi puesta de huevos… Pagarán.

 

De las puntas de sus dedos salieron miles de hilos, los cuales usó como látigo. Valiéndose de su cabello para cubrir sus pechos, corrió en dirección de Yhorm, el objetivo más factible para asestar los golpes.

 

Repartió miles de ataques, esquivando la magia de Sigris y llenando a Yhorm de múltiples heridas lacerantes.

 

«Vamos, chico. ¿A qué demonios nos enviaste? ¿A nuestra muerte?».

 

Pensaba Sigris, mas en el fondo sabía que no era el caso y, por ende, se esforzó por derrotar a aquella calamidad.

 

 

«Una celda específica, apenas la veas entenderás. ¿Es que es tiempo de acertijos?».

 

Con clara frustración, revisaron y revisaron.

 

—¡Esto no está funcionando! Podríamos pasar toda la noche aquí, nos dividiremos y usaremos el hechizo para reportar si nos descubren —ordenó Joel.

 

Todos asintieron y así fue como Kazuki quedó relegado y solo.

 

«Estaría aún más muerto de miedo si no pudiera volver a la vida. Ahora, Kaira, no más rodeos. ¿Cómo sabré cuál es la celda?».

 

Sin respuesta alguna, divagó por los callejones, ocultándose atrás de cada celda y esperando que los guardias hicieran sus rutas.

 

«Vamos, vamos, avanza, idiota».

 

Cuando menos lo esperaba, una imponente nube de fuego se elevó por los cielos.

 

—¡No me jodas! ¡Ni siquiera a mí me han descubierto! Espera, ¿eso significa que soy mejor? —En voz alta, analizó la situación.

—No lo creo, niño. 

 

Una voz completamente ajena a su conocimiento le habló por la espalda. Al voltear, una espada le atravesó el pecho.

 

El dolor lo tumbó y el guardia la seguía clavando más y más, hasta hundir el mango de esta.

 

—¿P-por qué… t-tanta brutalidad? —gimió Kazuki, con un río de sangre saliendo por su boca y su pecho.

 

Pronto la sangre bañó su ropa, produciendo una sensación húmeda, tibia y desagradable.

 

 

—¡Esto no está funcionando! Podríamos pasar toda la noche aquí, nos dividiremos y usaremos el hechizo para reportar si nos descubren —ordenó Joel.

—¡Alto ahí! —emitió Kazuki, aún sujetando su pecho por el dolor, deteniendo de golpe a los hermanos.

—¿Qué sucede? No tenemos tiempo que perder —informó Joel, alejándose.

—¡Me llevaré a uno de ustedes! ¿Es que no me ven? Moriré solo en este asqueroso lugar. —Sus ojos estaban inyectados en sangre y las lágrimas no paraban de brotar.

 

Lo último que recordaba era la sonrisa sádica de aquel guardia que lo asesinaba a sangre fría.

 

—Demonios, está bien. Ve, Jack. 

 

Se dividieron y Kazuki lo usó como guardaespaldas, con las precisas y concisas instrucciones de no sobrepasarlo y ser sus ojos en la espalda. Entonces ocurrió nuevamente: una nube de fuego cubrió el cielo, y esa fue la señal de que habían descubierto a uno.

 

«Eso ya pasó».

—¡Cuidado! —alertó Kazuki, empujando a Jack a un lado y esquivando por unos milímetros la hoja de la espada.

 

Al ver esto, Jack sacó una afilada daga de cierra y le rebanó el cuello del guardia, el cual se desangró a una velocidad vertiginosa.

 

«No descubren a Jack. Quizás a uno de los otros, o al mismo Joel. Como sea, no importa con tal de encontrar esa celda».

 

Continuó con su marcha y a lo lejos, en el centro de la ciudad, donde debía haber una plaza, vislumbró una celda que emanaba un miasma de color negro por cada abertura.

 

—Así que a esto se refería. 

—¿Es aquella? —Jack se asomaba junto con Kazuki.

