Torneo dimensional de la luz y la oscuridad

Capítulo 1: Introducción al torneo

—Calma, calma. Ay, detesto esta parte. Siempre entran en pánico antes de que se les explique algo.

 

—La criatura que se hacía llamar «El Presentador» dejó caer sus hombros, soltando un suspiro.

 

Los gritos retumbaban en aquella extraña recámara.

 

Victoria sintió ganas de comenzar a gritar también, pero su parte racional se impuso.

 

¿De qué serviría ponerse frenético frente a una criatura extraña que había hecho desaparecer su única vía de escape? Respiró hondo, colocando su celular en su pecho, y luego habló.

 

—Si no hicieras desaparecer las puertas antes de hablar, sería mejor, tal vez.

 

El ser extraño la observó, perplejo.

 

Ella maldijo para sí misma. Su idea de calmarse no implicaba hablar sin pensar. Siempre le pasaba eso y lo detestaba. Lo que se llamaría un filtro entre el cerebro y la lengua, parecía no existir en ella.

 

—Puede que tengas un punto, lo pensaré la siguiente vez —respondió El Presentador, guiñándole un ojo mientras sonreía.

 

Las demás chicas seguían gritando sin parar.

 

Victoria vio como el muchacho de piel blanca y rasgos árabes intentaba consolar a una de ellas mientras los demás estaban en estado de shock.

 

—Bueno. ¡Suficiente!

 

El grito del Presentador hizo que se le erizaran los vellos de la nuca. Un miedo enorme la envolvió y su garganta se cerró, negándose a decir una palabra más.

 

Los gritos callaron. El silencio reinaba.

 

—Bien. Ahora sí podemos continuar, gracias —comentó El Presentador en tono sarcástico—. Jovencitos, ustedes han sido elegidos para participar en un torneo único, especial y pocas veces visto. Al menos para ustedes los... humanos.

 

Guardo silencio, esperando a que hubiera alguna réplica, pero nadie habló. Asintió, satisfecho.

 

—Resumiéndolo de manera sencilla para que ustedes, humanos, logren comprender: El universo se divide en diferentes dimensiones, una capa sobre otra. Lo que ustedes llamarían segunda o tercera dimensión —explicó mientras se señalaba a sí mismo—, puede ser considerada la mil quinientos cincuenta en alguna otra. O puede ser esa misma la dimensión en cuestión. Todas conviviendo en un mismo universo, pero en diferentes caminos.

 

—¿Mundos paralelos?

 

Victoria vio al chico que había preguntado, era el joven de gafas. Su cara aún mostraba pánico, pero al mismo tiempo, ella pudo notar el brillo de la curiosidad detrás de sus lentes.

 

El Presentador negó con la cabeza.

 

—Esos son universos diferentes, que en realidad, no existen. Las dimensiones, aunque con una y otra similitud, son diferentes caminos que han tomado las energías que componen el universo entero. Creando así, diferentes criaturas que se adaptan a ella.

 

—¿Y qué energías son esas?

 

Nuestra joven protagonista por un momento se preguntó quién más era capaz de hablar en ese momento, cuando se dio cuenta de que había sido ella. El relato del Presentador era tan atrayente, que no pudo evitarlo. Él sonrió, encantado con su pregunta, como haría un profesor en la escuela.

 

—Esas energías, querida Victoria, son la luz y la oscuridad. Energías tanto positivas como negativas que rondan el universo entero, creando un sinfín de formas de vida.

 

—¡Pero eso no explica nada!

 

Todos se sorprendieron al ver gritar al joven que sólo vestía un par de pantalones cortos y una camiseta esqueleto. Era uno de los chicos que ella había observado antes, uno con dureza en su mirada.

 

—Son sólo tonterías que no llevan a ningún punto. Díganos qué hacemos aquí, ahora.

 

El Presentador se giró hacia él. Su sonrisa, tan delgada, en verdad generaba terror. Y de todas formas, aquel joven era capaz de sostenerle la mirada.

 

Victoria sintió un poco de admiración al ver que lograba hacer eso.

 

—Eres demasiado ansioso, Belmiro.

