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Capítulo 4: ¿Libertad?

Una y otra vez… atacaban por sorpresa; lo hacían directamente, usando magia.

 

—T-todos están muertos. S-se supone que héroes, ¿no? ¡¿Por qué son tan crueles?! —Kazuki retrocedía con lentitud, tropezándose con los cadáveres de todas sus amigas.

Al dar un mal paso, cayó al piso. Kail, sin miramientos, blandió su espada y cortó la cabeza de Kazuki, salpicando su sangre, la cual se coaguló rápido por el extremo calor.

 

 

—¡Basta! —gritó de la nada.

 

Marsella se detuvo en seco y los héroes delante de él se sorprendieron.

 

Se llevó la mano a su boca, intentando contener el vómito, pero no pudo.

 

«Ya no quiero sentir más eso, ya no quiero…».

—¿De qué demonios hablas? Si no lo intentamos no podremos alcanzar nuestra libertad —exclamó Marsella, preparándose de nuevo.

 

Hasta el momento, Kazuki había perdido la vida más de siete veces a causa de los héroes; probó cada cosa que se le ocurría, sin obtener grandes resultados.

 

Debido a las reiteradas muertes y a la experiencia adquirida, otros hechizos se habían desbloqueado con Diane, algo que Kazuki barajaba en esa apremiante situación.

 

—Escucharon a su líder, vengan con nosotros y no me veré obligado a asesinarlos. 

 

Sacó su espada, cuyo acero destellaba con un rojo carmesí, y la apuntó en dirección de Kazuki.

 

Este, al verla, no pudo evitar temblar; se sentía como un cerdo siendo llevado al matadero.

 

«Debo crear la circunstancia, debo atacar a su eslabón débil… Pero, ¿seres así de poderosos poseen alguna debilidad?».

—Lydia, ¿tienes piedras? —preguntó en voz baja.

 

Ella asintió. Entonces el héroe brincó en su dirección.

 

—¡Aquí viene! —Marsella sacó sus dagas y realizó un remolino con las mismas, bloqueando momentáneamente el ataque.

 

El choque de las armas provocó un estridente ruido que heló los huesos y la sangre de Kazuki.

 

—¡Dame tu bastón, Lydia! 

 

Sin siquiera esperar una respuesta, subió a Diane a sus hombros y corrió a colaborar con Marsella; a la vez, lanzaba las piedras, que emitieron una neblina negra.

 

Kail retrocedió veloz y Marsella, aprovechando los valiosos segundos, se transformó, llevándoselos de ahí.

 

—¡Desgraciados! —vociferó Kail, dando un gigantesco salto, con intenciones de alcanzarlos.

 

Por su lado, Elizabeth hizo tronar propio su cuello, tomó su arco y preparó una flecha.

 

«Tranquilo cariño, no huirán».

 

Pensó para sí misma; la flecha que cargaba comenzaba a iluminarse con un resplandor más potente que el mismo sol. Viajó a una velocidad inesquivable, traspasó la espalda de Kazuki y atravesó la cabeza de Marsella, arrastrándola consigo; esta explotó, logrando que Lydia y Diane se horrorizaran.

 

Todos se desplomaron, rodando por la arena. Kazuki no podía mover sus extremidades por la herida, la cual no paraba de sangrar; se esforzaba por coger todo el aire que podía, a medida que se ahogaba con su sangre.

 

«Huir no funciona…».

 

En lo más alto del cielo, una pequeña gaviota volaba lejos de allí. Kazuki, alzando su mano, intentaba alcanzarla, en vano. 

 

—¡Kazuki! —gritó Lydia, corriendo en su dirección.

 

Y como si fuera su primer día en Carcelaria, aquella chica de cabello castaño le hizo pasar sus últimos minutos de vida en sus cálidos muslos.

 

—Todo estará bien, te sanaré. No cierres tus ojos, ¡quédate conmigo!

 

Las manos de la chica eran cálidas y estaban empapadas en sangre ajena. Ejercía presión en la herida, sin resultado; en vista de eso, usó magia curativa.

 

Kazuki, con sus fluidos cortándole la respiración, levantó la mano como pudo y retiró las de Lydia.