—En efecto. Ve con tus hermanos, yo me las arreglaré. —Kazuki tenía el hechizo entre las manos.

—¡Sobre lo de antes…! ¡Muchas gracias! De no ser por ti, tal vez estaría muerto —agradeció con una reverencia bastante sincera.

—Mi destino habría sido el mismo… Es normal querer ayudar si tu vida depende de alguien más. —Se reía nervioso; después de todo, hace poco había probado el sabor de su sangre nuevamente.

 

Cuando la ronda iniciaba, Kazuki corrió a máxima velocidad, su capa ondeaba con cada paso que lo acercaba al cubículo de acero.

 

Divisó en el interior a una pequeña que permanecía en posición fetal en una de las esquinas.

 

—Ey, ¿tú eres Diane? —murmuró, intentando hacerse escuchar. 

 

La pequeña chica giró su cabeza, mostrando unos hermosos ojos calipsos y una cabellera corta de color rojo.

 

—¿Kaira? —preguntó, confundida. Desde su punto de vista, algo maligno y demoníaco descansaba en el interior de ese trozo de carne y huesos que representaba Kazuki.

—¡Exacto! Te necesito y te liberaré.

 

Diane asintió y Kazuki retrocedió algunos pasos, preparando el hechizo.

 

—¡Ey! ¡Tenemos a un reo libre por acá también! 

 

En ese instante algunas flechas y balas llovieron sobre Kazuki. Sin embargo, eso no impidió que activara el hechizo de fuego, el cual logró fundir el candado.

 

Al mismo tiempo, los cinco hermanos activaron sus hechizos generando una colosal explosión que hizo temblar el suelo. Gracias a esto, algunas flechas no dieron en puntos vitales.

 

—Gracias, humano.

 

Diane pateó lejos la puerta, saliendo de la celda.

 

Un aura de oscuridad se dibujó en su silueta y pronto alzó sus manos hacia el cielo.

 

—¡Sed de sangre! —pronunció en voz alta y todos los guardias de un kilómetro a la redonda fueron absorbidos, en el cielo se podía distinguir una gigantesca esfera carmesí, la cual alimentó a Diane.

—E-eso fue… grotesco —comentó Kazuki.

 

Diane sólo se detuvo delante de él para observarlo. Era una chica de no más de un metro y treinta centímetros, su piel era tan blanca como la nieve y su busto desentonaba con su figura; estaba cubierta por una túnica roída por el paso del tiempo.

 

—¿Tú eres el anfitrión? Vaya desdicha, aunque lo agradezco… ¿Piensa usted liberarla o asesinarla? —Su manera de hablar resultaba suave y aniñada. 

—¿D-de verdad piensas que alguien como yo podría hacer algo tan increíble como asesinar a la reina demonio? —Kazuki expelía seguridad, señalándose a sí mismo con el dedo.

—Tienes razón, un ser tan bajo no podría… Está bien, andando. —Diane estiró su mano, buscando la de Kazuki.

«¿¡¡D-de la mano!!? ¡¡Lo que sea por el equipo!!».

 

Mientras volvían, la torre en ruinas empezó a demolerse y a levantar una nube de polvo que se expandía por kilómetros.

 

—Debe ser Sigris. P-primero reuniré a Lydia y Marsella, después iremos con él. 

 

 

—Aún no he recibido daño alguno, ciertamente mi ayudante ha estado en mejores épocas. Lo volveré a preguntar. —A pesar de mostrarse fuerte, Sigris contaba con una reserva de mana andante: Yhorm.

 

Su magia de luz, la cual le permitía ser intangible, consumía bastante mana; por ende, Yhorm en su máxima forma era una fuente que ocupaba de tanto en tanto en combates largos.

 

—¡No me interesan tus propuestas! —Se abalanzó sobre ambos, creando grandes guadañas con sus manos.

 

Yhorm cubrió los golpes.

 

Su cabeza rodó por el piso, sus brazos sólo pendían de un pequeño hilo de piel y la sangre explotó en varias direcciones.

