Torneo dimensional de la luz y la oscuridad

Capítulo 3: Sobrevivir

Era curioso pensar que aquello tan normal, en realidad se sintiera más extraño todavía.

 

Victoria no se había dado cuenta de lo mucho que se había acostumbrado a estar rodeados de criaturas extrañas.

 

Ahora, un ser humano, adornado con tan peculiar corona, desentonaba en aquel entorno.

 

Esperaba ver un ser de miles de ojos, o miles de brazos, o miles de cosas más. Pero no, en su lugar, se encontraba un simple humano.

 

El Rey dimensional saludó a todos sus súbditos mientras el palco en donde se hallaba se separaba del resto de las gradas y flotaba sobre sus cabezas.

 

Victoria pudo darse cuenta de que El Presentador se acomodaba al lado de él, apareciendo de la nada.

 

Los gritos de aplauso de la gente no paraban mientras el Rey comenzaba a hablar.

 

—Han pasado quinientos años desde el último torneo que se disputó entre humanos, y ahora, los tenemos acá de vuelta. Las criaturas de la dimensión 9356 van a decidir nuevamente qué camino tomar para toda su dimensión. Esperemos que la gran mayoría logre sobrevivir.

 

La gente aplaudió y el Rey se inclinó levemente, agradeciendo a los demás.

 

Victoria notó la respiración agitada de Filippo y también que Samantha se removía incómoda.

 

No importaba lo que les tuvieran preparados, ella quería que llegara ya. No sólo ella, sino todos y cada uno de los demás. Esa espera era agotadora.

 

El Rey terminó de dar su discurso, al que Victoria no prestó atención mientras el palco volvía a su posición.

 

—… y todo esto llevara a que el equilibrio, como ha pasado desde el inicio de los tiempos, siga como debe ser. Ahora, El Presentador hablará con nuestros queridos humanos para indicarles lo que deben hacer.

 

El Presentador asintió, dejando caer su cabeza cuadrada en una larga inclinación.

 

Victoria pensó en si el aire le haría más difícil hacer esa clase de acciones.

 

De pronto, lo tuvo frente de ella. Sin darse cuenta cómo ni cuándo, él ya se encontraba en la arena. Filippo se agarró con fuerza a su brazo mientras temblaba. Victoria intentó mantener la calma, pero tampoco podía sentirse segura.

 

No cuando él se mostraba frente a ellos.

 

La delgada línea que formaba la boca en aquella cabeza plana se mostró levemente mientras comenzaba a hablar y expresarse con sus brazos.

 

—Hoy tendrán el primer evento —dijo El Presentador—. Serán enviados a una búsqueda del tesoro, donde tendrán que encontrar el huevo de una criatura bastante peculiar, incluso para nosotros.

 

Los gritos del público callaron, y Victoria pudo notar como los susurros tomaban el lugar. Si unos seres que no tenían una forma que fuera lógica tenían miedo a esta susodicha criatura peculiar de otra dimensión, sólo podían esperar lo peor.

 

—Estarán solos, y nosotros no iremos en el rescate de nadie. El primer grupo que encuentre el huevo, ganará. Simple y sencillo, ¿no les parece?

 

Nadie respondió.

 

El Presentador se mostró irritado ante esa reacción, pero sólo lo demostró con un pequeño gesto de su boca.

 

—De acuerdo, parece que todo ha quedado claro. Entonces, que comience el evento.

 

Victoria notó como Samantha la tomaba de su mano izquierda, haciendo que se sobresaltara. Esa mano era suave, sin ninguna imperfección, cálida. La impresión hizo que el apretón que le dio Filippo a su brazo derecho perdiera sentido, y además, que el chasquido del Presentador se escuchara lejano.

 

De un momento a otro ya no se encontraban en la arena.

 

Estaban una tierra árida, con pequeñas montañas de rocas rodeándolos. En lo alto no se encontraba ningún sol, sólo nubes grises y un cielo color cobre, que era más lúgubre todavía.

 

Victoria pudo sentir que el peligro crecía a cada segundo que pasaba.

 

Los dos grupos habían sido transportados a otra dimensión, en busca de una criatura que seres dimensionales temían.

 

Victoria se maldijo por las palabras que había dicho antes de salir, porque la idea de morir estaba más cerca que nunca.