 

—T-todo está… bien… El punto de guardado n-no está tan lejos —mencionó, cerrando sus ojos lentamente, cada vez sintiendo menos dolor.

—¡Rápido, Marsella!  No corras en línea recta. 

 

El gigantesco lobo azulado era diana de Elizabeth y un botín digno de ser reclamado por Kail, que con gigantescos saltos se acercaba al aterrado grupo.

 

Las flechas incandescentes volaban como si de una ametrallado se tratasen.

 

«Necesito una distracción, algo más valioso que nosotros, algo como…».

 

De la nada, apareció Sigris; Marsella chocó con él, deteniéndose en seco.

 

—¡Maldito idiota! —Lydia se bajó rápido y con su bastón busco golpearlo.

—¡Nos vienes como anillo al dedo, Sigris-sama! —exclamó Kazuki, con un destello de esperanza en sus cansados ojos.

 

Sigris se levantó, con algunas heridas, y vio que tenía delante al equipo que había traicionado.

 

—Lo nuestro fue algo temporal, mocoso. Nuestra alianza finalizó apenas abriste un agujero en ese muro —aclaró el bandido de aspecto lamentable.

—¡Como sea! El punto es que nos necesitamos mutuamente. Sin tu ayuda o la nuestra ninguno saldrá del continente y lo único que haremos será volver a prisión —señaló Kazuki, apuntando hacia Kail.

«Tal vez pueda usarlos para huir».

—Es un trato. —Levantó su mano a modo de juramento.

—No te creo una mierda, intentaste asesinarme y no estaría aquí si no fuera por Kazuki. Si nos haces algo, te devoraré vivo  —amenazó Marsella, afilando sus garras contra una roca.

 

En ese instante, el espadachín aterrizó frente a ellos.

 

—Vaya, que tenemos aquí… El psicópata de Brummaria, ni más ni menos. 

 

Ese era el nombre con que muchos en la capital conocían al despiadado Sigris, un hombre que desde corta edad vivió en la pobreza y que en su pubertad desoyó vivo a más de una decena de víctimas.

 

«Vamos, piensa. Si no lo podemos matar, debemos incapacitarlo de algún modo».

 

Conforme Sigris y Kail conversaban, Kazuki intentaba idear una estrategia, algo que mantuviese ocupado al héroe.

 

El hechizo última oportunidad, junto con la intangibilidad de Sigris, podría ayudarlos a huir. Sin embargo, todavía faltaba descubrir cómo retener por un tiempo al héroe de la espada.

 

Por otro lado, la mirada de francotirador de Elizabeth seguía siendo una amenaza; una flecha pasó rozando la mejilla de Sigris, a modo de advertencia.

 

—Veo que vienes bien acompañado —comentó Sigris, limpiando la sangre que corría por su mejilla.

—Diane, ¿puedes reunir mana de otro lado que no sea de mí? 

 

Tardó unos segundos en meditarlo.

 

—Sí, pero me costará más… ¿Pensó en algo, amo? —Inclinó su cabeza con confusión.

—No sé si funcione, pero intentaremos atraer a algún monstruo que se encuentre en este desierto. 

 

El plan era sencillo: prolongarían la conversación de estos viejos enemigos  e invocarían una bestia que pudiera retenerlo lo suficiente para huir.

 

En el acto, Diane tomó asiento y puso las palmas de sus manos en la arena; un débil brillo azulado comenzó a reunirse.

 

—Sí, bueno, cómo sea… Me veo más tentado en llevarte a ti que a esta bola de perdedores, no los he asesinado sólo por lástima. Se ve que tú debes ser la mente maestra de todo. 

 

Sigris empezó a desenvainar una espada similar a un bracamarte; mirando a Kazuki, le dijo:

 

—Tendrás cinco minutos más, esfuérzate. 

 

Una batalla entre Sigris y Kail se llevaría a cabo: en cosa de un parpadeo, ambos chocaron sus espadas.

 

El ruido del acero rozándose helaba la sangre de todos, cualquier ataque podría ser el último.

