Torneo dimensional de la luz y la oscuridad

Capítulo 2: Lo que yace en el interior

La señorita Ino Nishimura observaba furiosa a Victoria a través de sus gafas, como si estuviera a punto de despedazarla.

 

O al menos, eso sentía ella, con sus trece años, sentada en la oficina.

   

Su madre, Natsuki, estaba a su lado, sonriente y atenta a las quejas de la directora sobre su hija. Era la tercera vez en el mes que ella se metía en problemas con una estudiante. Algo imperdonable.

 

—Debo recordarle, señora… «Sanchesu» —dijo mientras se acomodaba las gafas—. Que es una actitud deplorable que una jovencita tan pequeña, presente esa clase de actitudes tan violentas, sobre todo con nuestro estatus. No podemos permitir que eso pase.

—La entiendo, señorita Nishimura, pero se pronuncia «Sánchez».

 

La directora Nishimura cambió su mirada asesina de Victoria a Natsuki. Su hija pudo sentir como aquel momento de valentía de su madre se perdía por completo.

   

—¿Disculpe?

—No, no, nada. Hablábamos de que tenía razón. No es la actitud que espero que tenga.

—Correcto. Eso es lo que creí escuchar.

 

Cambió su mirada, con un asentimiento triunfal, de Natsuki a Victoria. La pobre sentía como si la gravedad hubiera comenzado a aumentar y que el asiento se la iba a tragar bajo aquella mirada.

  

—Es necesario que siempre recuerdes, niña, que una dama no debe ser violenta.

 

Victoria asintió. Aunque en su interior rugía la intención de negarse, ella sólo se dedicó a asentir, para evitarle más problemas a su madre.

 

—Repite lo que te acabo de decir —ordenó la directora.

—Una dama no debe ser violenta.

—De nuevo.

—Una dama no debe ser violenta.

«Una dama no debe ser violenta».

«Una dama no debe ser violenta».

—Levanta más el brazo.

«Una dama no debe ser violenta».

—Vamos, intenta golpear al menos una vez.

«Una dama no debe ser violenta».

—Maldición, Victoria. Si me vas a exigir, ¡haz lo mismo contigo!

 

El golpe la trajo al presente. Fue enviada a volar por el Entrenador Luz. Los diferentes tonos de azul del salón dieron vuelta en su cabeza mientras era arrojada al otro lado del ring. Estaba confundida, pero ya recordaba bien dónde estaba.

 

El techo era azul cielo, e incluso, tenía la certeza de que había un par de nubes dibujadas en él.

 

Levantó el brazo, observando aquella vara que sostenía con fuerza. Recordó porqué había sido llamada aquella vez por la directora: golpeó a una compañera, por haberse burlado de su leve color canela en sus rasgos asiáticos. Siempre la ponía de los nervios que la molestaran por eso.

 

Y ahora, tenía en su cabeza aquellas palabras que tanto le inculcaron en aquella tarde. Tanto, que no era capaz de defenderse como era debido.

 

Observo unos rizos rojos aparecer, mirándola tirada en el suelo.

 

—Creo que deberías descansar —comentó Samantha.

 

Victoria se sentó, intentado ignorar el dolor que sentía en su espalda. Aunque tenían unos trajes de entrenamiento parecidos a los que usarían durante los eventos, aún no resistían ciertos golpes.

 

—Estoy bien, aún puedo continuar.

—¿Estás segura?

 

El Entrenador llegó al lado de ellas. Ya no tenía su armadura, ahora llevaba un traje apretado, resaltando sus músculos, pero dejando al descubierto su piel naranja tan brillante.

 

Victoria estaba segura de que así tenía que verse una persona con un tratamiento exagerado de bronceado.

 

—Nada de descansos, acabamos de comenzar el día de hoy y mañana ya deben estar preparados para manejar lo básico de la luz. Si no, estarán perdidos.

 

Seguía siendo bastante extraño que pudieran entenderlo, sabiendo que era un ser de otra dimensión. Y más cuando todos venían de diferentes lugares del mundo. El entrenador se los había explicado al día siguiente de su llegada.