 

Y hasta ahí llegó la valentía de aquel muchacho.

 

Victoria pudo ver como su mirada dura cambiaba a sorpresa. Por un momento, ella estuvo a punto de perder el equilibrio de la impresión, ya que también lo había notado, pero se mantuvo firme.

 

—¿Cómo… cómo sabe mi…?

 

—¿Nombre? Es algo básico, algo que tenemos que conocer para poder traerlos aquí.

 

El Presentador extendió su mano izquierda. Las luces que los rodeaban brillaron de pronto más fuerte y una gran imagen de millones de galaxias apareció frente a ellos. 

 

Victoria pudo ver pequeños cúmulos de estrellas y otros puntos negros. Todo el universo.

 

—El Big Bang —narró la criatura mientras las estrellas se acumulaban más y más—. El inicio de todo, dos fuerzas que eran demasiado potentes y que chocaron entre sí, para crear un sólo espacio en el cual pudieran estar unidas. La luz y la oscuridad.

 

De pronto, la imagen cambió, mostrando diferentes líneas aparecer de extremo a extremo. Ella pudo notar una línea resplandecer, una muy delgada, de color azul.

 

—Pero el sólo universo era demasiado pequeño para poder contener esas energías. Así que se crearon diferentes caminos, para que ellas pudieran fluir sin generar una segunda explosión.

 

Las líneas desaparecieron y luego cuatro figuras tomaron su lugar. Brillantes y poderosas.

 

Victoria tuvo que dar un paso atrás ante lo imponentes que eran.

 

—Para mantener ese flujo sin ningún peligro, fuimos creados nosotros. El Rey Dimensional. —La figura principal brilló un poco más—. Mis dos hermanos: Los Guardianes, y yo.

 

Las otras figuras brillaron mientras El Presentador hablaba de ellas.

 

Victoria no salía de su asombro. Había más, más criaturas como la  que estaba frente a ella. Un trío más de seres capaces de hacer lo que ellos quisieran. Era aterrador e impresionante.

 

—Pero esas energías no pueden convivir mucho al mismo tiempo en un sólo lugar. Por lo que se tiene que decidir qué energía es mejor para mantener en tal o cual dimensión. Para eso, hemos creado esto: el Torneo Dimensional.

 

Otro cambio. Ahora eran más formas, pero que Victoria no pudo comprender, peleando entre sí.

 

Sonidos de batalla salían de quién sabe dónde mientras El Presentador explicaba.

 

—Un torneo para que cada dimensión, por ella misma, decida de manera justa que energía dominará su hogar. El bando ganador, decidirá cuál energía se alzará sobre la otra. Para que así nunca llegue a ocurrir una segunda explosión.

 

Todas las imágenes desaparecieron y las tenues luces volvieron a su brillo original.

 

Victoria tuvo que cerrar los ojos por un momento. Era demasiada información para procesar.

 

Esa mañana había ido a clases y ahora estaba atrapada en un lugar extraño, con otro montón de jóvenes más, en un torneo que ni ella comprendía.

 

Era demasiado, y su cabeza comenzaba a dolerle.

 

—¿Eso responde a tu pregunta, Belmiro? —preguntó el ser de cabeza cuadrada, con una sonrisa sarcástica.

 

El chico de camiseta esqueleto no dijo nada, sólo asintió. Aunque se mantenía derecho, ella notó como sus manos temblaban.

 

—Entonces, es como manejar las cañerías del universo, ¿no?

 

El comentario fuera de tono dejó desconcertado a todo el mundo, incluyendo al Presentador, quien perdió su compostura.

 

El que se había decidido a hablar era uno de los mellizos, el chico. Su hermana lo regañaba mientras él se disculpaba.

 

—¿Pero qué pasa por tu cabeza, Edel? Nos explican el funcionamiento del universo, y tú hablas de cañerías.

 

—Lo sé, lo sé, pero es parecido. De eso se encarga la gente que anda pendiente de las cañerías.

 

—Ni siquiera sabes cómo se le dice.

 

—Tú tampoco sabes, Adeline, no te creas más inteligente.