 

La magia de luz de Sigris era activada y desactivada en los momentos precisos; con esto evitó muchas heridas por parte de Kail. La habilidad del héroe con la espada era digna de un dios, cada ataque resultaba cuidadosamente medido. El estilo de Sigris se caracterizaba por ser sucio, combinando sus ataques con magia.

 

—¡A la gea! 

 

Creó algunos proyectiles de roca, similares a balas, los cuales disparó en contra de Kail; sus intentos fueron en vano.

 

—¡Te has vuelto viejo! 

 

Alzó su espada, que brillaba como el sol.

 

Al ver el ataque, Sigris supo que el tiempo que había estimado para retenerlo había sido una cifra optimista.

 

La pesada hoja carmesí cayó con la fiereza de mil truenos sobre Sigris, que optó por bloquear el ataque en vez de evadirlo.

 

A medida que el poderoso rayo solar desintegraba el bracamarte de Sigris, este buscaba a Kazuki con desesperación con sus ojos.

 

—¡Tranquilo, chico! ¡Tómate tu tiempo! 

 

Esas palabras no podían ser más irónicas. 

 

Sus manos comenzaban a carbonizarse y los gritos de victoria del héroe resonaban en los oídos de los presentes.

 

«Entiendo por qué te derrotaron sujetos así: son implacables, son peores que bestias sedientas de sangre». 

 

Reflexionaba Kazuki, despidiéndose mentalmente de su aliado más poderoso.

 

—Listo, amo.  —Diane levantó sus manos y guió toda la mana entre Sigris y Kail.

 

El suelo empezó a estremecerse y una grieta se formó cerca de los pies de Kail. Este detuvo su ataque y dio un salto atrás.

 

Del suelo comenzó a brotar un gigantesco lagarto, que vestía una poderosa armadura con cuernos. Sus ojos carmesíes anhelaban la sangre de sus víctimas.

 

—¡Es nuestra oportunidad! 

 

Marsella, viendo el gesto de Sigris, lo tomó por su gabardina. Mientras todos corrían, la semihumana se transformó y se apresuró a huir.

 

El colosal animal que descansaba enterrado, intentó aplastar a Kail. Su lomo estaba completamente blindado, sus patas no eran la excepción y de su boca un aliento de fuego amenazaba con derretir al héroe.

 

—¡Los encontraré, desgraciados! ¡Fue un buen movimiento! 

—¿Los dejaras huir? —Elizabeth llegó al lado de su esposo.

—Sólo les daré ventaja, un psicópata como Sigris no podría planear algo así… Además, ese niño vestía ropas que me hicieron recordar algo —mencionó Kail, deteniendo al gran animal con una sola mano.

 

 

 

El cielo se oscurecía, por lo que, ya lejos del lugar, optaron por detenerse.

 

—Diablos, tus malditas manos… —exclamó Lydia, intentando curar a Sigris.

—Yo creo que debería quedarse así, ese será su castigo —sentenció Marsella, resoplando.

 

Todos armaban un círculo en torno a una hoguera, el cielo se hallaba despejado y una brisa helada ponía de punta los cabellos de Kazuki.

 

«¿Cuál será nuestro siguiente paso? Si tal vez conociera este mundo más a profundidad…».

«Si llegas al océano, podrás encontrar un puerto… Esa será tu libertad».

 

Kaira respondió al instante.

 

El tiempo se detuvo, todos se quedaron congelados y Kaira apareció como un fantasma delante de Kazuki, que era el único que podía moverse.

 

—Este sujeto los traicionará apenas tenga la oportunidad —dijo Kaira, señalándolo.

 

Todo recobró el movimiento. Diane permanecía a escasos centímetros de su nuevo «amo».

 

—¡Nuestro siguiente paso! Por favor escúchenme. 

 

El grupo, incluyendo a Sigris —que anteriormente miraba distraído el cielo— guardó silencio para prestarle atención.

 

—Primero que nada, ten, Marsella; te lo encargo. —Kazuki le entregó unos grilletes fabricados por Diane; estos fueron a parar alrededor de las manos de Sigris, por parte de Marsella.

—Ese es el pensamiento, creo que comienzas a agradarme un poco —expuso Marsella, engrilletándolo.

