Tartaros: Angel Slayer

Capítulo 1: El Asesino de Ángeles

Las puertas ancestrales se abrieron una vez más, dando paso a la Legión de Inquisidores. Sobrevivientes del asalto a la brecha infernal.

Entre ellos, podían contarse una centena de caballeros.

 

Hombres y mujeres, armados con espadas y fusiles. Enmascarados, con ojos que relucían en la oscuridad. Abrigados con trajes de cuero negro y placas rojas de kristalya, el mineral más resistente del abismo.

 

Siniestros al igual que las criaturas que cazaban: las pesadillas; entidades nacidas en un infierno, que coexistía en un espacio paralelo al suyo.

 

Una dimensión límbica, en donde el caos imperaba. Y el deber ancestral de los inquisidores: adentrarse través de las brechas y purgar a sus enemigos, antes de que éstos se colaran al plano terrenal.

 

—¡Alabados sean los Inquisidores! —exclamó un ciudadano, con euforia y los demás se le unieron en festejos.

—¡Benditos sean los victoriosos! —agregó el sacerdote de alas negras.

 

Honorable y sagrada. Así era reconocida la inquisición. Y no era para menos, pues su derrota habría significado el avance de las pesadillas. Y una vez fuera de su infierno natal, en el plano físico, serían imparables.

 

Incontables vidas se perderían. Gritos y sangre inundarían las calles. Pero, no aquel día. Su victoria les había ganado un camino colmado de flores y respetos.

 

Marcharon con orgullo y muchos otros con horror, pues mientras unos levantaban sus espadas en gestos de grandeza, los más jóvenes avanzaron distraídos y temblorosos.

 

Se decía que la primera visita al Infierno nunca era olvidada. Algunos aun escuchaban los alaridos, los rugidos y el hedor de la sangre. Un trauma que se intensificaba al contemplar el cubil que trajeron consigo.

 

—¡Que nadie se acerque a él! —ordenó el capitán más cercano al artefacto.

 

Tenía las dimensiones de un carruaje. Estaba hecho de bronce y su función era transportar objetos y tesoros, extraídos del mundo oscuro. Sin embargo, esta vez su contenido era diferente.

 

Los marcos estaban cubiertos por runas improvisadas. Desprolijas y dibujadas con urgencia por los mismos Inquisidores. “Sueño” y “Terror” eran algunos de estos símbolos. Un encantamiento para absorber la energía vital de todo aquello en su interior.

 

—Él nos dará las respuestas que hemos estado buscando durante años —aseguró el general de la Legión y así lo repitió frente al Alto Consejo de las cinco Familias.

 

Mammoni, los “Espalda rocallosa”; Satanyc, los “Martillo ardiente”; Leviatanni, los “Cazadores del Foso”; Belfatigo, los “Espectros de Roble” y Bellceber, los “Moradores de las Grietas”.

 

El eco resonó a través de las paredes del gran salón.

 

Junto al Inquisidor se encontraba el prisionero que trajeron en el Cubil, encadenado y de rodillas.

 

Su cabello era carmesí y sus ojos, tatuados con dos rayos negros, poseían un color ámbar resplandeciente.

Su expresión reflejaba cierta suavidad. Un rasgo que contrastaba con su cuerpo, delgado pero fornido. Un cuerpo cubierto por tatuajes que despertaron confusión entre los presentes.

 

—Al cruzar la brecha, lo encontramos en un Templo, sellado dentro de su propia Lámpara Amparica —afirmó el caballero de ojos bestiales. —¡En más de doscientos años, nunca antes habíamos encontrado rastros de vida dentro! ¡He visto como algunos hombres mueren tan sólo al estar ahí y es que el Infierno extrae el Ampar de sus huéspedes!





La investigación de los eruditos había respondido muchos de los misterios del flujo de la energía vital y elemental. La fuerza invisible que se encontraba alrededor de todos y en ocasiones era canalizada por personas con talentos especiales. Esta energía era conocida como “Ampar” y fue descrita como el “Alma del Mundo”.

 

Debido a la naturaleza de la dimensión oscura, sus condiciones físicas y espirituales no permitían la vida. Pero, frente a ellos se hallaba una excepción.

 

—El uniforme que lleva… —apreció Belfatigo, el mayor de los ancianos. —Perteneció a una generación pasada de la Legión.

—Y también portaba una de nuestras lámparas —agregó Leviatanni, el que estaba sentado a su derecha. —No cabe duda de que este hombre perteneció a nuestras fuerzas.

 

El general se volvió hacia él con sorpresa. A pesar de su rango, era demasiado joven y los tiempos de los que hablaban se remontaban a más años de los que podía reconocer.