 

Y así, los mellizos discutían mientras los demás los observaban extrañados.

 

El Presentador se aclaró la garganta, para tratar de recuperarse.

 

—Bueno, ya veo que algunos se adaptaron rápido.

 

Volvió a dar un aplauso y una luz apareció detrás de él.

 

Victoria cerró los ojos, que estaban ardiendo ante el golpe tan agresivo de luz. Los cubrió, pero antes de eso, pudo distinguir dos siluetas enormes, como si de rocas con brazos se tratara.

 

—Ahora sus instructores los llevaran a la sala de entrenamiento, donde se les dirá quienes están de qué lado. Buena suerte en su primer día.

 

Sin más, El Presentador procedió a retirarse. Aquella cabeza cuadrada se alejaba, para dejarlos abandonados a su suerte.

 

Ella lo miró por unos segundos, acostumbrándose un poco a la luz, hasta que se decidió a hablar.

 

—¿Y eso es todo? ¿Espera que sólo los sigamos a donde nos quieran llevar y ya?

 

Él se detuvo, ni siquiera se atrevió a darse la vuelta para mirarla.

 

Victoria detestaba que no le prestaran atención, como si no importara. Sintió como la rabia subía por su garganta.  Intentó reprimirla, como una dama haría.

 

—Sí, porque no tienen más opción. Tanto sus vidas, como las de su dimensión, ahora están atadas al torneo. Decidir no participar sería la peor elección que harían en este momento.

 

La voz atrayente que había usado al principio desapareció por completo. Ahora ella podía sentir la presencia aplastante de un ser de más de mil años, o lo que tuviera de existencia en el universo.

 

Sabía que no tenía una respuesta correcta. Su pequeño arrebato era nada, comparado con la decisión que un ser interdimensional había tomado por todos. Sólo le quedaba asentir.

 

El Presentador salió de la recámara, sin decir nada más mientras los dos instructores esperaban a los jóvenes en la puerta.

 

Victoria no se había equivocado en que las dos figuras en la puerta parecían un par de rocas enormes. Lo que no había atinado, es que esa forma sólo se debía a su cuerpo lleno de músculos.

 

Eran dos seres enormes, uno de color naranja, y otro morado. Un poco más altos que El Presentador, pero sólo porque era como si tuvieran bultos dentro de ellos. 

 

Estaba segura que un golpe de esos seres sería capaz de arrancarle la cabeza. Se sentía como una pequeña hormiga.

 

Cada uno llevaba una armadura del color de su piel, cubriendo sus brazos, pecho y piernas. 

 

Ella logró ver varios símbolos grabados en ellas, pero no pudo distinguir ninguno.

 

No tenían cabello, eran completamente calvos, lo que les confería aún más esa apariencia de rocas andantes.

 

Los dos se los habían llevado de la recámara en la que habían aparecido, conduciendo al grupo por un pasillo enorme, de color blanco pulcro, muy diferente a la habitación oscura en la que estaban antes. Seguía teniendo ese diseño extraño de nave espacial tipo película de ciencia ficción, pero su brillo era algo completamente antinatural. 

 

Ella esperaba ver más seres extraños, pero nadie más apareció.

 

Luego de las palabras de aquella cabeza cuadrada, nadie en el grupo tuvo cómo oponerse. 

 

Victoria estaba convencida de que, más que salvar la dimensión, lo habían hecho por puro temor. Hasta ella misma sabía que era eso lo que la motivaba a seguir adelante. No tenían más opción en ese momento.

 

Al final del pasillo, el corredor se dividió en dos. Tan largos e infinitos como aquel por el que acababan de caminar. 

 

Los dos seres enormes se pusieron frente a ellos, con los brazos cruzados.

 

—Yo soy El Entrenador, maestro de la energía llamada «luz» —anunció el ser de naranja.

 

—Y yo soy El Entrenador, maestro de la energía llamada «oscuridad» —comentó también el ser de morado.

 

Eso ya era demasiado confuso, así que, para evitarse más problemas en la cabeza, Victoria los nombró Entrenador Luz y Entrenador Oscuridad.