—¡El siguiente paso será llegar al océano! Debe haber un viejo puerto donde podamos escapar del continente —explicó mientras se ponía de pie.

—¿Un puerto? Qué extraño, pensé que no había un lugar así y menos tan cerca de Carcelaria. —Lydia torció su cabeza con confusión, mirando a su amiga.

—Tengo a la reina demonio en mi interior, ella ha hecho todo esto posible… ¡Cada vez que yo muero!… ¡Puedo repetir todo! —gritó Kazuki al cielo nocturno.

 

Todos a su alrededor lo vieron como lo harían personas normales a un loco que era afectado por el calor del sol.

 

—¿Estás bien, Kazuki? ¿Qué clase de estupideces dices? La reina demonio falleció hace siglos y su nombramiento es una herejía… Aunque lo entiendo… No eres de por aquí —comentó Lydia, y miró con preocupación a Marsella.

—¡Es verdad! Lo que digo es cierto, ¡yo morí un montón de veces! ¡Ustedes me asesinaron! ¡¡La maldita araña que dejamos encerrada también!! ¡¡Agradézcanme!! ¡Ustedes jamás podrían haber salido de este lugar sin nuestra ayuda! —vociferó Kazuki. Su garganta ya estaba seca, sus ojos hinchados y vidriosos, y su corazón latía con el mismo fervor con el que hablaba.

 

Tanto Lydia como Marsella, ante la aterradora expresión de Kazuki, retrocedieron; dos seres más fuertes que él habían retrocedido por su simple presencia.

 

Su cordura había sido fragmentada.

 

—E-está bien… Te creemos. —Sigris miraba de reojo a ambas chicas.

 

Entonces lo comprendieron y optaron por seguir el «juego» a Kazuki.

 

—C-claro, tienes razón… M-muchas gracias reina demonio. 

 

Los presentes se arrodillaron ante Kazuki, haciendo reverencias; incluso Diane participaba.

 

Con la conversación finalizada, la discusión dividió al grupo. Con una falsa sensación de seguridad, Kazuki pudo sonreír aliviado, aliviado de poder quitarse lo que ahogaba su pecho.

 

La noche siguió el paso del tiempo, con las estrellas tan brillantes como siempre.

 

El fulgor del fuego perdía su potencia y poco a poco la oscuridad los inundaba.

 

A la mañana siguiente, a la luz de los primeros rayos de sol que aparecieron por el horizonte, todos fueron despertados por la disciplina de Lydia.

 

La arena se calentaba a medida que avanzaban, la sensación de sed secaba sus bocas y las quemaduras escocían sin dar señal de detenerse.

 

—Ya debe quedar poco. Demonios, Diane, suelta mi mano un segundo; me está molestando el sudor. 

 

Sus manos siempre iban juntas y Kazuki lideraba, yendo de primero.

 

—Deben soltarme ustedes dos. Sí soy un asesino y la traté pésimo, señorita Lydia, pero a ese sujeto ya se le zafó un tornillo. —Con sus mejores palabras, Sigris intentaba ganar la confianza de sus captoras.

 

Ambas se miraron pensativas.

 

—C-creo que, a pesar de que se le haya zafado un tornillo, tiene mi confianza: nos sacará de aquí —respondió Lydia, desviando la vista de Sigris.

—Sólo lo usaremos para huir de este desierto, o al menos tenerlo de carnada por si aparecen los héroes… Y tú, te quedarás como nuestro repuesto —aseguró Marsella, apretando más los grilletes con su poderoso agarre.

 

Pasaron algunas horas y Kazuki, que iba mucho más adelantado que los demás, pegó un grito al cielo.

 

—¡Una torre! ¿O es un faro? ¡Eso no importa! Al fin tendremos sombra y quizás agua. 

 

Comenzó a correr torpemente por la arena. Su rostro estaba rojo y su sudadera atada a sus caderas; con Diane de la mano logró llegar a un lado del enorme faro.

 

Antes de poder entrar, vio a lo lejos su objetivo cumplido.

 

—E-es el océano… —Cayó de rodillas mientras los demás lo alcanzaban.

—Es cierto… Y eso es… —Marsella se aterrorizó, dejando libre a Sigris.

