Torneo dimensional de la luz y la oscuridad

Capítulo 4: Tiempo para la batalla

La criatura de un ojo se abalanzó sobre los chicos, haciendo estruendo con sus golpes mientras se acercaba.

 

Victoria extendió su mano y un gran domo los rodeó al instante, justo a tiempo para protegerlos del puñetazo que la bestia les lanzó.

 

El domo vibró al momento del contacto y repelió a la criatura, que retrocedió como si hubiera sido golpeada.

 

Victoria sintió que su conexión con el domo se perdió por un segundo, pero hizo todo lo posible por mantenerse concentrada. A su lado, Roberto se puso en posición con su guadaña, pero se estrelló al momento que intentó salir del domo.

 

—Oye, si me permites salir, no estaría mal —dijo en tono sarcástico.

—Disculpa por arruinar tu momento, héroe.

 

Se quedaron mirando con desprecio, hasta que otro golpe de la bestia los trajo de vuelta.

 

—Victoria, debes dejarnos salir.

 

Edel también preparaba su espada de luz, listo para enfrentarse a la criatura. Ella pudo ver la furia que estaba en sus ojos, lo más probable era que esa criatura enorme hubiera golpeado a su hermana, hiriéndole el brazo.

 

—Tienen que ser rápidos —les dijo—. Al momento de desaparecer el domo no puedo arriesgarnos.

 

Los dos chicos asintieron, observando como la criatura comenzaba a rodearlos. Victoria esperó a que esa bestia diera un golpe más, que hizo retumbar todo a su alrededor. Al momento en que la criatura rebotó contra la luz, hizo desaparecer el domo.

 

—¡Ahora!

 

Edel y Roberto salieron disparados, apuntando con sus armas al estómago del monstruo, que se estaba recuperando del impacto contra el domo.

 

Todo a su alrededor parecía un típico programa de televisión que vería por las mañanas, sólo que en esta ocasión, era bastante real, y por ende, se veía terrible.

 

No eran dos actores coordinados,  o dos figuras dibujadas con precisión complementándose la una a la otra. Eran dos chicos que se habían entrenado por tres días y ahora se estaban arriesgando contra una criatura de un ojo, de más de tres metros de altura.

 

Hizo aparecer el domo de nuevo, en el momento en que ellos se alejaron. Necesitaban pensar en algo más, pronto. Se giró hacia Adeline, que se sostenía el brazo con fuerza mientras Hépíng trataba de convencerla para que dejara ver qué tan grave era.

 

—Por favor, en mi monasterio tenemos conocimientos básicos de…

—No me toques. Estaré bien tan pronto nos saquen de acá.

 

Victoria se acercó a ella.

 

—¿Lograste ver algún huevo? —le preguntó.

 

La melliza la observó con desinterés, para luego comenzar a hablar.

 

—No están muy lejos de la entrada. Con mi hermano intentamos hacer una distracción, pero no logré llegar a tiempo antes de que me viera.

 

Apretó los labios con fuerza, estaba visiblemente disgustada por no haber podido alcanzar a tomar el huevo. Victoria no dijo nada sobre eso, sólo le agradeció y se levantó de nuevo.

 

Edel y Roberto estaban todavía dando lucha, al menos, la suficiente. Lo que serviría de distracción.

 

—Tenemos que llegar a los huevos.

 

Se volteó hacia los demás, los nervios consumían su interior, pero al mismo tiempo sentía como la adrenalina la rodeaba. Adeline soltó un bufido.

 

—Suerte con eso, sólo queda que Roberto acabe con esa criatura pronto y ya. Es mejor esperar.

—Roberto y tu hermano, son ellos los que se arriesgan —la corrigió Samantha, ganándose una mirada de desprecio de parte de la melliza.

—Mi hermano no ha podido cuidarme en dos ocasiones, no espero que pueda hacerlo una tercera.

 

El ambiente se puso tenso al instante en que esas palabras se escucharon. Al parecer, Edel y su hermana no estaban teniendo la mejor de las relaciones. Victoria sacudió su cabeza, no era el momento para pensar en eso.

 

—Puede que sean ellos los que están combatiendo, pero nosotros no podemos quedarnos quietos. Filippo. —El joven de gafas se sobresaltó al escuchar su nombre—. ¿Alguna idea que nos pueda ayudar?

 

Él no respondió nada, sólo se quedó observándola mientras su rostro perdía color; estaba entrando en pánico. Victoria suspiró. Al parecer, era pedir demasiado.

