Tartaros: Angel Slayer

Capítulo 2: Reunión en el Infierno

Su llegada desató el caos en el Infierno.

 

Los cielos rugieron y los vientos se tornaron feroces. Las nubes se arremolinaron y una tormenta de sangre bautizó el combate en la tierra.

 

—¡Que no quede ninguno de ellos! —bramó el Señor de los Inquisidores. —¡Hagan que esta lucha retumbe hasta en la última roca del Infierno!

 

Desde lo alto, el Asesino de Ángeles contempló a su enemigo y al reducido grupo que consiguió cruzar la brecha, antes de que ésta se cerrara.

 

Fue entonces cuando una sonrisa se dibujó en su rostro, pues la espada del General no lo apuntaba a él, sino a la horda de pesadillas que los había rodeado.

 

—¡Avancen! —ordenó y echó a correr para unirse a sus hombres en la batalla.

 

Se abrió paso, embistiendo a quienes se pusieran en su camino, y saltó hacia un espectro gigantesco. El monstruo atacó con sus tentáculos, pero el inquisidor los esquivó y lo apuñaló en el pecho. Enterró el filo de su espada hasta la base y escuchó los alaridos de dolor.

 

—¡Warghhh! —rugió la pesadilla y dio brazadas hasta desplomarse sobre su espalda.

 

Con su presa abatida, arrancó su espada de un tirón y apuntó hacia el horizonte con ella.

 

—¡La Legión no será derrotada hoy! —fue su grito de guerra y un relámpago iluminó sus ojos iracundos.

 

Se deslizó sobre el pecho del cadáver y avanzó unos pasos antes de atestiguar la muerte de uno de sus hombres.

 

—¡Ayuda! ¡Ayúdenme! —imploró el soldado, mientras sus brazos eran arrancados por la mordedura de dos pesadillas.

El sonido de la carne siendo rasgada llegó hasta sus oídos. Y lo siguiente fue el estruendo de sus huesos, quebrándose hasta romperse por completo.

 

—¡¡¡AGHHHHH!!! —gritó, siendo presa de un dolor indescriptible.

 

Las pesadillas devoraron sus extremidades y una nueva surgió del suelo para arrancarle la cabeza.

 

La muerte del soldado dejó absorto al general. Tanto como las demás.

 

Cuchillas cercenando miembros, desgarrando estómagos y decapitando incontables cabezas.

 

Más allá de las matanzas, sin embargo, pudo reconocer una verdadera atrocidad:

 

—¡Suéltame! —gritó una recluta, con su cuerpo desnudo, al descubierto.

 

Sobre ella, una pesadilla la mantenía inmovilizada con sus tentáculos supurantes.

 

—¡No! ¡Detente! —se resistió, horrorizada. Pero, la bestia continuó.

 

Pateó el estomago de la criatura hasta que ésta la detuvo. Enredó un par de tentáculos en sus pies y los separó lentamente. Entonces, la joven sintió algo resbaladizo y gélido, subiendo a través de sus muslos.

 

—¡Resiste! —escuchó la voz del General. No obstante, venía de muy lejos y no conseguiría llegar a tiempo.

 

Cuando comenzó, la esencia infernal se expandió dentro de la mujer, pudriendo su cuerpo y destruyéndola mentalmente.

 

La sangre se escurrió de sus ojos, en forma de lágrimas, y lo último que presenció fue a su general siendo embestido antes de alcanzarla.

 

La tormenta se intensificó. La sangre que caía desde el cielo era ardiente y su vapor comenzó a envolver aquella ciénaga.

 

La naturaleza del Infierno se reflejó en los crímenes perpetrados por las pesadillas. La masacre continuó y todo ocurrió mientras los traidores observaban desde la seguridad.

 

Azarela apartó la mirada, presa de un sentimiento culposo.

 

—La verdad que buscan comienza aquí. Y el camino para encontrarla, estará repleto de tragedias como estas —afirmó Murcybel.

 

A su lado, Toral se mantuvo firme.

 

—Siempre lo supimos —contestó. —Renunciamos a nuestro deber, abandonamos nuestro hogar y dejamos morir a esos desgraciados. Sacrificaremos lo que haga falta.