 

La semihumana de cabello azul comenzó a retroceder en dirección contraria a Kazuki. 

 

Sus afirmaciones de hace un rato habían resultado ser «reales». Ambas chicas lo miraban como si de una aberración se tratase, no eran los simples delirios de un loco y Sigris vio esto como una ventaja:

 

—¿Qué esperan? Vamos, deprisa. —El asesino de gabardina se adelantó, dejando el faro atrás.

 

Lydia no esperó: reunió fuerzas y se abalanzó sobre Kazuki, rodeándole el sudado cuello.

 

—¡Dime que no es verdad! ¡Dime que no lo es! —repetía miles de veces, estrangulando con fuerza a Kazuki, que comenzaba a ponerse morado.

—L-lo es… agh. S-suéltame… 

—¡Si lo es entonces no te preocupes, volverás a la vida y entonces estaré yo de nuevo delante de ti para asesinarte las veces que haga falta! 

 

Marsella estaba tan sorprendida como asustada. Después de todo, el ser que albergaba Kazuki había diezmado a la población mundial a un número que rozaba la extinción.

 

Los ojos de Kazuki se iban llenando de miles de diminutas venas rojas y a hincharse por la presión.

 

Los muslos que una vez lo cobijaron eran los encargados de frenar sus brazos para que no pudiera zafarse.

 

—Muere, muere, muere. —Lydia cortaba la respiración de Kazuki.

 

A su vez, el chico movía sus pies en todas las direcciones humanamente posibles para intentar huir de su muerte.

 

 

—Es cierto… Y eso es… —Marsella se aterrorizó, dejando libre a Sigris.

«Esto de nuevo…».

 

Kazuki tosía en repetidas ocasiones mientras sus manos masajeaban con suavidad su cuello.

 

«Ocurrirá de nuevo. Debo huir, debo ir al faro».

 

Se puso de pie llevándose a Diane con él, subió las escaleras de caracol que llevaban hasta la cima.

 

—No quiero morir, Diane. No de nuevo, ¡protégeme! ¡Protege a tu reina demonio que descansa en mi interior! —repitió varias veces.

 

El interior del lugar era como el de cualquier otro faro, todo parecía muy ordinario; con una puerta y, por ende, una entrada y una salida.

 

Utilizó mesas, sillas y armarios para clausurarla. 

 

A los ojos de Marsella, la huída de Kazuki lo incriminaba. Adoptando su forma bestial, mandó a volar la pared que los separaba. La nube de polvo cubrió el lugar, algunos escombros habían viajado directo a Kazuki; no obstante, Diane los pulverizó.

 

—¡Retrocedan, dúo de locas! ¡¿Buscan traicionarme de nuevo?! ¡Cuando llegué aquí pensaban hacer lo mismo! —Kazuki se puso en defensa con su loli demonio.

 

De entre la nube de polvo apareció una Lydia enfurecida, con su bastón en manos. Diane lo detuvo en el acto, sin herirla; Marsella, con sus fuertes garras lanzó a un lado a Diane, dejando descubierto a su liberador. 

 

—¡Yo las libere! ¡Yo las saqué de ahí a pesar de que me iban a traicionar! ¡Aunque no tuviese de otra por sus amenazas, aunque el asesino que está afuera me amenazara! ¡¡Las veía ya como compañeras!! —sollozó cada palabra que dijo, sus ojos vidriosos derramaban lágrimas a mansalva.

 

Con su don para las palabras, logró detener la colosal garra que iba hacia él para decapitarlo.

 

—¿Eres un seguidor de la reina demonio? ¿Cuál era tu real propósito en Carcelaria? ¿Quién es Diane? ¿Puedes responder alguna de estas preguntas con la verdad? —interrogó Marsella, volviendo a su forma humana poco a poco.

 

Sin embargo, el suelo comenzó a temblar y todos se asomaron a ver el exterior. Con un potente remolino, la arena empezaba a engullir el faro y a Sigris, que desapareció en un pestañeo.

 

—¡¿Qué demonios hiciste, seguidor de la reina demonio?! —recriminó Marsella, destrozando el tejado. Tomó a Lydia y dio un increíble salto, sacándolas de ahí.