 

Uno de los chicos del otro grupo, el muchacho moreno con la armadura negra, golpeó una roca, rompiéndola en pedazos. Observaba al cielo, atento, esperando que algo apareciera.

 

—Juro que mataré a ese imbécil cuando volvamos.

 

Aunque absurdo, al menos eso los sacó de la impresión.

 

Victoria no se había dado cuenta de lo fuerte que apretaba las manos con Samantha y, cuando las dos lo notaron, se soltaron de inmediato.

 

—No era mi intención… —comenzó Samantha.

—No, no te preocupes, es entendible.

 

Victoria no sabía si su sonrisa era capaz de disimular lo nerviosa que se había puesto. Aunque el peso que sentía al otro lado logró hacer que cambiara la conversación.

 

—Filippo, por favor, ya suéltame.

 

El joven de gafas seguía agarrado a su brazo como si su vida dependiera de eso. Aunque, tal vez así fuera, pero ella no sería quien lo salvaría.

 

—No creo que sea seguro separarnos.

—Pero tampoco sirve que me tengas agarrada del brazo a la hora de huir.

 

Filippo meditó las palabras de Victoria, para luego soltarla lentamente. Ella observó como los del otro grupo hablaban entre ellos, menos con el de armadura negra, él seguía observando el cielo. Edel y su hermana se acercaron el uno al otro, preguntándose cómo estaban.

 

Cuando se dio cuenta, aquel chico de la armadura negra se subió a una pequeña roca, para poder observar el lugar. Parecía estar atento a algo.

 

Victoria alzó la mirada al cielo, pero no vio nada.

 

—¿Qué buscas? —le preguntó ella, pero no obtuvo respuesta.

 

Al parecer, no le interesaba entablar charla, ni para salvar su vida.

 

De pronto, Victoria notó algo en el cielo, como una sombra, pero pasó tan rápido que incluso dudó de si lo había visto. Pero el muchacho no. Hizo un movimiento con su mano izquierda y un arma apreció en su mano. Un arma como las que cargan todos los héroes de acción o la policía en las películas, sólo que esta era completamente negra.

 

—¡Atentos! —exclamó, y su grupo dejó de hablar.

 

Todos prestaban atención.

 

Algo se movía en las nubes.

 

Victoria vio que no era sólo una, sino más sombras, casi imperceptibles. Héping llegó junto a ella, Samantha y Filippo también, sosteniendo en alto la vara que el Entrenador Luz les dio para defenderse. Victoria la recordó y también la sacó. Samantha preparó la suya mientras Edel, cubriendo a su hermana, sacaba a relucir una espada de pura luz.

 

El chico de negro volteó a verlo de inmediato.

 

—Apaga esa porquería.

—¿Por qué? De alguna manera tendremos que defendernos —le respondió Edel, con evidente enojo.

—Niño tonto, es exactamente por eso que debes apagarla.

—¿Pero a qué te refieres?

 

Y sin previo aviso, una sombra negra pasó y se llevó a los mellizos. Lo último que los demás escucharon fue como Adeline gritaba mientras desaparecían detrás de ellos. No pudieron hacer nada.

 

El chico de armadura negra maldijo, y luego comenzó a alejarse.

 

—¡Oye! —lo llamó aquella chica de blanco perfecto—. Agh… estos pueblerinos, siempre haciendo las cosas por sí solos.

—Si no sabes de qué hablas, calla esa boquita de niña delicada —le espetó Belmiro, alistando también una varilla verde, como su armadura.

—Una boquita que al menos…

 

No pudo terminar su frase, pues otra sombra llegó y se la llevó.

 

Todos se pusieron en defensa de inmediato. La idea de los bandos no era algo que estuviera arraigado en ellos al momento en que llegaron, y ahora no interesaba. Sólo era necesario defenderse.

 

Victoria sostenía su vara lo mejor que recordaba, tratando de hacer que aquellos tres días de entrenamiento sirvieran de algo.

 

Todos ponían espalda contra espalda, atentos a cualquier ruido.

 

Intentó concentrarse, tanto en el sonido como en aquella ira que la invadió antes de salir a la arena. Pero ahora no había ira, sino miedo. Un miedo absoluto a lo desconocido. Sólo quedaba hacer lo mejor para defenderse.