 

—En este lugar, ya que deben tener una mayor conexión con las energías de la luz y la oscuridad, todos están conectados. De esta manera, no importa qué idioma hablen, siempre podrán entenderse, de la misma manera que me entienden a mí, o al Presentador.

 

Victoria decidió probar aquello, y se encontró con que era cierto. Habló con Samantha un par de frases en japonés y otras en español. Samantha logró entenderla sin ningún problema.

 

Ahora, las dos chicas se miraron, para luego soltar un suspiro al unísono.

 

Las palabras que Victoria le había dicho al entrenador el primer día lo habían motivado de sobremanera. Ahora, consideraba muy pocos descansos, al menos a la mayoría. El único que tenía permiso de tomarse un descanso había sido Filippo, quien se desmayó durante el primer entrenamiento: una vuelta al ring.

 

Había caído luego de media vuelta.

 

Los demás, tenían que seguir un proceso estricto en el manejo de armas y de escudos.

 

—Por ahora, es lo básico que necesitarán para defenderse y atacar. El resto vendrá con más entrenamiento, pero esto servirá.

 

Así que, entre un ejercicio exhaustivo, el entrenador los ponía a luchar contra él, uno a uno. Hasta el momento, ninguno había ganado.

 

Sólo tenían tres días de entrenamiento y ya llevaban dos.

 

Edel se había adaptado bastante bien. Al parecer, era un joven demasiado entregado al deporte. Y luego de pelear con el entrenador para poder ver una vez a su hermana (y haber perdido) se decidió a entrenar más arduamente.

 

Hépíng se negaba a hacer parte de los enfrentamientos individuales, pero se entregaba al ejercicio como nunca. Según lo que les dijo la primera noche, luego de comentarles que venía de china y de un monasterio budista, fue que en su entrenamiento el proceso físico era importante, pero la lucha era lo menos, y no estaba dispuesto a renunciar a sus ideales.

 

Para sorpresa de todos, la que mejor se había adaptado era Samantha. Durante el primer entrenamiento individual, el Entrenador Luz la mandó a volar sin perdón, para luego tratarla de débil. Al momento, ella volvió blandiendo su vara como una total experta.

 

Victoria tenía un avance lento, pero seguro. O al menos, trataba de verlo así. Sabía que aquellas palabras la tenían atada como grilletes, lo había reconocido luego del primer día. Pero aún era difícil para ella tratar de defenderse y de atacar sin un motivo muy claro.

 

Y Filippo… seguía intentándolo.

 

Aunque fuera un griego heredero del nombre de un rey muy conocido por su poder, él era todo lo contrario. Se negaba a participar de la violencia, y eso estaba a punto de llevar al borde de la desesperación al entrenador.

 

Entonces, con dos que no querían participar en los entrenamientos individuales, a los otros tres los ponía a entrenar por partida doble. Algo que a veces era doloroso.

 

—Ya déjala, Samantha. Quiero que acaben pronto para que yo pueda vencer a este maldito gordo y que me deje ver a mi hermana  —exclamó Edel desde el borde del ring.

—Te voy a partir la cabeza, maldito mocoso. ¿A quién llamas gordo?

 

Victoria le sonrió a Samantha, tratando de mostrarse fuerte. Ella no le correspondió la sonrisa, pero la dejó levantarse.

 

—No tienes que esforzarte tanto.

—La verdad es que sí, tengo que hacerlo. Yo lo sé.

 

Estaban obligados a entregarse a esa locura de entrenamiento, como lo haría cualquier adulto. Pero ellos eran sólo jóvenes de quince a dieciséis años, atrapados en un lugar completamente desconocido para ellos.  Y no tenían más opción.

 

Debían luchar. Si de esa manera, lograban escapar.

 

Victoria se acercó al centro, donde el Entrenador Luz la esperaba. Aun sin nada de protección, ninguno le había podido dar algún golpe.

 

Se preparó, levantando su escudo de madera y su vara, la cual usaba como una especie de espada. Era terrible su posición, dejando puntos de ataque a la vista del enemigo. El entrenador se lo había recalcado, pero ella los había corregido muy poco. Aun así, lo intentaba.