 

Su determinación era evidente. Sin embargo, sintió pesar en sus palabras.

 

Sulym se puso en medio de ambos y posó sus manos en sus espaldas.

 

—Nuestro deber es salvar Abruptum, Toral. Cuando consigamos abrir los ojos del pueblo, las cosas cambiarán y ya no habrá más muertes sin sentido. Hasta entonces, debemos ser fuertes y seguir adelante.

 

La joven se volvió hacia Murcybel y lo observó a los ojos.

 

—Por eso debes guiarnos hasta la superficie. Confiamos en ti, compañero.

 

Mostrándose distante, el Asesino de Ángeles apartó la mirada y contempló el paisaje desolador.

 

Recordó su última expedición. El momento en que todo cambió para él.

 

—Tienen mi palabra.

 

Pero, para llegar a la superficie, antes debían dirigirse a cierto lugar.

 

—Luce como… una catedral —mencionó Sulym, al nunca haber visto un edificio como el que se alzaba delante de ellos.

 

La estructura se encontraba al pie de una montaña, rodeada por lagunas de aguas negras y cerezos en decadencia. El grupo ascendió a través de escalones rocosos, admirando un paisaje muy distinto. Uno pacifico y desprovisto del caos natural. A su paso, los faroles se encendieron, uno a uno, para iluminar su ascenso.

 

—¿Qué es este lugar?

—Es un templo —respondió su guía. —Un santuario para algunos y uno de los últimos lugares seguros en el Infierno.

 

El aspecto de los cimientos era antiguo y de una cultura muy lejana.

 

Sus paredes carecían de la arquitectura gótica de Abruptum y respondían a un diseño más minimalista. Corredores y pilares de roble. Una base simple, que sostenía techos enormes y ondulados.

 

Al llegar a la cima, los faroles de la entrada se mantuvieron apagados.

A diferencia de los que iluminaban la escalera, éstos parecían menos interesados en dar su luz y más deseosos por recibir una nueva.

 

—Para que las puertas se habrán, será necesario un sacrificio.

 

Cautivando la atención de sus compañeros, Murcybel tomó una llama de su lámpara y la mantuvo sobre su dedo índice.

 

—En el Infierno, el Ampar será su llave y su moneda de cambio —explicó. —No lo olviden nunca.

 

Una brazada guió la chispa que encendió ambos faros, a la vez.

 

Aceptado el pago, el sello de la entrada fue disuelto y las puertas se abrieron ante ellos.

 

Toral notó lo pálido que lucía su compañero y aun así lo vio adentrarse en las tinieblas, con una sombría naturalidad.

 

—Cuiden sus pasos —escucharon los demás, al ingresar en el corredor.

 

La luz de su lámpara perdió intensidad, tornándose tenue. Incapaz de alumbrar más allá de sus propios pies.

 

El sacrificio lo había debilitado. Y aunque pronto recuperaría el poder que perdió, los demás comprendieron el riesgo que conllevaba tal acto.

 

—¿Ustedes también lo escuchan? —preguntó Azarela, desviando la atención de los demás.

 

Al aproximarse al final del corredor, el eco de una melodía llegó a sus oídos.

Una canción soberbia, entonada por una voz magistral.

Provenía de más adelante y el sentimiento que causó en ellos fue… “vergüenza”.

 

—No se alejen demasiado —advirtió Murcybel y su grupo avanzó con cautela.

 

Al cruzar el umbral final, fueron recibidos por una visión fantástica.

 

Se encontraron con una imponente pieza de la mecánica ancestral: un “Surcador de Tormentas”. Una nave de guerra, semejante a un barco, y diseñada para recorrer los cielos.

 

No obstante, esta maravilla no se movería y es que había sido encadenada al interior del gran salón.

 

Impresionados, avanzaron algunos pasos para contemplar la nave, suspendida unos treinta metros sobre sus cabezas.

 

—¡Manifiéstate! —ordenó Murcybel, gritando al vacío. —¡Revela tu verdadera forma y déjanos verte, emisario de los caídos!

 

Alterada la armonía, la canción se detuvo y dio paso al silencio.

Unos segundos más tarde, una profunda voz contestó desde lo alto:

 

—Ha pasado tiempo… Asesino de Ángeles.