 

Sigris había alcanzado a activar su hechizo, evitando el ataque con éxito.

 

—¡Asquerosa bruja descerebrada! —Con ira en su voz, golpeó la pared; esta vez parecía tomarse las cosas más en serio.

 

Todo el escenario estaba lleno de polvo por el derrumbe, y la entrada hacia la recámara había quedado sellada.

 

—Hay explosiones afuera, ¿crees que esté bien? —preguntó Lydia,  todavía sanándose a sí misma.

—Me ayudó a rescatarte. Planeó sacarnos de aquí, aunque eso fue por amenazarlo. Y ahora consiguió un aliado poderoso… Sin duda lo logrará. —Marsella miraba por la ventana.

 

De un segundo a otro, la puerta fue abierta; el estrepitoso sonido alertó a ambas chicas.

 

—¡¡Adivinen quién lo logró!! —exclamó alzando a Diane mientras esta miraba inexpresiva a Lydia y Marsella.

 

El panorama era alentador, Kazuki se notaba más motivado que nunca; veía posible huir al fin de ese lugar.

 

—¡Kazuki!

 

Gritaron, acercándose a verlo. Estaba cubierto de tierra, su cabello azabache se hallaba grisáceo por toda la nube de polvo que se había levantado por el colapso de la torre.

 

—¡No es momento de que me alaben! Debemos ir a ayudar a Sigris y luego de eso nos iremos —explicó el chico de rojo, que ahora sostenía de la mano a un demonio en cuerpo de niña.

 

El grupo conformado por Kazuki, Lydia, Marsella y Diane se aproximaba corriendo hacia el derrumbe, topándose con la entrada sellada.

 

Sin pensarlo mucho, todos miraron a Marsella. Captando la indirecta, transformó uno de sus brazos y con su ya característica fuerza mandó a volar todos los escombros.

 

Con Diane en brazos de Kazuki y Kazuki en brazos de Marsella, todos cayeron, topándose con Sigris en pleno combate.

 

—¡Demonios, chico! Ni siquiera preguntaré por mis hombres, ¿tienes lo que buscabas? —Sigris evadía algunos golpes con dificultad, parecía haber llegado a su límite.

—¡Absolutamente! ¡Todos en conjunto!

 

Todos se dispusieron a atacar a la vez: Marsella sacando lo mejor de sí con sus navajas, Lydia curando a distancia a Sigris, y Diane… permanecía quieta al lado de Kazuki.

 

—¿No deberías estar ayudando o algo? —preguntó, extrañado.

—Desde que tocamos nuestras manos, poseemos un contrato, o al menos lo reanudé con Kaira —explicaba Diane, con calma.

 

Era lo más parecido a una computadora siguiendo instrucciones, se mantenía carente de expresiones y sólo sabía hacer lo que le ordenasen.

 

«Entiendo… O eso creo».

—¡Entonces ataca! ¡Haz algo! ¿Impactrueno? —Señaló varias veces a Quelana, sin resultado.

 

Sin embargo, pronto en su campo de visión se dibujó una interfaz que sólo podía ser vista por Kazuki, y le hizo recordar todos los videojuegos que jugaba en su anterior mundo.

 

«Esto ya es otra cosa, existen miles de hechizos y usan diferentes cantidades de mana».

 

El combate se desarrollaba más a favor del grupo de Kazuki, Quelana se veía acorralada.

 

—¡M-me rindo! Deténganse, por favor —Tartamudeó la debilitada mujer pelirroja.

 

Mientras las afiladas dagas de Marsella la presionaban, comenzaron las suplicas por parte de Quelana.

 

—¡Sin compasión! ¡Es un cliché muy común perdonar al enemigo en estos momentos! —gritó Kazuki, que aún exploraba el descubrimiento de su contrato con Diane.

 

Marsella, al escuchar los delirios de su compañero, accedió y terminó por rebanar las manos que detenían las dagas.