 

—Somos los encargados de guiarlos en el manejo de esas energías, para prepararlos frente a los combates venideros. —El Entrenador Luz se hizo hacia el lado izquierdo del pasillo, sin quitarles la vista de encima—. Los que nombre vendrán conmigo a este lado.

 

Victoria sintió un vuelco en su estómago. ¿Qué lado sería el que tendría que defender? Por inercia, pensó que lo mejor debía ser la luz, pero, ¿y si le tocaba defender la oscuridad? No sabría lo que tendría que hacer.

 

—Samantha.

 

El primer nombre que inició todo. 

 

Todos se quedaron inmóviles, viendo a la jovencita de cabello rojo temblar ante el llamado. 

 

El Entrenador Luz lanzó un suspiro.

 

—Vamos, entre más rápido te muevas, mejor te encontrarás, anda.

 

La chica no reaccionaba, sólo miraba al suelo, temblando cada vez más.

 

 Victoria, que estaba cerca de ella, podía ver que estaba a punto de llorar. Se acercó y, sin tocarla, le habló.

 

—Por ahora, es mejor hacerles caso, sólo ve. No estarás sola.

 

Samantha la observó, como si creyera al principio que era una tonta por decir eso. Victoria notó como sus labios temblaban, pero luego, pudo ver un hilo de sangre correr por ellos. Los estaba mordiendo, estaba conteniendo todo su miedo.

 

La chica pelirroja alzó su mirada y luego se acercó al Entrenador Luz, posicionándose al lado derecho de él.

 

—Bien, eso es. No tienen de qué preocuparse por ahora. Si deben sentir pánico, será cuando estén en las batallas del torneo mientras tanto no deben temer nada.

 

«Es muy fácil decir eso, cuando no eres quien protagoniza todo», pensó Victoria.

 

—Siguiente. Filippo.

 

El chico de gafas lanzó un chillido, apretando sus brazos fuertemente.

 

Si Samantha estaba asustada, Filippo parecía a punto de desmayarse. Y por un instante estuvo cerca, cuando al momento de caminar se tambaleó. Tuvo que sujetarse a una chica de cabello rubio dorado.

 

Victoria la había visto de reojo, era parecida a los mellizos, pero con más brillo. Alta, de perfil delicado, con ojos azules encendidos. Su figura era delgada, sin caer en el extremo. Su cintura parecía hecha a medida para los vestidos de princesas. Eso era, en realidad: una princesa. No había visto nunca a una muchacha así en su vida.

 

La chica se apartó un poco, con expresión de fastidio en su rostro al ver que Filippo la tocaba. Tomó la mano que él usó para apoyarse y la alejó como si fuera un trapo sucio. Era hermosa, pero bastante despectiva.

 

—No toques, niñito.

 

Él la miró contrariado, en sus ojos se notaba la confusión de todo lo que pasaba alrededor. El pobre estaba completamente perdido. El chico calvo lo ayudó a apoyarse, para que pudiera llegar al lado del Entrenador Luz.

 

Él había observado toda la escena con pena.  Suspiró.

 

—Que grupo tan endeble… De acuerdo, siguiente. Hépíng.

 

El chico calvo que había ayudado al de anteojos se sobresaltó al escuchar su nombre, pero logró mantener la compostura. Se arregló su tela roja, la cual estaba arrastrando y se posicionó al lado de Filippo, quien lo miró ahogado en lágrimas. Intentó balbucear algo, pero no logró decir nada.

 

—Bien, ahora, Edel.

 

El siguiente fue el mellizo que había hablado antes en la recámara oscura. Su hermana se apretó contra él, para nada dispuesta a dejarlo ir. El chico también estaba muy sorprendido, pero intentó mostrarse duro, como lo había hecho Hépíng.

 

—No te preocupes hermana, estaremos juntos, vas a ver.

 

Sonrió, tratando de transmitir calma, pero su sonrisa estaba tan torcida por el miedo, que Victoria estaba segura de que su hermana lo regañaría por decir cosas de las que no estaba seguro. Pero no dijo nada, sólo lo miraba mientras se apretaba más a él.

 

—Vamos a estar bien, te lo prometo.