 

Sulym levantó la mirada y entonces reconoció una silueta, sentada sobre una de las cadenas. La misma se acurrucaba bajo tres pares de alas. Extensas y cubiertas de plumas negras, desde la base hasta la punta.

 

—La última vez que te vi, estabas algo… “sellado” en tu lámpara —agregó, con un tono irónico. —Me pregunto cómo lograste escapar.

 

Murcybel frunció el ceño.

 

—Si continuas hablando, subiré ahí y te cortaré la cabeza —contestó a su burla.

—Me temo que eso será imposible —lo contradijo, enseñándole la cicatriz de su cuello. —Ya lo hiciste una vez y no puedes matar algo que ya está muerto.

 

La gran criatura se dejó caer de espaldas y extendió sus alas justo antes de llegar al suelo. Entonces, reveló su cuerpo: fornido y pálido. Parcialmente envuelto en una enredadera espinosa que cubría su muslo, ingle y parte de su pecho. Al igual que Murcybel, los tatuajes rúnicos recorrían su piel y alcanzaban parte de su mejilla. Sin embargo, lo más llamativo eran los cuernos que nacían tras su cabeza y se adelantaban para formar una especie de aurora.

 

— Aunque si lo hicieras, me intriga saber a dónde me llevaría mi segundo descenso. —planteó con un aura risueña. — ¿Alguna vez te has preguntado si hay una vida, después de la vida… después de la vida?

 

De pronto, Azarela sintió una mano enorme sobre su hombro.

 

—Estoy hablando contigo, querida.

 

 

Al girar la cabeza, se encontró con aquel ser, inclinado detrás de ella.

 

—¡A…aléjate! —gritó, asustada y en un parpadeo, éste desapareció.

 

Toral no tuvo tiempo de reaccionar y tampoco pudo hacerlo su hermana, Sulym. De los tres, el único que repelió su acercamiento fue Murcybel.

 

—¡Basta de juegos! —ordenó, con su guadaña aun extendida y ahora ensangrentada.

—¡¿De qué se trata esto, Murcybel?! ¡¿Quién es él?! —interrogó Toral, preparando su látigo con rapidez.

 

Reintegrándose, la criatura se materializó donde había estado antes.

 

—Vaya, casi descubro la respuesta —se burló con un corte supurante en la garganta. —Debería agradecerte por ello, Asesino de Ángeles.

 

Una sonrisa se dibujó en su rostro y finalmente se presentó:

 

—Ya pueden guardar sus armas, mortales. No tengo intención de hacerles daño. —aseguró. —Mi nombre es Kasiel y soy el guardián de este templo.

 

Murcybel dejó escapar un suspiro y se volvió hacia su grupo.

 

—Él es un caído —explicó. —Es un espectro como las pesadillas. Pero, a diferencia de ellas, aún conserva su conciencia.

 

Sin darse cuenta, su forma de expresarse despertó la duda en su compañero.

 

—Esa comparación… ¿qué sucede con las pesadillas?

 

Kasiel se acercó con cautela.

 

—¿Aun no se los dijiste?

—¿Decirnos qué? —exigió saber Toral. —¿Hay algo acerca de las pesadillas? Si es así, ¡Debes decírnoslo!

 

Murcybel adoptó una expresión sombría. Como si se cuestionara la idea de revelarles este hecho. Como si pensara que aun no estaban preparados. Y aun así, tomó aire y se los reveló:

 

—Durante generaciones, la Legión ha purgado a las pesadillas del Infierno. Desde el momento en que nacemos, se nos ha enseñado que es nuestro deber sagrado. Y como Inquisidores, incluso nosotros hemos formado parte de la cacería. Una y otra vez, blandimos nuestras espadas con el fin de evitar que el Infierno se llenara de ellas y esto las empujará a nuestro mundo.

—Pero nunca nos permitieron conocer su origen —reflexionó Sulym, tomando su brazo.

 

Los demás lo observaron en silencio.

 

—Son las almas de los fallecidos —afirmó. —Cuando morimos, el Ampar abandona nuestro cuerpo y le da forma a los pecados que cometimos en vida. Así es como nacen las Pesadillas. Y a pesar de perder el control, aun mantienen sus recuerdos y son capaces de sentir dolor.