 

Las sombras pasaban con rapidez sobre ellos, como si jugaran entre ellas, esperando a poder tomarlos por sorpresa. Era más aterrador de lo que esperaban. Nadie se atrevió a moverse, hasta que, al fin, decidieron atacar.

 

Varias sombras cayeron en picado, dispuestas a llevarse más presas. Los chicos del lado oscuro estaban listos, con sus varas cubiertas de energía oscura. Aun así, sus movimientos eran torpes, como si estuvieran espantando pequeñas aves.

 

Pero estas no eran pequeñas aves, eran seres tan altos como un humano, aunque eran más parecidos a demonios. Su piel estaba hecha jirones, como si se estuviera cayendo luego de una quemadura. Su color era del mismo que el cielo, lo que explicaba por qué era difícil verlas mientras se movían por el aire.

 

Y aquello que usaban para volar, eran alas de piel. Las alas que sólo habían visto en dibujos sobre demonios, o lo que serían alas de murciélagos. No tenían ojos, y sólo una boca llena de dientes y un par de orificios nasales adornaban su rostro, junto con orejas enormes, del tamaño de las manos de los muchachos.

 

Eran seres horribles, y los chicos no podían hacer nada. Sin que se dieran cuenta, se los llevaron uno por uno. No importaba cuánto agitaran sus varas, aquellas bestias no se amedrentaban, y volvían al ataque con más furia.

 

En un momento, una de aquellas criaturas se abalanzó sobre Filippo, quien estaba en el centro de aquel círculo improvisado. Samantha se lanzó a defenderlo, pero otra criatura la alzó antes de que pudiera llegar a él.

 

Victoria intentó salvar a alguno de sus amigos, pero otra criatura se interpuso en su camino.

 

Nadie pudo darse cuenta de que ella estaba enfrentándose a ese monstruo, porque estaban ocupados tratando de sobrevivir entre ellos. Nadie vino en su ayuda.

 

Lanzó un golpe para detener la mano huesuda de aquella criatura, pero esta pareció resistir el golpe. Sin inmutarse, tomó la vara de Victoria, y la lanzó lejos. No podía hacer nada más.

 

Se abalanzó sobre ella, y con sus horribles zarpas, la agarró del cuello, elevándola en el cielo.

 

Victoria había sido separada del grupo, y llevada a quién sabe dónde.

 

El Presentador observaba todo lo que pasaba en la gran pantalla que estaba en la parte alta del coliseo, lugar donde todos los presentes observaban el evento. En el palco se encontraban el Rey, un par de doncellas, encargadas de servirles en todo lo que pidieran, y él. Por el momento, no sentía hambre, su mente estaba concentrada en que el evento saliera perfecto.

 

El Rey, en cambio, se encargaba de darle uso a cada una de ellas, poniéndolas a traer diferentes tipos de comida.

 

Para él, el Rey parecía un ser inflado, con sólo líneas grises por su cuerpo, con una cabeza circular, plana como la suya, con la corona puesta en su cabeza de manera inclinada, siempre a punto de caerse.

 

El Rey tomaba la forma que deseaba ver aquel que lo observara, y también cambiaba dependiendo de lo que se creyera de él. Era muy extraño pensar cómo habría sido todo al principio.

 

—No me dijiste que usarías Lunadares —le comentó el Rey mientras apuraba una presa de carne.

—Tengo entendido que puedo decidir qué preparar para el evento, Su Majestad.

—Lo tienes, claro que sí, pero no estaría mal ser avisado de vez en cuando, sobre todo, si son criaturas de otra dimensión.

 

El Rey dejó el pedazo de carne a un lado, para luego mirarlo a él. El Presentador intentaba mostrarse serio, pero aquella cabeza circular le daba más risa que otra cosa.

 

—Nuestra intención es que duren —comentó el Rey.

—Lo sé, Su Majestad.

—Y no que mueran durante la primera prueba.

—Si algo ocurre, me haré responsable.

 

Intentaba responder de la mejor manera, pero siempre era lo mismo. Llevaba años dirigiendo ese torneo, ya sabía lo que tenía que hacerse. Pero al parecer, para el Rey era demasiado complicado comprenderlo.

 

Sin decir más, volvieron a prestar atención a la pantalla. En ella, los jóvenes luchaban incansablemente contra los Lunadares.