 

De pronto, chillidos se escucharon a los lejos, y las criaturas aladas se alzaron detrás de la montaña. Ahora estaban rodeados.

 

—Tienes que ir tú. —Samantha la miró fijamente mientras hablaba con fuerza.

—Yo… —Victoria sintió como su garganta se apretaba, dejándola sin aire. También estaba entrando en pánico—. No puedo ir sola.

—Tienes que hacerlo. Aparte de Edel, eres la única que sabe manejar un poco más la luz. Al menos, el domo te protegerá si te ataca la criatura. Si logras crear uno más grande, podrás acercarte al huevo y nos sacarás de aquí. Nosotros nos encargaremos de distraer a esos seres alados.

 

Samantha habló con completa confianza, tanta que Victoria creyó por un momento que esa idea sería suficiente para poder salir de ese embrollo, hasta que Filippo habló.

 

—¿Nosotros? Si a duras penas logramos librarnos de uno, estos son al menos diez.

 

Samantha lo fulminó con la mirada. Era cierto, eran demasiados para ellos, pero al mismo tiempo, no tenían muchas opciones.

 

—Debo quedarme a cuidarlos —explicó Victoria mientras se concentraba más en reforzar el domo.

 

Samantha la tomó del brazo con fuerza, sacudiéndola.

 

—Tienes que ir y ayudar a ese par de idiotas que juegan a los soldados. Nosotros no podríamos, te estorbaríamos. Eso podemos hacerle al enemigo: estórbale. Tú encárgate de sacarnos de aquí.

 

Victoria se quedó mirando los ojos azul brillante de Samantha. Estaba aterrada, claro que sí, pero era lo mismo que la impulsaba. Asintió, tenía que intentarlo.

 

—Hépíng, cuida de Adeline. Samantha y Filippo, intenten concentrarse en crear pequeñas bolas de luz, tal vez eso distraiga a esos monstruos, más que ustedes solos.

 

Samantha y Hépíng asintieron mientras Filippo los observaba de lado a lado, incrédulo.

 

—¿Soy el único que no desea morir? —preguntó acobardado.

 

Nadie respondió. Victoria hizo desaparecer el domo con un movimiento, y salió corriendo.

 

Vio como el grupo se separaba, tratando de atraer la atención de las criaturas aladas. Luego observó a Edel y Roberto, la bestia de un ojo había sido herida, sí, pero muy superficialmente mientras que los dos chicos estaban cansados.

 

Edel intentó atacar con un débil intento de estocada con su espada, pero fue recibido con un golpe directo de uno de esos extraños brazos. Ella pudo ver como era arrojado a lo lejos mientras Roberto intentaba atacar. Su tiempo se acortaba para lograr algo.

 

Corrió lo más rápido que pudo, no tenía mucho tiempo antes de que la criatura de un ojo despachara a los dos chicos. Era ahora, o nunca.

 

Tal vez más lo segundo, ya que al momento vio a una de aquellas criaturas aladas caer directo sobre ella. No tuvo tiempo de crear un domo, y la criatura la tomó con sus patas, tirándola al suelo.

 

Si no podía crear un domo, al menos debía intentar hacer otro impulso de luz, pero estaba completamente desconcentrada.

 

El monstruo acercó su horrible rostro sin ojos, abriendo su boca cada vez más para tragarse su cara de un mordisco, hasta que el sonido de un disparo hizo eco en el lugar, y la cabeza de la criatura se hizo a un lado, cayendo.

 

Victoria se levantó, observando a quien había disparado: el chico de armadura negra. Sostenía su arma con su brazo izquierdo mientras que con el derecho se presionaba el costado, parecía estar herido de gravedad. Él no dijo nada, sólo asintió. Ella le devolvió el gesto en agradecimiento. Tenía que apurarse.

 

Entró en la cueva, y pudo ver cinco huevos, blancos, con manchas moradas. Eran al menos del tamaño de un niño de siete años.

 

«¿Y se supone que carguemos esto?», pensó mientras el pánico subía y subía más.

 

Intentó despejar su mente, pero fue absurdo. Entrar ya había sido bastante complicado, salir con uno de esos huevos sería imposible.

 

De pronto, detrás de ella escuchó un rugido. No necesitaba girarse para darse cuenta de qué era.

 

El aliento de la criatura de un ojo golpeó su nuca. Sintió como toda su piel se erizaba. Ya no tenía tiempo. La bestia rugió con fuerza, lanzándose sobre ella. No tenía más opción que pelear.

