Tartaros: Angel Slayer

Capítulo 0: Prólogo

En un abismo lejano, más allá del obsequio del alba y desprovista de esperanzas, una civilización prosperó. Una que soportó la escases, la enfermedad y la maldición de un invierno eterno.  La más profunda dentro de las fauces de la tierra.

 

Antigua y sabia era la ciudad de Abruptum. Envuelta en un velo de misticismo y alabada como la guía de su región.

 

Miles de peregrinos recorrían sus bulliciosas calles, enmarcadas con impresionantes edificios góticos. Altas torres, catedrales de grandes arcos y lámparas amparicas por doquier.

 

Reflejándose en los ojos de sus habitantes, estos artefactos ofrecían la majestuosidad del fuego espiritual. Y en el centro de toda su creación, se alzaba un gigantesco faro, conocido como la Torre del Amanecer.

 

Esplendorosa y terrible. Rodeada de estatuas de antiguos dioses y ventanales de artesanía excepcional.

 

Su luz era el emblema de la ciudad, y por primera vez en siglos, ésta se extinguió.

 

—¡Regresemos mientras aun podemos! —ordenó el capitán, a cargo de la expedición.

 

La oscuridad era profunda y la tormenta no cesaba. Aun se encontraban lejos de Abruptum y la Torre del Amanecer los había abandonado con su guía.

 

Los reclutas eran embestidos por aquellas ráfagas de viento, forzándolos a agachar sus cabezas.  Fue entonces cuando se encontraron con una capa de nieve carmesí. Escarcha sanguinolenta y la señal de que todo había comenzado.

 

—¡Las llamas se tornan rojas! —advirtió uno de ellos, contemplando horrorizado la luz de su lámpara amparica.

—¡La hora! ¡Es la hora! —añadió su compañero. — ¡Ellos están aquí!

 

 

Susurros y gruñidos se entremezclaron alrededor del grupo. Voces inhumanas. Intensas, desesperadas y cada vez más cerca.

 

—¡Arden nuestras almas! —clamó el menor de ellos, desplomándose con un talismán entre sus manos. —¡Sagrado miedo, llama carmesí! ¡La luz de mi lámpara nos protege! ¡La luz de mi lámpara nos guía!

—¡Idiota! ¡La luz de tu lámpara los atrae! —lo interrumpió el capitán, sacudiéndolo por los hombros. — ¡Tranquilízate o nos condenarás a todos!

 

Los esfuerzos por calmar a su subordinado finalmente dieron resultados. Sin embargo, ya era demasiado tarde.

 

Al levantar la mirada, el anciano contempló al primero de ellos.

 

Tentáculos retorciéndose y apéndices supurantes.

Eran espectros de gran tamaño, desprovistos de rostros y con siluetas bestiales. Levitaban como espíritus y sus únicas extremidades eran un par de cuchillas al frente. Armas con hojas dentadas y cubiertas de vísceras grasosas.

 

Los hombres retrocedieron hasta que sus espaldas se encontraron.

Uno a uno, sucumbieron al horror que los había acorralado. Y pronto, el pánico se apoderó de sus temblorosos cuerpos.

 

—¡Ataquen! —ordenó el capitán y la matanza empezó.

 

La carne se desgarró y mucha sangre fue derramada. Suplicas inútiles y alaridos, llenos de dolor. Sin importar cuánto se hayan resistido, su fuerza no significó nada ante el poder de aquellos seres.

 

Finalmente, la última llama se apagó y con ello cesó la masacre.

 

Así concluyó la expedición. Sin sobrevivientes y con un objetivo inconcluso.