 

Y ahí, Edel mostró que estaba hablando en serio. Ya estaba decidido en cuanto a continuar. Estaba asustado, era obvio, pero había tomado una decisión. Adeline lo soltó mientras asentía. Él se alejó con paso firme, uniéndose al grupo de la luz.

 

Fue en ese momento que Victoria se dio cuenta de la posición en la que estaba. 

 

Eran cuatro chicos los escogidos por ahora, significaba que faltaba escoger a uno de ellos, para que fuera equitativo. El resto, era obvio que serían parte del grupo de la oscuridad. ¿Qué se decidiría?

 

Tragó saliva y sintió como el sudor comenzaba a correr su espalda. Fuera el grupo que fuera, en verdad, ¿cuál sería la mejor opción?

 

—Victoria.

 

Era su turno. Ella completaba el grupo de la luz. Su parte justa, aquella que la hacía comportarse con los valores de no mentir, no hacer daño, actuar como una señorita, le decía que era la opción correcta. Pero algo dentro de ella seguía diciéndole que, sólo tal vez, no estaba bien.

 

Apretó su celular con fuerza, deseando poder comunicarse con sus padres. Decirles que estaría bien, aunque ella misma no lo supiera. Quería hablar con su mejor amiga, Alice. Deseaba tantas cosas ahora, pero sólo le quedaba caminar.

 

Avanzó mientras los demás la observaban, para unirse a sus compañeros en el lado de la luz. Tratando de esquivar sus miradas, se topó con Edel. 

 

Aquella resolución se había desvanecido, y Victoria supo la razón. Él había hecho las mismas cuentas que ella: ya no había cupo para nadie más en el grupo de la luz.

 

Cuando llegó, se puso al lado de Samantha, intentando que la culpa no la agobiara.

 

—¡Roberto, Adeline, Arisha, Saidh y Belmiro! —exclamó el Entrenador Oscuridad—. Ustedes cinco vienen conmigo.

 

—¡No!

 

Edel se abalanzó para ir al lado de su hermana mientras ella estiraba sus brazos, esperándolo. Los dos se ahogaban en llanto, viendo que eran separados.

 

De pronto, un muro negro apareció frente al grupo de la luz, deteniendo el avance de Edel. Era un muro de masa oscura. 

 

Victoria no supo en qué momento, pero el ser morado había convocado ese muro sin ningún problema. 

 

El mellizo comenzó a golpear el muro con fuerza, sin ningún resultado.

 

—¡Adeline! ¡¿Me escuchas?! ¡Por favor, responde algo hermana!

 

Sus gritos y llanto sólo hacían que el corazón de Victoria se apretara más y más. Sintió como la culpa la embargaba, rodeándola como el abrazo de una anaconda. Aunque sabía que en realidad era algo que ellos no habían decidido, la culpa no la abandonaba.

 

El entrenador de su lado, sin decir nada, se acercó a él y lo alzó, como si fuera un simple objeto. Edel gritó de la impresión mientras golpeaba la espalda del ser anaranjado.

 

—Suélteme. Malditos sean ustedes y ese maldito monstruo de cabeza cuadrada. ¡Suélteme!

 

El entrenador no dijo nada, sólo miró a los demás y les hizo una seña con la cabeza para que se movieran.

 

—Vamos, es hora de que aprendan lo básico. No hay tiempo para los descansos.

 

Todos se dirigieron un par de miradas. Como les había dicho antes El Presentador, no tenían muchas opciones. 

 

Antes de irse, Victoria miró una vez más aquel muro de oscuridad que les bloqueaba el paso. ¿Era eso lo que les sería otorgado a cada uno de ellos, esa capacidad de crear cosas solidas? Sólo quedaba una forma de averiguarlo.

 

Avanzó, tratando de alcanzar a los demás.

 

 

Luego de atravesar por el nuevo pasillo, acompañados de los gritos y pataleos del mellizo, llegaron a un enorme salón, acondicionado como un gimnasio. 

 

Victoria observó que en el lugar predominaba el azul, en sus diferentes tonos. 