 

Dio una voltereta hacia la derecha, esquivando el golpe por poco. Escuchó como la criatura, aprovechándose de sus otras tres extremidades libres para aumentar su oportunidad de destrozarla, se lanzaba hacia ella de nuevo.

 

Trató de concentrarse lo mejor posible para crear un domo, levantando sus brazos. Logró crear uno, pero fue demasiado débil y desapareció al momento del impacto, empujándola a ella y al monstruo.

 

Victoria no le dio tiempo a la bestia y usó todas sus fuerzas para invocar algo, fuera lo que fuera. Un brillo incandescente brotó en sus manos, y una lanza apareció. Por un momento sonrió, feliz de haber convocado algo, pero el rugido de la criatura la trajo de vuelta.

 

El golpe que recibió la mandó contra la pared que tenía detrás, haciéndole perder la respiración. Puede que la armadura amortiguara parte del dolor, pero aun así, la había dejado viendo estrellas. Cayó al suelo, sin soltar la lanza todavía. La criatura se acercó con lentitud y ella estaba segura de que se estaba riendo.

 

«Una dama no debe ser violenta».

 

Las palabras surgieron de nuevo, brillando en su mente, pero esta vez, apretó aún más fuerte la lanza.

 

«Tal vez una dama no debe ser violenta, pero ahora no tengo que ser una dama».

 

Las palabras en su mente se resquebrajaron y ella se levantó, sosteniendo la lanza con ambas manos, impulsándola hacia arriba. No importaba si atinaba a algo o no, no se quedaría quieta esperando morir.

 

El grito del monstruo retumbó por toda la cueva, estremeciendo su cuerpo.

 

Victoria le había dado en el ojo, todo el ojo. Un chorro de sangre de color verde claro comenzó a salir. La criatura intentó alejarse, usando sus cuatro extremidades delanteras para atacarla, pero ella aprovechó para impulsarse hacia al frente, clavando más la lanza en el ojo.

 

Como si fuera un globo de agua, el ojo estalló por completo, bañándola en esa extraña sangre. La criatura lanzó un último grito, agitando sus extremidades sin sentido.

 

Y luego, ella estaba en el coliseo, con la lanza en el aire. Todo lo que la rodeaba había desaparecido. El cuerpo de la bestia desapareció y Victoria cayó de cara al suelo. La sangre aún la cubría, y el bullicio la atontaba.

 

Unas manos la tomaron mientras la ayudaban a levantarse, retirando su cabello empapado en sangre verde clara.

 

Filippo y Samantha estaban junto a ella. Estaban vivos.

 

—¡Y el ganador es el grupo de la oscuridad!

 

El coliseo rompió en gritos. Todos y cada uno de los seres aplaudían.

 

Victoria seguía muy confundida. No entendía cómo el grupo de la oscuridad lo había logrado. Se limpió los ojos lo mejor que pudo, y observó a la chica hermosa con uno de los huevos al lado de ella, saludando al público, como una reina de belleza con sonrisa deslumbrante.

 

El Presentador apareció frente a ellos, aplaudiendo también.

 

—Créanme, jóvenes, que tal lucha no se había visto en mucho tiempo. Incluso hemos temido por su vida, pero, nos llena de orgullo que hayan salido bien librados, bueno, al menos la mayoría.

 

Se escuchaban susurros, ninguno de los jóvenes dijo nada.

 

Victoria miró a cada lado. El grupo de la oscuridad estaba completo. Roberto estaba bastante golpeado y Adeline era atendida por unos seres delgados, que parecían hechos de bolsa y cosidos, quienes la llevaban a otro lado, junto al chico de armadura negra, también bastante herido.

 

Vio a Edel, Samantha y Filippo, quienes la ayudaban a mantenerse de pie. Pero Hépíng no estaba con ellos.

 

Lo vio, un par de metros más lejos, inmóvil, con un pequeño charco de sangre formándose a su alrededor. Samantha soltó un sollozo.

 

—Lamentamos informar que el grupo de la luz ha sufrido una baja. Es en verdad, una pena.

 

En una pantalla aparecieron los nombres de cada integrante, luego desapareció el nombre de Hépíng.

 

—Pero así es este torneo —comentó El Presentador, restándole total importancia. Victoria sintió como la rabia la embargaba y dirigió su mirada hacia él, pero se encontró con que ya la estaba mirando, con su horrible sonrisa—. Ahora, vienen los combates individuales.