 

El entrenador se preparó, tomando su vara con fuerza entre las dos manos, en posición de ataque.

 

—Recuerda, la única manera que tienes para poder darme al menos un golpe, es usando la luz.

—Lo sé.

 

Victoria cerró los ojos, concentrándose en sentir aquella energía de la que tanto hablaban. Ninguno lo había podido conseguir, lo cual sería la perdición del equipo completo si no lograban un avance para ese día.

 

Respiró hondo, despejando su mente. Sólo concentrada en su respiración, su arma y su escudo. La voz del entrenador la envolvió, tratando de guiarla.

 

—Siente la luz en el aire que toca tu piel. Siente como entra en tu respiración, siente como fluye a través de tu cuerpo y termina llegando a tus manos, donde envuelve tu vara. Siente como esa energía está en todos lados. Siéntela con tu propia energía, la que emana tu cuerpo. Como las dos están en resonancia y en armonía. Siéntela ser una contigo, no la rechaces, es el primer error. Abrázala, dale la bienvenida, y ella te permitirá usarla como quieras. Tú no eres su maestra, tú eres su compañera, y ella te da el permiso de usarla. Sólo déjala llegar a ti, deja que la luz llene tu ser.

 

Victoria intentó despejar su mente, las palabras de la directora Ino resonaban en su mente más que la voz del entrenador. Pero de pronto sintió algo, algo que se hacía notar por encima del sonido de las voces. Luego, tomó forma, dejando a un lado todo, y apareciendo como un brillo que le daba calor. El calor del abrazo de una madre luego de un día de invierno, o el beso en la frente que da un padre, cuando se despide en las noches.

 

Victoria dejó que aquel sentimiento la envolviera, apretó su vara y atacó.

   … 

 

Desde su pequeña parte especial al borde de esa dimensión, El Presentador observaba como llegaban los seres de otras dimensiones, para darles la bienvenida a criaturas que viajaban interdimencionalmente.

 

Todo se preparaba para darles el saludo especial por el comienzo del torneo. La cantidad de seres que se congregaban era abismal conforme el tiempo pasaba.

 

Recordó las primeras épocas en las que apenas eran unos cuantos los que eran capaces de ir entre dimensiones y como, con el tiempo, fueron llegando más y más. Criaturas que lograron elevarse hasta el punto de poder conectarse con todo el universo.

 

El trabajo aumentaba, pero eso no importaba.

 

Asintió, satisfecho. Los preparativos estaban completos y debía encargarse de ultimar las cosas para el primer evento del torneo. Se alejó mientras el ruido de todos aquellos seres retumbaba por el lugar.

 

La Dimensión entre Dimensiones era la ciudad que se había adaptado para albergar a una cantidad de seres a través del tiempo.

 

Diferentes lugares como hoteles, restaurantes, otros sitios de entretenimiento… Todo para mantener a gusto a aquellos que podían llegar. Todos esos edificios eran multicolores, con diferentes anuncios.

 

Aunque se había encargado de la construcción de todo para mantener a aquellos invitados, eso nunca le agradó. A pesar de que tenía que encargarse de tener a todos contentos, para él, lo único que en verdad debía ser el centro de todo era el torneo.

 

Y para hacer notar ese ideal, al fondo, se encontraba el coliseo.

 

Lo observó con amor, a lo lejos. Un lugar blanco brillante, circular, enorme. Tan grande que, si aquella dimensión en verdad no fuera tan sólo una pequeña ciudad, podría verse por su enormidad a una gran distancia. Aunque no pudiera distinguirse por su forma, lo haría por su brillo. Tenía pequeños hilos que se agitaban con el viento, hilos que, al momento de los eventos, se acomodaban en el centro del coliseo, para usarse como cámaras y luces.

 

Estaba orgulloso de esa construcción, pues a fin de cuentas, cuando el torneo se expandió él la había armado con sus propias manos. Era su pequeño bebé.

 

Con paso rápido se alejó, como si flotara, pasando entre toda la multitud. Algunos lo saludaron, reconociéndolo de viejas reuniones. No tuvo tiempo de saludarlos a todos, debía apurarse a terminar todo para el día siguiente.