 

Sonrío al recordar al ser de la dimensión 1632 que le había contado sobre tan espeluznantes criaturas, pero que sólo había visto una vez durante sus viajes interdimensionales.

 

Y es que eran difíciles de encontrar, ya que ellas mismas surgían en diferentes dimensiones, dependiendo de la cantidad de energía oscura que se acumulara en un punto específico. Encontrarlas era complicado, pero sus hermanos lo habían logrado. Eran las criaturas perfectas para lo que necesitaba.

 

La pantalla mostró de nuevo como todos los jóvenes eran separados por aquellas criaturas tan aterradoras. Bien, ahora comenzaba lo mejor.

 

—Espero que en serio te hagas responsable si no pasan de la primera prueba —comentó el Rey.

 

El Presentador no dijo nada, sólo se limitó a observar la pantalla y sonreír mientras las exclamaciones de los seres sorprendidos llenaban el coliseo.

 

Le parecía absurdo que, por un momento, hubiera pensado que desafiar a la muerte sería algún juego, pero ahora mientras esa extraña criatura alada la tenía agarrada del cuello, sabía que no era una tontería.

 

Victoria perdía por momentos el aire mientras era llevada como una presa que hubiera cazado un halcón.

 

La criatura sacaba una lengua puntiaguda, relamiéndose los bordes de su espectral boca, como si estuviera ansiosa por saborear su carne.

 

¿Así es como moriría? Aterrada, despedazada mordisco a mordisco, alejada de sus padres. ¿Ese sería su destino? El cielo no auguraba nada más que un dolor aterrador.

 

Perdía la consciencia, y entre más se hundía entre las neblinas de la inconsciencia, Victoria pensaba que no era justo. Ella no había pedido nada de esto. Sólo estaba en su cuarto, siendo una chica cualquiera que hablaba con su mejor amiga, esperando lo que le deparara el día siguiente en la escuela, feliz con sus padres.

 

Quería volver a eso, a esa felicidad. No sentir los dedos afilados de una extraña criatura en su cuello, sino los brazos de su padre rodeándola. Y sentir el calor de su madre, no ese frío aterrador.

 

La ira la invadió, y sintió esa chispa que había sentido antes de salir del camerino. La furia que daba fuerza a esa extraña energía, energía que la rodeaba ahora en ese momento.

 

Con esfuerzo, levantó su mano, poniéndola en el pecho áspero y curtido de la criatura. Esta observó por un momento lo que estaba haciendo, antes de que un estallido de luz la mandara lejos.

 

Victoria quedó suspendida en el aire, sin nada a lo que aferrarse. Estaba por lo menos a unos quince metros de altura. Estaba libre, sí, pero ahora caía en picada a unas rocas puntiagudas que perforarían esa armadura sin piedad, o si, de casualidad salvaba su cuerpo, su cabeza sería perforada.

 

Extendió los brazos a los lados, concentrándose todo lo que podía para convocar de nuevo aquella fuerza extraña, que ahora podía sentir con un poco más de facilidad. Un pequeño domo la rodeó, transparente, con un débil brillo. Sonrió, encantada de ver que al fin podía manipularla.

 

Pero el impacto le arrebató la sonrisa, fue tan brusco que la sacudió dentro de la esfera de luz. Había resistido el golpe, pero ahora rodaba cuesta abajo por la pendiente de la montaña. Intentó mantener el equilibrio de alguna manera, pero le era imposible con tanta sacudida. Además, sabía que retirar el domo no era la mejor opción.

 

Se dio cuenta de que el final no sería el mejor tampoco. Pasando por el borde de aquella montaña, estaba un rio de lava. No estaba segura de si el domo resistiría eso. Y si lo hacía, sería incluso peor, ya que tendría menos posibilidades de retirarlo y quedaría atrapada ahí. Pensó lo más rápido que pudo en sus posibilidades, y sólo se le ocurrió una.

 

Arriesgada, pero posible.

 

Pudo ver que al otro lado del rio el suelo era más liso, sin piedras para perturbar su caída. Mientras más se acercaba al borde de la montaña y al rio de lava, concentró luz en su mano derecha, lista para hacerla estallar cuando pudiera.

 

Cuando llegó a punto de caer sobre la lava, Victoria aprovechó un giro para lanzar contra la montaña la luz que había acumulado. La explosión hizo que saliera volando, y que el domo desapareciera.