—¡No me dejen! ¡¡No lo hagan!! —Vio en todas direcciones, buscando ayuda; sus ojos eran los de un cachorro abandonado, desamparado por sus compañeras.

 

Corrió como pudo, tambaleándose en el proceso, y en sus brazos cargó a Diane.

 

—¡¿Estás bien?! Despierta, te necesito. Despierta, despierta. —Zamarreaba de un lado a otro su débil cuerpo.

«Ella es sumamente vulnerable a ataques físicos, la magia es su fuerte».

 

Escuchó en su mente atormentada.

 

—¡¿Qué está sucediendo?! 

«Puede ser, aunque esto no me supondría un problema… No sé qué pienses tú».

 

Estas palabras le hicieron apretar la mandíbula, rechinar sus dientes y rasgar las palmas de las manos con las uñas.

 

A la distancia, Lydia y Marsella observaban el faro hundirse en la arena.

 

—E-era un seguidor de Kaira… —Lydia tenía los ojos llorosos.

 

 

 

Todo estaba oscuro, tan oscuro como el lugar que casualmente visitaba en su mente.

 

—¿Estoy en aquel lugar? —se preguntaba a sí mismo, cargando a Diane.

 

Cuando sus ojos se acostumbraron a la escasa luz, pudo ver a lo lejos un tenue resplandor azulado.

 

El pasillo que recorrió comenzaba a tener imperfecciones y a tornarse cada vez más rocoso.

 

«¿Dónde demonios estoy?».

 

Una de sus piernas estaba lastimada, había sido aplastada por una roca, por lo que cojeaba ocasionalmente.

 

Se aproximaba a lo que parecía ser una salida, y una sonrisa se dibujaba en su rostro.

 

—¿Libertad? 

 

No obstante, lo que estaba frente a sus ojos era algo que no se podía describir con esas palabras.

 

Una enorme ruta subterránea se encontraba delante de él, era similar a la mazmorra de un videojuego de aventuras.

 

Enormes estalactitas de un cristal azulado pendían del techo, eso promovía la luz por el lugar.

 

Uno que otro sonido espeluznante venía de la oscuridad, y una gotera llenaba un pequeño charco.

 

—¡Kaira, háblame! ¡Diane! ¿Dónde estoy? —Dejó caer el débil cuerpo y comenzó a correr; corrió hasta cansarse, corrió por donde sus ojos no podían ver.

 

Estaba desesperado por una salida, desesperado por volver a ver la insufrible luz solar que tanto había criticado.

 

—¡¡Quiero salir!! ¡Necesito salir de aquí! —Una risa nerviosa lo acompañó y el eco de la misma lo atormentó.

 

En el increíble laberinto que conformaba el lugar, llegó a un callejón sin salida.

 

—¡No, por favor! —Golpeaba con brutalidad el muro. 

 

Detrás de él, unos pasos se oyeron. Se giró con rapidez, poniendo su espalda a la pared.

 

Cientos sino miles de goblins poseían dagas y espadas en sus manos, algunos se saboreaban por su presa y otros simplemente se aproximaban desesperados hacia Kazuki.

 

Más de diez se abalanzaron sobre él, clavando, apuñalando y enterrando sus hojas afiladas por todo su cuerpo.

 

—D-diane, Lydia… ¡Marsella! 

 

Sus últimos momentos en este mundo se acababan, su estómago abierto era devorado con lentitud por las criaturas que jugaban con sus intestinos.

 

Kazuki tenía una mirada perdida hacia el techo de la cueva, su boca medio abierta no paraba de exhalar espuma con burbujas de sangre; riachuelos del líquido carmesí brotaban de sus ojos, oídos y nariz.

 

Palideciendo por completo, la energía vital se escapó de su cuerpo y, a sus ojos, todo se oscureció.

 

Volviendo en sí mismo, cargando nuevamente a Diane en sus brazos contemplo como aparecía nuevamente en el interior de aquella mazmorra, contemplo como había vuelto a la vida y lo que sucedería si actuaba sin pensar en un lugar desconocido, de un mundo desconocido, con enemigos desconocidos, capaces de arrebatarle su vida en un parpadeo…