 

Llegó a una enorme construcción hecha de hilos entretejidos, que ascendían hasta el cielo, como si fueran un tornado. Era la cámara de Los Guardianes, lugar donde se encontraban sus hermanos.

 

Al acercarse, la construcción extendió sus hilos, mostrando lo que era la entrada.

 

En ese lugar no se encontraba nada más que los dos observadores, enfundados en sus capuchas de color negro. Manos blancas, casi transparentes, se encargaban de manejar infinidad de pantallas, las cuales mostraban un montón de diagramas y datos. Cada pantalla estaba conectada a un hilo, de los tantos que ascendían por aquella construcción. Eran las únicas fuentes de luz, y era entendible, con tantas pantallas, no se necesitaba nada más.

 

Sus hermanos se encargaban de velar por la seguridad y el equilibrio de las energías en las diferentes dimensiones. Desde que fueron creados, jamás salieron de ese lugar.

 

Para El Presentador, era agobiante no poder mantenerse en movimiento, poder sentir que tenía tantas posibilidades como él decidiera. Les tenía lástima.

 

Los dos guardianes le dirigieron la mirada. Ojos rojos se encendieron al fondo de sus capuchas, expectantes.

 

—¿Qué quieres? —preguntaron al unísono.

 

El Presentador levantó las manos, en señal de paz.

 

—Vamos, no nos vemos muy seguido, sino hasta que ocurre un torneo. Saludar a su hermano mayor no les hace daño.

—Eres nuestro hermano mayor…

—… por tan sólo un par de segundos.

 

Los dos hablaban de esa manera: al tiempo y terminando las oraciones del otro. Era tan extraño que aun luego de miles de años, El Presentador no se acostumbraba.

 

—Puede ser, pero eso me hace el hermano mayor. Ahora, necesito el favor que les pedí cuando comencé a organizar el torneo.

—Hablas de la posibilidad de llevar a los competidores a otra dimensión...

—…lo cual podría afectar todo el equilibrio de una dimensión.

 

Las esquinas de la cabeza del Presentador se hicieron hacia atrás mientras inclinaba un poco su cuerpo también en esa dirección.

 

—Ay, pero no será tanto tiempo. Es sólo buscar un punto en específico, que no afectará nada. Por favor, sé que existe, mas no sé dónde está.

 

Los dos guardianes guardaron silencio, observándose el uno al otro.

 

—Miren, es sólo por una vez. No va a pasar nada, ustedes se encargarán de vigilar y de estar pendientes de que nada sea alterado.

 

El silencio seguía manteniéndose.

 

Detestaba esta parte, y varias veces ya había hablado con el Rey Dimensional para intentar tomar control de esa información para el torneo, pero era constantemente negado. Rogar y rogar, era deplorable.

 

Los Guardianes agitaron las manos, rebuscando entre tantas pantallas, moviendo los hilos. El Presentador sonrió, esta vez había tomado menos tiempo.

 

—Vigilaremos cada movimiento…

—… y cada paso que los competidores den.

 

Se quedaron observándolo antes de continuar hablando.

 

—Si vemos algo mal, los devolveremos a este lugar.

 

El Presentador asintió. Aceptar aquellas condiciones era lo de menos. Sabía que si no lo hacía, todo su plan para el torneo sería desorganizado por completo. Y eso era lo que menos quería. Perder un poco de orgullo no representaba ningún problema.

 

La pantalla que se acercó mostraba un mapa. La tomó entre sus delgados dedos, manejándola con completa confianza. Observando cada rincón, cada pequeño relieve, cada detalle; reconociendo el terreno para darse una idea completa de cómo organizarlo.

 

De pronto, encontró lo que buscaba. En su extraña cara se dibujó una sonrisa, eso era de lo que tanto le habían hablado. Estaba emocionado, como siempre que organizaba algo y que salía como él esperaba.

 

Devolvió la pantalla a sus hermanos, quienes la tomaron con suma delicadeza, para luego devolverla a las demás pantallas flotando en la habitación.

 

—Necesito trasladar a unos cuantos de los Hombres Hilos a ese lugar para organizar cámaras y otras sorpresas. ¿Podrían hacer eso?