 

Con esta acción, Quelana cayó al piso entre gritos y charcos de sangre.

 

—¡Dije que me rindo, maldita semihumana estúpida! 

 

Quelana se retorcía. Sigris se acercó tomándola del pelo y arrastrándola.

 

—Adelántense, yo me tomaré mi tiempo. —Sigris se acercó a la mujer  quejumbrosa que había asesinado a su amigo.

 

Sin dudarlo, todos se fueron. No importaba nada más que saber llegar a los límites de la ciudad y, en específico, a la barrera mediante los túneles subterráneos.

 

 

Todo estaba repleto de oscuridad, sólo la antorcha que Kazuki llevaba en la mano guiaba su camino. Pronto la red de túneles los confundió.

 

—¡Ya pasamos por aquí! —Llevándose la mano libre a la cabeza, Kazuki sentía cómo su estómago se retorcía por los nervios.

 

Viéndolo aterrado, Marsella se acercó y, sujetando la antorcha, comenzó a agudizar su olfato.

 

«Sencillamente debo percibir los lugares que no hemos pasado y será fácil llegar», pensó mientras olisqueaba.

 

Caminaron por un rato y aún no había rastros de Sigris. Luego de una media hora deambulando, divisaron una pared al final del largo pasillo en penumbras. Todos corrieron, salpicando cada charca de agua por la que pasaban, hasta llegar a la pared.

 

«Supongo que debo hacer que Diane la derribe, o cree un orifico», reflexionó Kazuki.

 

Revisó los hechizos que estaban desbloqueados y encontró los siguientes:

  1. Flecha de alma.
  2. Barrera de oscuridad.
  3. Última oportunidad.

 

No obstante, ninguno  parecía práctico. Con esto en mente, Kaira surgió del subconsciente de Kazuki y, mediante telepatía, comunicó a Diane lo que debía hacer.

 

Diane, con su frágil apariencia, empezó a tocar la barrera que protegía el muro. Acto seguido, el mismo comenzó a fracturarse en múltiples lugares.

 

El pasillo se fue iluminando con una poderosa luz violeta, el suelo temblaba y todos, expectantes ante lo que sucedería a continuación, se sujetaron unos a otros; Kazuki se aferraba a la mano de Diane.

 

Entonces sucedió: el trozo de barrera estalló enviándolos lejos.

 

El techo del túnel colapsaba, por lo que Marsella transformó sus dos brazos y sujetó los escombros que amenazaban con cubrir la salida.

 

—¡Deprisa! —vociferó Marsella, chirriando sus dientes producto de la fuerza que empleaba.

 

En ese momento, Sigris brotó de la oscuridad, lanzando dagas hacia la semihumana que contenía la salida.

 

—¡Infeliz! 

 

Las dagas se enterraron en su abdomen, debilitando su agarre; debido a ello, dejó caer las rocas, tapando la salida.

 

Marsella cayó hacia atrás, Lydia miraba la escena acercándose y haciendo descansar a su amiga en sus muslos.

 

—V-váyanse, quizás… aún puedan salir.

 

De su boca emergía una espuma sangrienta.

 

Con los segundos transcurriendo y el túnel yéndose abajo, junto con las esperanzas de los presentes, Kazuki —que yacía tirado en el piso, con Diane arriba de él, pensó:

 

«No de nuevo, espero que el punto de guardado no esté demasiado lejos...».

 

 

—¡Deprisa! —vociferó Marsella, chirriando sus dientes producto de la fuerza que empleaba.

 

Rápidos pasos se oían a la distancia, esa era la señal.

 

—¡Barrera de oscuridad! —gritó Kazuki.

 

Diane asintió y creó una barrera justo cuando Sigris pasó la salida, frenando los ataques.

 

El sol del exterior los cegó; hasta donde alcanzaba la vista, todo era un infértil desierto.

 

Gigantescas dunas se alzaban sobre ellos, caliente arena roja, el sol ardiente y la falta de agua matarían a cualquiera que se atreviera a surcar estas arenas sin un transporte.