 

—Quítenle el bozal —ordenó el mismo anciano y empezó su interrogatorio. —¿Quién eres?

 

No hubo respuesta.

 

—¿Cómo sobreviviste? —insistió el Bellceber.

 

Y tampoco hubo respuesta.

 

—¿Quién te selló y por qué lo hizo? —le preguntó el Mammoni y sólo consiguió una mirada llena de desdén.

 

Los ancianos se observaron los unos a los otros, confundidos y molestos. Entonces, el Satanyc hizo una pregunta que sí fue contestada:

 

—Desde el momento en que entraste pude percibir el hedor de tu odio, de toda esa pestilente sed de sangre. Dime, ¿qué alimenta esa ira?

El prisionero abrió la boca y una nube de vapor salió de ésta.

 

—Yo alcancé las tierras del alba.

 

Aquellas palabras causaron gran conmoción y muchos murmuraron a espaldas del Consejo.

 

—¡Mientes! —lo acusaron. Pero, el continuó.

—Muchas son las vidas que se perdieron sin razón. Todas esas inocentes almas, ofrecidas como sacrificio para luchar en una guerra de ficción. No podrán ocultar la verdad por más tiempo.

 

La amenaza era clara y él no mostró vacilación.

 

—Ha llegado la hora de ascender.

 

Harto, el general lo golpeó en la boca del estomago. El prisionero cayó sobre sus rodillas y no tuvo tiempo para detener un segundo golpe en su rostro.

 

—¡Agh! —se quejó, y una vez más, fue golpeado por el general. —¡Ugh!

 

Cuando se desplomó por completo, recibió una patada en medio de los ojos y su sangre salpicó el suelo.

 

—Quizás el encierro atrofió tu cerebro —mencionó el inquisidor, levantando el rostro del prisionero desde su cabello. —No sé cómo hayan sido tus días sirviendo a la Legión, pero algo es seguro: estás frente al Alto Consejo y lo respetarás.

—¡Suficiente! —exclamó el Mammoni y la paliza cesó. —Si lo que buscas es una respuesta, puedes torturarlo o diseccionarlo. Pero, no toleraremos tal osadía en nuestra presencia. ¡Llévenselo de aquí!

 

Con sus últimas fuerzas, el prisionero escupió su sangre al pie del trono de los ancianos. Rió a carcajadas y finalmente, el general borró su sonrisa con un golpe de gracia.

 

Su visión se tornó borrosa y cayó inconsciente.

Las horas pasaron cuando despertó sobre un colchón de raíces espinosas.

 

—¿Dónde estoy? —se preguntó, posando una mano sobre su rostro.

 

La falta de la fría sensación de la kristalya lo tomó por sorpresa. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no llevaba aquella armadura, vieja y ensangrentada. Lo habían despojado de todas sus pertenencias y sólo conservaba su pantalón.

 

Curioso, escabulló una mirada a su alrededor.

 

Se encontraba dentro de una celda poco común. Las paredes estaban hechas de ramas palpitantes y lo único que no se movía eran los barrotes de acero.

 

—Creí que nunca despertarías —escuchó desde el techo.

 

Impresionado, contempló al ser que le devolvió la mirada, justo por encima de su cabeza.

 

Tenía un cráneo animal por rostro y un par de cuernos ornamentales.

 

Caminó sobre el techo, como si la gravedad no lo afectara y se aproximó a una pared para descender por ella.

 

—Ha pasado un tiempo, pequeño monstruo.

 

El prisionero entrecerró sus ojos con amargura.

 

—¿Qué estás haciendo aquí? —exigió saber, reconociendo su aspecto fúnebre. —Ya deberías saber que no podrás llevarte mi alma.

—Lo sé, lo sé… —respondió, con un tono risueño, y se puso frente a él, superándolo en estatura. —Vengo a ofrecerte mis mejores deseos.

—¿De qué hablas?

—¡De la muerte! ¡Por supuesto! —afirmó, adelantándose con entusiasmo. —Has de saber que lo que harás, dará lugar a más muertes que las causadas por aquello que planeas detener. Es algo maravilloso, en verdad.

 

La entidad lo observó por última vez y entonces partió, atravesando los barrotes para desvanecerse en el aire.

 

—Nos volveremos a ver, Asesino de Ángeles. Por ahora, asegúrate de saludar a las visitas de mi parte.

—¿Visitas?

 

Tan pronto se fue, escuchó pasos aproximándose.

 

El prisionero retrocedió, alejándose de los barrotes.

 

Debía mantenerse alerta y supo que sus sospechas fueron acertadas cuando descubrió a sus visitantes.