 

El suelo, por lo menos la parte más suave, era azul oscuro mientras las paredes eran de un azul más aguamarina. Al fondo, pudo ver varias pesas, de color lapislázuli. 

 

Estaba impresionada y pensó en lo interesante que era encontrar cosas muy humanas en otra dimensión. Lo más probable es que fuera acondicionado exactamente para eso.

 

El Entrenador Luz soltó a Edel en el centro del lugar, y acto seguido chasqueó los dedos. Una onda expansiva hizo que el chico fuera lanzado hacia atrás, golpeado por un pequeño destello. 

 

El entrenador se dirigió a los demás mientras el mellizo se retorcía al fondo.

 

—Ustedes son los elegidos para representar a la luz. Por ende, su atributo a manejar es esa misma energía. Al ser una fuerza creadora, pueden hacer lo que quieran con ella, mientras más aprendan a manejarla.

 

Victoria miró al fondo a Edel que se levantaba, con una mano apretando su lado izquierdo. 

 

De pronto, el entrenador dio otro chasquido y una jaula apareció, rodeando al chico. Este se abalanzó sobre los barrotes, intentando quebrarlos.

 

—Aprenderán a crear objetos completamente sólidos, los cuales, bien usados, podrán ser manejados en batalla. Usarlos es un poco desgastante, por la concentración que se necesita. En nuestro caso, la luz es un poco más complicada para usarla como algo sólido.

 

Otro chasquido y la jaula desapareció. Edel se mostró sorprendido, pero se abalanzó sobre el entrenador.

 

—Lo mejor es tratar de hacer cosas rápidas, que desaparezcan pronto, o algo que no necesite ser muy sólido para no desgastarse.

 

Agitó su mano, como espantando una mosca. 

 

En ese momento, Victoria vio unos pequeños destellos, como si al aire le hubieran puesto pequeños brillos, que luego sacudieron al mellizo, quien estaba a sólo unos pasos del entrenador, desviando la trayectoria de su golpe.

 

—Poco a poco, podrán usarla casi sin necesidad de pensar, pero, tal vez no lleguen a ese punto.

 

Asintió, como dando por terminada la lección. Y de inmediato se volteó para detener con su mano un golpe del chico.

 

—Por amor a la luz, ¿podrías quedarte quieto?

 

—¿A dónde se llevan a mi hermana? —le espetó.

 

—A enseñarle lo mismo que estoy tratando de enseñarles, pero si no te quedas quieto, dará igual.

 

—¡Quiero que me traigan a mi hermana!

 

—No pasará, ella fue escogida para el lado de la oscuridad, así que ahora deben mantenerse así hasta el final del torneo.

 

Las palabras del entrenador hicieron que Victoria reaccionara. Reunió fuerzas, y luego le habló.

 

—Disculpe… entrenador.

 

El gigante la observó, con rabia en su mirada. 

 

Ella por un momento estuvo a punto de abstenerse de preguntar, pero sabía que, si no era ahora, no volvería a tener la oportunidad.

 

—¿Cuándo acaba el torneo? Más exactamente, ¿qué decide que el torneo llegó a su fin?

 

El entrenador alejó al mellizo nuevamente, como si fuera nada. Estiró su mano y un cubo rodeó al chico, quien se puso a luchar contra él sin tregua.

 

—Es simple, o mueren todos, o llegan hasta la fase final del torneo.

 

Victoria abrió los ojos con sorpresa.

 

—¿Morir… todos?

 

Ella escuchó como Filippo comenzaba a llorar de nuevo mientras Samantha, Hépíng y Edel, estaban petrificados.

 

—Claro que sí. La única manera de librarse de esto es enfrentando las pruebas, que no son nada fáciles. Para eso estamos nosotros aquí, para enseñarles a sobrevivir. Pero al final, el ganador siempre es el grupo que debe quedar con al menos un integrante. Es la idea general.

 

—¿Cómo es eso de que es la idea? Traer gente a morir aquí daña el ciclo de resurrección que existe con el inicio y fin de la energía. Es inmiscuirse en el ciclo —protestó Hépíng.

 

El gigante naranja respiró hondo.