 

Por un momento, estuvo casi segura de que había calculado mal y que caería en la lava, pero el impulso junto con la velocidad de la caída lograron salvarla por poco. Cayó a un par de metros del río de lava.

 

El golpe la dejó aturdida. Eso era diferente a caer en el ring de entrenamiento. Su cabeza se golpeó, y quedó viendo estrellas. Pero de resto, se encontraba completamente bien. La armadura había amortiguado parte del golpe y se preguntó cómo habría sido si no la llevara puesta.

 

Se acomodó un poco, alejándose de la lava y contemplando el cielo. Estaba sola, sin saber a dónde tenía que ir. Maldijo para sus adentros. Tal vez, si lo hubiera pensado mejor, podría haber cabalgado a la criatura y llegado al lugar donde estaban sus huevos. Porque eso era lo que pensaba. El Presentador dijo que debían encontrar el huevo de una criatura y lo único que se le ocurría era que esos seres alados salían de algún huevo.

 

Por ahora, era la única pista que tenía. No podía comunicarse con sus amigos de ninguna manera, y estaba completamente alejada del punto de llegada. Sólo le quedaba caminar al lugar donde supuso que la estaban llevando.

 

Se levantó con esfuerzo, aún estaba mareada por las volteretas en la esfera de luz, pero se alegró de estar bien. Si encontraba el huevo, todos podrían volver a salvo. Decidió encontrar un sitio por donde rodear el rio de lava. Para su sorpresa, el rio salía directo de aquella montaña. Se dio cuenta de que era un volcán activo, con su propio rio de lava saliente.

 

«Sería un poco llamativo —se dijo—, de no ser por las criaturas que rodean este lugar».

 

Estuvo atenta, por si otro ser alado se presentaba, pero no vio a ninguno más. Sólo montones y montones de piedras que salían del suelo, como si hubieran sido incrustadas ahí.

 

Pudo ver a la distancia una montaña mucho más alta. Se subió a una de aquellas extrañas rocas para mirar a lo lejos, y se dio cuenta de que aquella montaña tenía una entrada. Por la trayectoria comprendió que ese era el lugar a donde la criatura alada la llevaba.

 

«Tal vez sea el nido de los huevos de oro», pensó.

 

Era una buena distancia desde donde estaba a esa montaña, así que posiblemente sería atacada en el camino. Desconfiaba de que sólo estuvieran al acecho esas criaturas horribles y no algún otro ser por ahí. Recordó la vara que el Entrenador Luz le había dado, pero luego se dio cuenta que la criatura se la había arrebatado. Se maldijo por eso.

 

Luego reaccionó. Ahora era capaz de manipular parte de la luz. Así que no estaba completamente desarmada.

 

Volvió a concentrarse, tratando de pensar en la sensación de la vara en su mano. Un destello apareció en su mano derecha y luego se extendió, dándole forma a una vara, casi del mismo tamaño, sólo que sin verse como una vara completa, sino apenas como una silueta. Si fuera otra situación, saltaría de la felicidad, pero decidió guardarla por ahora. No sabía cómo eran capaces de sentir la luz, pero aquellas criaturas se habían llevado a Edel sin ningún problema cuando había convocado la espada. Debía ser más cuidadosa.

 

Avanzó hacia la montaña, prestando atención a cualquier ruido. El peligro estaba, literalmente, en cada esquina. Un relámpago surcó el cielo, sobresaltándola. Lo último que necesitaba era que comenzara una lluvia torrencial.

 

De pronto, atrás de ella se escuchó como caían unas rocas. Se giró, lista para cualquier ataque, aunque sin saber cómo defenderse. Entonces vio cuchillas de oscuridad cortar las rocas mientras montones de una viscosidad azul eran repartidos por todos lados.

 

Cuando uno de los pedazos de roca cayó, pudo darse cuenta de que el causante de todo era el chico de armadura marrón, quien agitaba una guadaña hecha con oscuridad.

 

Tenía una figura delicada, con barbilla cuadrada, pero bien perfilada. En sus ojos y cejas pudo notar mejor un par de rasgos árabes, aunque no tan acentuados como en el chico moreno de armadura negra. Había destruido una de las criaturas aladas, y por un momento, parecía estar sonriendo.

 

Pronto se dio cuenta de la presencia de Victoria. Ella no se había percatado de que estaba observándolo demasiado, hasta que este levantó la mano, saludándola.