 

Los Guardianes asintieron.

 

—Perfecto. No olviden estar al pendiente del evento. Estará lleno de emoción, como siempre.

 

Y sin más, se alejó del lugar.

 

Al salir, observó de nuevo a su hermoso bebé, imponiéndose sobre todo lo demás.

 

Era su marca entre todo ese desorden, la marca que estaría siempre por encima de todo lo demás. El universo avanzaría, infinidad de criaturas nacerían y morirían, pero él y su hermoso coliseo seguirían presentes, como debía ser.

 

Y ahora, tenía que organizar un nuevo torneo para mantener ese equilibrio del que tan orgulloso estaba. Esperaba que los jóvenes estuvieran listos, y si no, pues…

 

Se encogió de hombros, eso ya no le correspondía a él. Eso lo decidiría el torneo cuando comenzara.

   …

 

Apretaba.

 

Apretaba demasiado para su gusto.

 

La armadura que tenía que usar para el torneo era de un material irreconocible. Duro, protector, pero que, al mismo tiempo, y por alguna razón, se adaptaba demasiado al cuerpo, cubriéndolo por completo. Pero incluso así, Victoria sentía que apretaba mucho.

 

Se miró en el espejo, extrañada de ver a aquella chica, que tenía su rostro, enfundada en un traje brillante de color violeta. No tenía símbolos grabados en ella, como los del Entrenador Luz. Era la primera vez que era usada.

 

Era divina, pero al mismo tiempo, una armadura hecha para un enfrentamiento a muerte.

 

Había llegado el día que tantos nervios le causaba: el primer evento del torneo.

 

Antes de llegar a la sala para cambiarse, no pudo evitar vomitar. Su estómago se agitaba de manera salvaje, sintiendo como la ansiedad lo recorría y le causaba apretones.

 

Y para colmo de males, no había podido aprender a convocar la luz.

 

Por un momento, el día anterior, estuvo cerca de sentir como la energía la llenaba, pero al final, no pudo hacer nada y el entrenador detuvo su ataque sin dificultad. Estaba frustrada.

 

Sobre todo porque Edel sí pudo.

 

Había convocado una lanza al momento de atacar, usando todas sus fuerzas. El ataque tomó por sorpresa al entrenador, que a duras penas tuvo tiempo para esquivarlo, dejándole una pequeña marca en la mejilla. Este respondió con una sonrisa, orgulloso de ver a uno de ellos convocando la luz.

 

Edel estaba que estallaba de la dicha. Y como recompensa, el entrenador dijo que trataría de organizar algo para que él y su hermana pudieran verse antes del torneo.

 

Mientras salían del ring de entrenamiento, el mellizo se dirigió a Victoria con una sonrisa petulante.

 

—Cuando quieras puedo darte un par de lecciones.

 

Y luego se alejó, triunfante.

 

Ella estuvo a punto de darle un golpe en la cabeza con la vara que sostenía. En ese momento, aquellas palabras que le impedían luchar como era debido desaparecieron por completo y supo lo que tenía que hacer.

 

Respiró hondo, apretando sus manos mientras enfocaba el sentimiento de rabia que había sentido en aquella ocasión. Tratando de recordar si ese mismo sentimiento era el que la metía en tantos problemas en la escuela.

 

Aunque las sensaciones que había sentido en el primer momento eran tan bellas, no ayudaban a llenarla por completo con un motivo para luchar. Así que, tenía que encontrar algo más para poder moverse. Si no, sería la primera en morir.

 

Canalizó su rabia, todo lo que sentía al verse alejada de sus padres. El sentimiento de estar atrapada, atada de manos. La cara sonriente del Presentador, dándoles la bienvenida.

 

Abrió los ojos, y pudo sentirla, llenándola. Abrió las manos y una pequeña chispa se encendió.

 

La puerta del camerino se abrió y el entrenador se asomó.

 

—El resto está listo, así que vamos.

 

Ella asintió, estaba preparada.