 

Viendo a algunos guardias por encima del muro, Kazuki se valió de la poca mana que tenía y utilizó la barrera de oscuridad por última vez, mientras Marsella adoptaba una forma cuadrúpeda.

 

—¡Arriba! —gruñó. Y cuando el grupo estuvo sobre su lomo, se alejó de Carcelaria a una velocidad increíble.

 

No lograban ver a Sigris, el muy desgraciado se había esfumado como si de un fantasma se tratase. Pero esa ya no era su prioridad.

 

«Siempre planeé lo que haría para salir, no obstante…».

—¿Hacia dónde nos dirigimos ahora? —pensó Kazuki en voz alta.

 

En ese segundo recordó que no se encontraba en su anterior mundo, que, quizás, ese lugar podía ser más hostil inclusive.

 

—¿Kazuki? ¡¿Ahora dónde?! —preguntó Marsella, mirándolo por encima de sus peludos hombros.

«¿¡Qué hago!? ¿¡Qué hago!? Si bien sé algo de supervivencia básica, creo que lo mejor será detenernos en un lugar con sombra y planear nuestro siguiente movimiento».

—¡Necesitamos un lugar con sombra! 

 

Fue escuchado por la aguda audición de la bestia que ahora montaba, aquella bestia que antes había devorado sus entrañas.

 

Sin embargo, en el cielo podía oírse un poderoso sonido que le recordaba mucho al que hacían los aviones de su mundo.

 

«¿Qué es eso?».

«Son ellos».

 

Contestó Kaira, mostrándose intranquila.

 

Dos sujetos cayeron desde arriba, realizando el aterrizaje que haría el típico héroe promedio del cine, haciendo que Marsella frenara de golpe y se diera la vuelta en el proceso, lanzando a todos.

 

Aquellos sujetos delante del grupo de Kazuki eran un enigma, la nube de polvo que habían levantado comenzaba a disiparse y pronto sus apariencias físicas fueron reveladas.

 

—¿Adónde van con tanta prisa? —Parecía una voz engreída, una voz de alguien que se creía superior, de alguien que disfrutaba con molestar a los más débiles.

 

Se trataba nada más ni nada menos que de Kail, el héroe de la espada; el héroe que junto a los otros cuatro héroes había destruido a la reina demonio.

 

Héroes de leyenda y de increíble poder.

 

A su lado estaba Elizabeth, la heroína del arco. Una chica de cabello negro amarrado; vestía una capa y una armadura ligera, además de, por supuesto, un hermoso arco tan grande como ella.

 

Todo el grupo se levantó del piso, sacudieron sus atuendos y adoptaron una posición de defensa.

 

—¿Quiénes son ustedes? —La inocencia de Kazuki se manifestó.

 

La mano de Diane apretó más la de su actual contratista.

 

—Son los héroes que asesinaron a mi ama… —Su ceño se frunció, por primera vez mostraba una emoción, aunque esta fuese negativa.

—Los héroes… ¿Q-qué hacen aquí? —Lydia cayó de rodillas, completamente desesperanzada y con su sueño de libertad ya enterrado en la caliente arena.

 

Marsella al ver a su amiga comenzar a llorar, optó por volver a su forma humana y, valiéndose de sus garras, corrió hacia Kail.

 

Viendo esto, Kazuki la siguió. Pero, cuando menos se lo esperó, el héroe de la espada hizo alarde de su título: una espada gigantesca emergió de sus manos, como si de un truco de magia se tratase, y cortó a la mitad a Marsella. Ambas partes salieron disparadas hacia los lados opuestos y algo de sangre manchó el palidecido rostro de Kazuki.

 

—Una menos. No tenemos órdenes de llevarlos vivos, a no ser que cooperen… ¿Me expresé con claridad? —Kail sonreía y abrazaba a Elizabeth.

«Estamos acabados… Nadie puede hacer nada contra ellos, nadie».