 

—Acá tenemos a otro amante de la reencarnación. Qué bien —dijo con sarcasmo mientras se rascaba la cabeza, exasperado—.  Mira niño, eso no existe. Mueres y te unes a la energía del universo, punto. La vida es una sola. Lo que haces acá, es parte del gran ciclo del que hablas, así que no digas comentarios absurdos.

 

El joven calvo quedó conmocionado ante tales palabras. 

 

Victoria sabía que lo habían golpeado en lo más profundo.

 

—Oye, eso no es nada amable —le reclamó al entrenador.

 

Este le devolvió la mirada, confundido.

 

—No estoy aquí para cuidar pequeños bebés de mami y papi. Mi trabajo es entrenarlos para sobrevivir a las pruebas, para que no mueran.

 

—¡Yo no quiero morir! —Filippo no pudo aguantarse más y comenzó a llorar con todas sus fuerzas.

 

Victoria se preguntó si algo estaba mal con ella. Claro que estaba aterrada, pero, por alguna razón, estaba más calmada de lo que esperaba. Por unos segundos compartió el pensamiento del Entrenador Luz: su grupo era endeble, para algo tan grande como el torneo. Se preguntó por qué los habían escogido.

 

Samantha se acercó a Filippo y, aunque estaba algo asustada, lo rodeo con sus brazos, tratando de calmarlo.

 

—Por todas las dimensiones… Dame fuerzas, o gran Rey.

 

El entrenador dio un chasquido y una gran silla apareció para que él se sentara. 

 

Victoria lo observó y luego él se encogió de hombros.

 

—Oye, yo sólo tengo que hacer un trabajo, si ustedes no ayudan, es su perdición. Eso ya no me corresponde a mí.

 

—Pues eres un pésimo entrenador.

 

De pronto, la silla desapareció con un estruendo, y el instructor de piedra se acercó al lado de ella, incluso el cubo en el que estaba encerrado Edel había desaparecido.

 

Victoria lo había hecho de nuevo, y tuvo que contenerse para no soltar un insulto en voz alta. «Una dama no dice malas palabras», repitió la voz de su madre en su cabeza. Debía mantenerse serena.

 

Sobre todo cuando una criatura naranja de más de dos metros de alto la observaba, con furia en sus ojos. Debía medir un poco sus palabras.

 

—¿Qué fue lo que dijiste?

 

Ella respiró hondo, debía tener cuidado.

 

—Tu trabajo es ayudarnos a mejorar con el manejo de algo que ni sabemos que podemos manejar. Al mismo tiempo, es tu trabajo que logremos sobrevivir, si no todos, al menos la mayoría. —Pudo escuchar a Filippo respirar con fuerza, nuevamente asustado, pero intentó que eso no la distrajera—. Pero sólo te quedas ahí, esperando que nosotros, unos simples niños, decidamos participar en un torneo que puede arrastrarnos a nuestra muerte…

 

Levantó la mirada y con todas sus fuerzas intentó imitar al chico de camisa esqueleto que le había hablado al Presentador. Cuando vio los ojos del entrenador, estuvo a punto de bajar la mirada, pero se contuvo.

 

—¿Sabes que sería capaz de causarles un dolor tan grande en el entrenamiento, que jamás volverían a ser los mismos de antes? —mencionó el Entrenador luz, haciendo énfasis en cada palabra.

 

—Sí, pero no lo harás. Porque esperas que ganemos. Entonces, debes encontrar alguna manera de motivarnos.

 

El entrenador no dijo nada, se limitó a observarla por lo que parecía una eternidad. La espalda de ella estaba empapada de sudor, aterrada por lo que estaba haciendo, pero al final, él se alejó.

 

—Parece que me vas a hacer entrenar como hace tanto no lo hacía. Muy bien.

 

Y con un aplauso, el suelo debajo de ellos retumbó, haciendo aparecer diferentes muñecos y objetos: espadas, mazos y escudos, junto con un par de trajes de varios colores.

 

—¡Que comience el entrenamiento, señorita Victoria!

 

El Entrenador Luz sonrió mientras ella maldecía para sí misma por no haberse contenido a tiempo.