 

Salió al pasillo de blanco pulcro, donde estaban los demás con sus armaduras. Edel estaba contento con su armadura de color rojo, exhibiendo su brillo. Samantha sólo ponía cara de aburrida mientras acomodaba su rojo cabello, que combinaba con el naranja de su armadura. Filippo parecía un pobre niño al que le habían regalado la ropa, con su armadura azul, que por alguna razón no se acomodaba a su figura mientras Hépíng intentaba equilibrarlo, para que no se cayera. Se veía como un dios, reluciente en su armadura amarilla.

 

Victoria los vio y sonrió. Eran un grupo desastroso y posiblemente morirían, lo sabía, pero se dio ese pequeño momento para sonreír. Tenían que intentarlo.

 

El entrenador los juntó en un pequeño semicírculo. Él llevaba su armadura, como si también fuera a entrar al campo de batalla. Se paró frente a ellos, con sus manos atrás, listo para dar una orden cual general militar. Y habló.

 

—Esta es la primera prueba. Es la que les mostrará de qué está hecho el torneo y todo para lo deben prepararse. No voy a negar que el tiempo que tuvieron fue muy corto, pero espero haberles enseñado bien.

 

Dio un chasquido, y unas barras de acero, o al menos de eso parecían, se mostraron frente a ellos, cada una con el color de las armaduras. Todos las tomaron, sorprendidos con su brillo. Victoria notó que eran de lo mismo que las armaduras. Duro, pero liviano. Se preguntó si en realidad eran materiales de algún lugar o sólo cosas formadas con las energías.

 

—Como no todos han sido capaces de invocar la luz, esto los protegerá, al menos un poco. El resto, corresponde a ustedes intentarlo antes de perder la vida.

 

Un estruendo de trompetas los sacudió. Era la hora. El entrenador suspiró.

 

—Bueno. Será lo que la luz decida.

 

Se alejó, sin decir nada más. Ahora les tocaba a ellos avanzar hacia su destino inminente.

 

—Entonces, ¿quién está preparado para morir? —comentó Victoria, tratando de simular una sonrisa.

 

Todos los demás la miraron sorprendidos. Cerró los ojos, apenada. Otra vez hablaba sin darse cuenta. Ni en el camino a morir podía controlar eso. O tal vez, fuera eso mismo. Pero alguien se atrevió a responder.

 

—No vamos a morir. Vamos a demostrarle a ese estúpido «cara cuadrada» que por algo estamos aquí.

 

Edel se adelantó, con su brazo en alto. Llevando la delantera hacia una supuesta gloria. Samantha suspiró.

 

—Ya empezó —comentó con sarcasmo.

 

El mellizo no le hizo caso y avanzó. Hépíng sólo los observó, sonriendo y encogiéndose de hombros. Victoria adivinó que estaba esperando su reencarnación, aunque el entrenador le hubiera dicho lo contrario.

 

Ella avanzó, con Samantha a su lado, cuando se percató de algo. Filippo se había quedado atrás, temblando.

 

—Yo no quiero ni lo uno ni lo otro, yo sólo quiero estar tranquilo.

—Filippo… —comenzó Victoria.

—No. Yo lo he dicho, lo he demostrado. No sirvo para esto, no quiero esto. No me gusta arriesgarme a peleas innecesarias.

—Y aun así, acá estás atrapado igual que todos. Y si no haces algo, seguirás atrapado aquí —dijo Samantha.

 

Intentaba cambiar su actitud tan terriblemente tímida, pero aún podía notarse que tenía sudor en la frente. Estaba aterrada.

 

Victoria los observó a los dos, viendo como esos pobres niños eran iguales, pero uno intentaba ocultar su miedo mientras otro no tenía reparo en decirlo. Eran valientes, en cierta forma.

 

Puso una mano sobre el hombro de Samantha, y luego le sonrió a Filippo.

 

—No estás solo. Todos tenemos miedo de lo mismo, pero debemos tratar de sobreponernos a eso. Di que tienes miedo todo lo que quieras, pero debes encontrar la manera de seguir adelante.

 

Y con un movimiento de cabeza, le indicó a Samantha que se fueran, dejando al pobre de Filippo ahí. Si sus palabras llegaban a tocarlo, iría tras ellas. Si no, serían cuatro contra cinco.

 

Llegaron a la puerta, y los sonidos del lugar los abrumaron.