 

—Nos dirás lo que queremos saber —ordenó el mayor de los tres guardias, enmascarados.

 

Fue directo. Sin saludos ni preámbulos.

 

Traía un látigo que tensó como advertencia. Pudo sentir el sonido en su piel.

No obstante, la conversación tomaría un rumbo inesperado.

 

—Antes dijiste que el Consejo escondía un secreto, ¿de qué hablabas? ¿Y es cierto que llegaste a la superficie?

 

El guardia se adelantó un paso y lo observó tras el visor de su máscara.

Al mismo tiempo, el prisionero se vio confundido. Esperaba un interrogatorio. Pero, aquel contacto había iniciado de forma distinta.

Como si fuera una conversación ajena a los oídos de los ancianos.

 

—¿Qué buscas de mí? —preguntó él y los guardias cruzaron sus miradas.

 

El mayor se llevó las manos atrás de la cabeza y retiró el seguro de su máscara. Entonces, le reveló su identidad.

 

—Quiero conocer la verdad.

 

Su cabello era plateado y tenía un par de ojos esmeralda.

 

Por difícil que resultara creerlo, era él.

 

—¿Toral?

 

El guardia sonrió y los otros tras él también retiraron sus mascaras.

 

—Me da gusto verte de nuevo, Murcybel.

 

Descubiertos sus rostros, los que estaban tras Toral resultaron ser un par de mujeres de cabello y ojos dorados. Gemelas, en esencia. Pero, diferentes en cuanto a siluetas.

 

También las conocía.

 

—Sulym y Azarela —las nombró, incrédulo por la situación.

—Después de tanto tiempo, es grato saber que no olvidaste nuestros nombres, compañero.

 

En el pasado, habían pertenecido a la Legión junto a él. Fueron compañeros. Entrenaron y lucharon codo a codo. Defendieron su hogar en incontables ocasiones hasta el fatídico día de su separación.

 

—Yo… —balbuceó, conmovido por su reencuentro.

—Ya tendrás tiempo para contarnos tu historia —lo interrumpió Toral.

—Tiene razón —agregó Sulym, buscando una llave. —Debemos irnos.

 

El grupo de guardias corrió cuesta arriba por la escalera. Y antes de partir, Murcybel dejó que se adelantaran para despedirse de quien lo espiaba.

 

—Llegado el momento, verás que te equivocas en cuanto a mí —afirmó y una sombra se elevó a través de las paredes.

—Lo más cierto en esta vida soy yo, insensato Asesino de Ángeles —respondió la voz inhumana. —Yo, la Muerte.

 

En las afueras de Abruptum, la tormenta de nieve azotó al grupo, sin piedad.

Feroces vientos y escarcha por doquier.

Insegura, Azarela volteó a ver la Ciudad por última vez.

 

—¡No te detengas! —ordenó su hermana, tomándola del brazo y compartiendo la tristeza de perder su hogar.

 

La oscuridad frente a ellos era profunda. Pero, Murcybel guió al grupo con su lámpara amparica por delante.

 

Caminaron durante horas, hasta que el frío comenzó a ralentizar su paso.

Y fue en el último momento, cuando la luz cambió su color.

 

Al notarlo, Toral y las demás se horrorizaron.

 

—¡Debemos alejarnos! ¡Estamos muy cerca de una brecha! —advirtió Toral, con las pestañas congeladas.

 

Las llamas se habían tornado rojas. Esto sucedía cuando la Lámpara Amparica entraba en contacto con la esencia del Infierno. Y para sorpresa de los demás, este era justamente el objetivo del Asesino de Ángeles.

 

—¡Cruzaremos la brecha! —rugió y el espacio frente a ellos se quebró, dando lugar a un portal de más rojos incandescentes.

¡Es demasiado peligroso! —reclamó su compañero.

—¡Si no entramos ahora, los Inquisidores nos atraparán! —insistió Murcybel, liderando la incursión al mundo de las pesadillas. —¡Es ahora o nunca!

 

En el horizonte, reconocieron incontables luces como la suya. Más Lámparas Amparicas, pertenecientes a la Legión.

 

Las hermanas se aferraron la una a la otra y saltaron dentro de la brecha. Y al final sólo quedaron los dos.

 

El estruendo ensordecedor se debilitaba y la grieta perdía su volumen.

 

—¡No tenemos tiempo! —afirmó, extendiéndole la mano desde las llamas. —¡Toral! ¡Confía en mí!

 

Su compañero lo observó a los ojos por última vez y tomó su decisión.

 

—¡Nos veremos en el Infierno! ¡Murcybel!