 

Se puso alerta, pensando que posiblemente la atacaría. ¿Amigo o enemigo? No sabía cómo se comportaría cada miembro del otro bando.

 

—¡Hola, señorita! Veo que te libraste de aquellas criaturas horribles también.

 

Victoria no respondió, aún a la defensiva. El chico fue acercándose mientras con un movimiento de la mano hacía desaparecer la guadaña.

 

—Oye, tranquila. No te haré nada, al menos no soy tan antipático como el resto de mis compañeros. Mi nombre es Roberto, ¿y el tuyo?

 

Le extendió la mano, a modo de saludo. Victoria se lo pensó dos veces. Su intención era salir, y tal vez, la de todos, pero no sabía qué ideales tenían en el otro lado. Aun así, la ayuda no sentaría mal. Le devolvió el saludo, apretándole la mano.

 

—Mi nombre es Victoria —dijo secamente.

—Ala, una española también.

 

Tratando de mostrarse seria, Victoria tuvo que reprimir la risa. Siempre pasaba eso cuando se presentaba.

 

—En realidad, soy mitad japonesa, mitad colombiana.

 

Roberto no dijo nada mientras su sonrisa conquistadora quedaba congelada. Era el típico joven que haría a las chicas caer rendidas a sus pies.

 

Victoria pensó cómo sería si fuera diferente la situación. Roberto parpadeó, luego de que se le pasara la impresión de la respuesta que ella había dado.

 

—Ah, bueno, eso explica tu tono de piel y ciertas cosas en tu mirada.

 

Victoria apretó los ojos, mirándolo con desdén.

 

—No es que te veas mal, digo, es sólo que explica ciertos rasgos, o, bueno, cosas. Agh… mejor, ¿a dónde ibas?

 

Victoria soltó la mano de Roberto y comenzó a andar mientras apuntaba a la montaña.

 

—A ese lugar, creo que ahí debe haber un nido con los huevos.

 

Escuchó como el chico maldecía a su espalda mientras ella se alejaba. Él sabía que se había equivocado, pero ella ya no prestaba atención a eso.

 

—Bien, yo también me dirigía a ese lugar, parece que era allá donde esos seres nos llevaban.

 

Victoria asintió, mientras se alejaba. Roberto se acercó corriendo hasta ponerse a su lado, avanzando a su paso.

 

—Mira, lamento lo que dije, no era en mal plan, ¿bueno?

—No es lo que interesa ahora mismo —respondió despectivamente—. Ahora sólo debo encontrar el huevo de esas criaturas y podremos largarnos.

—Pero no debes hacer eso tu sola.

 

Roberto se plantó frente a ella, poniéndole un brazo en el hombro.

 

—Mira, podemos trabajar juntos y todo saldrá mejor. Al menos, lo hará si lo hacemos como equipo.

 

Victoria no dijo nada, sólo apartó el hombro y siguió avanzando.

 

—Vamos, no te pondrás así sólo por lo que dije. Menos en la situación en que nos encontramos.

 

Ella lo observó, para luego extender su brazo hacia el camino.

 

—¿Vienes o te vas a quedar como tonto pidiendo disculpas?

 

Roberto quedó congelado en su lugar.

 

Victoria por un momento pensó que había sido demasiado tosca, pero era eso o aguantarse que él estuviera todo el tiempo pidiendo disculpas.

 

—Vale, vale, tú nos guías, señorita.

—Bien.

 

Y así, los dos fueron andando hacia la montaña.

 

Roberto le explicó que, al momento de ser capturado, logró cortarle un ala a la criatura que se lo llevó, cayendo ambos. No le interesaba quién consiguiera el huevo, mientras los sacara de ese lugar.

 

—El equilibrio de la dimensión, o el universo, o lo que sea, en verdad no me interesa cuando un ser alado de dientes filosos me ataca, seamos sinceros. Y si es de puntos, eso se logrará equilibrar luego. Por ahora, sólo quiero largarme de aquí.

 

Victoria dejó que hablara todo lo que quisiera, aunque no dejaba de notar que era bastante guapo. ¿Qué debía hacer? ¿Prestar atención a profundidad porque era un chico atractivo? ¿Intentar reírse con cada cosa que decía? Empezaba a sentir un poco de incomodidad mientras más pasaba el tiempo, sin saber cómo reaccionar.