 

Millones de seres, unos más deformes y extraños que los otros, se encontraban rodeándolos. Victoria no pudo evitar abrir la boca de asombro.

 

El coliseo era enorme y había muchos de esos seres de otras dimensiones. Su pregunta de por qué no habían encontrado a nadie fue respondida. Todos ellos estaban como espectadores, esperando que el torneo diera inicio.

 

Notó un pequeño punto a lo lejos. Tuvo que apretar sus ojos para enfocar. Era el otro grupo: el grupo de la oscuridad. La distancia entre cada puerta era abismal. Podía intuir que sería de al menos dos canchas de futbol.

 

Observó las gradas, sin poder distinguir un sólo ser que fuera al menos de fantasía. Todos eran completamente extraños.  Había seres redondos que se componían de sólo ojos. Otros eran seres delgados, altos, grises y casi aterradores, con un pequeño hilo rojo colgando de su cara, si eso era una cara.

 

Siguió observando a todos y cada uno, algunos hermosos, como espíritus de paz, con alas que los cubrían, y otros que nunca desearía ver ni en sus peores pesadillas, con caras tan deformes que ni un pintor abstracto hubiera imaginado tal aberración.

 

Se dio cuenta de que las gradas también eran enormes, y en cada extremo, se encontraba una pantalla.

 

Luego notó con qué los estaban grabando: látigos. Látigos blancos que también los enfocaban, algunos con ojos negros, las que deberían ser las cámaras, moviéndose como pequeños gusanos en el aire mientras otros eran las luces, iluminándolos para el público.

 

—Dios, esto es… enorme. —Victoria se sobresaltó al escuchar a Filippo hablar a su lado. Al final, parecía haberlo convencido.

—Por favor, a la próxima, tose o algo.

 

Él la miró confundida, y ella no dijo nada más. Sólo avanzó. Los demás salieron de su asombro y se acercaron al centro.

 

Las exclamaciones del público aumentaron mientras se acercaban al centro. Pudo ver cómo venían vestidos los chicos del lado oscuro, con armaduras iguales a las de ellos. Reconoció a la hermana de Edel, quien parecía estar limpiándose las lágrimas del encuentro con su hermano. Llevaba una armadura de color rosa, demasiado rosa. Al lado de ella, iba lo que sería un ángel traído del cielo, si no fuera por su actitud tan prepotente. La chica que había tratado de manera despectiva a Filippo era incluso más hermosa de lo que Victoria recordaba, con su cabello rubio cayéndole en cámara lenta, con delicadeza, sobre su armadura blanca, igual de brillante que ella. Sonrió hacia los seres de las gradas, saludándolos. Era hermoso, pero a la vez, aterrador.

 

Al lado suyo, desentonando por completo, iba uno de los chicos de mirada aterradora. Enfundado en un traje negro absoluto, parecía haberse entregado demasiado a la idea del grupo de la oscuridad. Al otro lado estaba el chico que había hablado con El Presentador. Belmiro, recordaba Victoria. Llevaba una armadura verde esmeralda, pero seguía con la misma mala cara. A su lado, estaba el chico que había tratado de calmar a Samantha cuando llegaron. Según lo que le dijo esta, se llamaba Roberto; usaba una armadura marrón.

 

Todos llegaron al centro y se quedaron mirándose. Habían llegado a ese lugar, pero seguían siendo completos extraños. Era una sensación incómoda.

 

Varios de los látigos de luz se alejaron, enfocando a un palco, adornado de diferentes hilos de infinidad de colores. Allí, un hombre, el primer humano que veían desde que llegaron a ese lugar, se asomó. Tenía una corona singular. Parecía tejida por los mismos hilos que colgaban del palco, sólo que le daban más forma, cubriéndole su cabeza.

 

Alzó sus manos, y el ruido se detuvo. Todo el mundo calló. Después, observó a los jóvenes, sonriendo, para luego comenzar a hablar.

 

—Yo, el Rey Dimensional, les doy la bienvenida al primer evento de nuestro gran torneo.

 

El ruido volvió con más fuerza. Victoria tragó saliva.

 

Ahora comenzaba lo más duro.