 

Azarela retrocedió algunos pasos.

 

—Todo este tiempo… estuvimos masacrando a nuestra propia gente, a nuestros familiares y amigos fallecidos. No… no puedo creerlo —confesó con lágrimas en sus ojos.

 

Sulym no pudo apartar la mirada de él.

 

—¿El Consejo sabía esto?

—Ellos siempre lo supieron —le contestó, con un dejo de rencor. —Y castigaban todo intento de alcanzar la superficie, para asegurarse de que continuáramos esta guerra sin sentido.

 

Toral entendió a qué se refería.

 

—El combustible de la Torre del Amanecer… alimentamos sus llamas con las almas que cosechamos aquí.

—Ese farol es el emblema del Consejo —aseguró Murcybel. —Y mientras su luz ilumine las calles de Abruptum, el Consejo conservará su poder.

 

Dicha la verdad, el líder de los traidores apuntó a Kasiel con el filo de su Guadaña.

 

—¡Las Tierras del Alba son nuestro objetivo! —afirmó, con gran determinación. —¡Viajaremos en el Surcador de Tormentas!

 

El ser alado lo reverenció y apuntó la nave con tres de sus alas.

 

—El Zendalur es tuyo, Asesino de Ángeles. Cayó al Infierno junto a la tripulación que asesinaste. Desde entonces, aguardamos tu regreso.

 

Sus ojos destellaron y las cadenas despidieron un chirrido.

 

—¡Es hora de que reclames nuestra antigua fortaleza voladora!

—¡La tomaré!

 

Todos sintieron el temblor bajo sus pies. Las hélices giraron y los motores comenzaron a calentarse. Las cadenas se resquebrajaron y las paredes de todo el templo comenzaron a agrietarse.

 

—¡Ha llegado el momento de abordar!

 

Haciendo uso de su poder, Kasiel los transportó al interior del Zendalur.

 

Todo estaba hecho de algún tipo de metal oscuro. Sobre las paredes se extendían circuitos de brillo azul y todos conducían al centro de la sala. El lugar donde se alzaba una gigantesca flor de diamante. Rodeada por un halo de luz y palpitante, como un corazón.

 

—Este es el núcleo de la nave —explicó el caído.

Muy interesada, Sulym se aproximó a la gran reliquia.

 

—Está hecha de kristalya —concluyó tras echarle un vistazo. —Este raro mineral posee propiedades místicas: absorbe y almacena el Ampar de su entorno. Es fascinante que hayan encontrado una forma de canalizar su energía para abastecer la maquinaria.

 

Fue entonces cuando volteó a ver la armadura de Murcybel.

 

—Me pregunto si esas placas tienen una función semejante.

 

Uniéndose a su observación, Kasiel respondió en su lugar:

 

—Tanto el núcleo como esa armadura, provienen de la superficie. Fueron el resultado de una unión revolucionaria: la forja de los mortales, la ingeniería celestial y el tesoro del Infierno.

 

Durante unos segundos, hubo silencio. Y no era para menos, pues probaba la historia de su guía.

 

—Aquella noche la luna se tiñó de rojo —les contó. —Las llamas se esparcieron rápido, como la muerte dentro de nuestra tripulación.

 

Melancólico, se cubrió con sus largas plumas negras.

 

—Arrancó nuestras alas y acabó con nuestro glorioso reinado. Fuimos los primeros hijos de dios, y aun así, nos cazó en nuestro propio cielo. Uno a uno, caímos bajo el filo de su guadaña.

—Y al final, sólo quedaste tú —recordó Murcybel. —El único ángel que no rogó por su vida y cayó, luchando.

—Morí defendiendo mi honor y tú me asesinaste, defendiendo tu libertad. No hay acto más noble en la guerra y tu recompensa fue mucho más que una armadura.

 

Hablaba del nombre que hizo eco en el más allá. El nombre que clamaron sus víctimas al cruzar el umbral de la muerte:

 

—Murcybel Tártaros, el Asesino de Ángeles.

Decidido, éste se volteó a ver a su grupo y gritó:

 

—¡Vamos a despegar!