 

Al final, llegaron a la entrada de la montaña. Ninguna otra criatura alada se había atravesado en su camino, lo que, por un momento, parecía muy extraño. Victoria intentó no prestarle atención, pero cada vez le resultaba más raro.

 

De pronto, vieron un destello de luz al lado. Ella reconoció esa magnitud de energía. Era Edel, quien estaba alejando a un par de criaturas aladas de su hermana.

 

Roberto convocó sin esfuerzo un arco de oscuridad, con una flecha bastante filosa. La lanzó y le dio en toda la cara a una de las criaturas mientras Edel lograba deshacerse de la otra.

 

Victoria fue corriendo hacia ellos, observando a la hermana de Edel tirada en el suelo. Al parecer, había sido atacada y tenía el brazo inmóvil.

 

—¿Qué pasó? —le preguntó al mellizo.

—No hemos podido entrar a la cueva. Y esas criaturas no nos dejan en paz. Ha sido imposible llegar al huevo.

 

Victoria vio que Adeline estaba llorando mientras se sostenía el brazo. El dolor debía ser insoportable.

 

—¿Lograron ver dónde tienen sus huevos? —preguntó Roberto.

 

Edel lo observó, extrañado.

 

—¿Sus huevos? Viejo, ellos no son los de los huevos.

 

Victoria estaba confundida. Si esas criaturas no eran las de los huevos. ¿Entonces cuáles eran?

 

De pronto, un gran rugido se escuchó salir de la cueva. Victoria vio como uno de los seres alados se acercaba, cargando a su espalda el cuerpo de Filippo mientras Samantha y Hépíng aparecían.

 

—¡Chicos! —exclamó, hasta que el grito fue superado por el rugido de una bestia que se asomaba a la entrada de la cueva.

 

La figura alada dejó el cuerpo inconsciente de Filippo en la entrada.

 

Un ser de más de tres metros de alto, con cuatro extremidades delanteras, terminadas en tres dedos, y dos traseras, se asomaba. Era una masa de musculo impresionante. Tenía un sólo ojo, en todo el centro de la cara. Su piel era púrpura, y su boca era tan grande que sería capaz de comerse un carro de un sólo bocado.

 

Era obvio temerle a esa criatura, cualquiera lo haría.

 

—Son los huevos de esa cosa los que debemos tomar.

 

Roberto y Victoria miraron sorprendidos a Edel. Robar un huevo de aquellas criaturas aladas era algo posible, si usaban bien las energías de la luz y la oscuridad, pero a aquella criatura, parecía imposible.

 

Se acercó al cuerpo de Filippo, olfateándolo, si es que tenía al menos algo con lo que olfatear. No podían quedarse quietos, esperando a ver como se lo comía.

 

Victoria creó la vara de luz en su mano, dispuesta a defender a su amigo, pero luego vio que Samantha y Hépíng se acercaban, acompañados de Filippo.

 

—¿Pero…? —preguntó Victoria.

—Parece que el niño es algo listo —comentó Samantha mientras Filippo estaba a punto de caer desmayado por el esfuerzo de correr.

—Me tomó… mucho tiempo… pero pude hacerlo.

 

Victoria se quedó callada, esperando la respuesta, pero Filippo no pudo decir nada más y estuvo a punto de caer rendido, si no fuera porque Hépíng lo agarró, respondiendo por él.

 

—Logró crear un clon lo suficientemente real. Al parecer, las criaturas aladas son consumidoras de luz, y fueron atraídas de inmediato al clon.

 

Victoria no supo qué decir. La preparación que todos ellos habían hecho era física, pero al parecer, Filippo había llevado un entrenamiento diferente.

 

—Pues chico, te felicito —comentó Roberto, sonriente.

 

Samantha quedó pasmada ante esa sonrisa, y Victoria sintió una leve punzada en el pecho.

 

El rugido de la criatura se hizo sentir, haciendo vibrar sus cuerpos. El clon de Filippo había desaparecido y aquella criatura gigante vio que fue engañada. Luego, como si supiera quién era el culpable, dirigió su mirada de un sólo ojo a ellos, con rabia llameando en él.

 

—Bueno, si alguien tiene otro plan maravilloso, lo escuchamos —dijo Roberto mientras preparaba su guadaña.