 

Alzó su mano con teatralidad y en la pantalla atrás de él apareció una ruleta con los nombres. Giró como un simple borrón rápido, hasta que fue más y más lento.

 

Ella abrió los ojos de par en par cuando se detuvo.

 

—Victoria contra Arisha. Será nuestro primer combate. Y para no perder el ánimo, será justo en unos treinta minutos. Así que, dense un buen momento de relajación, y ya nos veremos.

 

Le dedicó otra sonrisa a Victoria mientras chasqueaba los dedos para desaparecer. Ella escuchó una carcajada y vio que la chica de armadura blanca soltaba una risilla maliciosa.

 

—Espero que me ayudes a darles un buen espectáculo. Y por favor, báñate antes de pelear contra mí.

 

Victoria no respondió, sólo pudo escuchar que alguien gritaba su nombre, para luego perder la consciencia.

   …

 

Cuando abrió los ojos, se encontraba acostada en una cama. Las cobijas que la cubrían eran tan suaves que se sintió a gusto y estuvo a punto de cerrar los ojos de nuevo.

 

—No te duermas.

 

Miró a su izquierda. Su entrenador estaba sentado a su lado en una silla hecha de luz. En sus manos jugueteaba con un pequeño medallón dorado.

 

En su rostro se notaba la tristeza.

 

—En cinco minutos vas a volver al coliseo para tu primera batalla. Espero que aún te queden energías suficientes para la pelea.

 

Victoria sintió que el tiempo se estiraba de alguna manera, como si nadara entre lodo, o mermelada espesa. Estaba en una especie de enfermería, o al menos le dio esa impresión, por ciertas cajas que había a su lado, con toallas llenas de aquella sangre verde, y otras cosas como vendas y tijeras.

 

Revisó debajo de la cobija que la cubría: la parte del pecho de la armadura ya no estaba, y tenía unos cuantos moretones. En un lado tenía una venda, se sentía húmeda, pero estaba limpia. Al menos no había sangre.

 

La idea le hizo recordar el cuerpo de Hépíng en el coliseo, tirado, con la sangre rodeándolo.

 

Se levantó de un salto y comenzó a gritar. El entrenador se acercó a ella, intentando calmarla, pero ella lo alejó con varios intentos de puñetazos; tenía las ideas nubladas. Cuando se dio cuenta, estaba arrodillada en el suelo, llorando.

 

—Dígame que no es cierto lo que vi, por favor.

 

El entrenador no dijo nada, sólo miró hacia otro lado, avergonzado. El dolor de la idea de un compañero muerto la golpeó de lleno y comenzó a llorar con más fuerza. Sí, era a eso a lo que se enfrentaban, pero verlo era completamente diferente. Era aterrador, y no podía aceptarlo.

 

El Entrenador Luz se agachó, para poder mirarla a los ojos, intentó acercar su brazo hacia ella, pero Victoria lo alejó de un manotazo.

 

—No me toque. Usted es uno de los que ha hecho que Hépíng muera.

 

La expresión del entrenador cambió por completo, llena de furia. La tomó de los hombros con fuerza y la sacudió.

 

—¿Yo? Cuando fui yo quien los entrenó e hizo todo lo posible para que esto no ocurriera. ¿Soy yo uno de los culpables de su muerte?

 

Victoria no pudo decir nada. Estaba enojada, dolida, asustada. Todo era demasiado para ella. Y aun así, tenía que salir a una pelea contra otra chica. No se sentía capaz.

 

El entrenador le mostró el medallón que sostenía. En ella pudo ver grabado el rostro de Hépíng. Con su cabeza rapada y sonriendo, como si nada malo pasara.

 

—En esto se convierten cuando mueren. Es algo que se hace para dárselo al grupo, como un recuerdo. Todos estuvieron de acuerdo en que ahora lo llevarás tú.

 

Tomó la mano de Victoria y puso sobre ella el medallón. Estaba caliente. Victoria se preguntó si era porque el Entrenador Luz lo había sostenido entre sus manos, o el alma de Hépíng reposaba de verdad en ella.

 

—Te lo dejaron para que no te sintieras sola durante la pelea. Igual, estaremos en las gradas, observando. Pero en el campo de batalla es distinto, y esto, espero que haga la diferencia.

 

Se levantó y salió de la habitación. Victoria se quedó observando el medallón, mirando el rostro sonriente de su compañero.

 

¿Qué son tres días para conocer a alguien? En verdad, es muy poco, pero eso no evita que sientas algo terrible al verlo morir como si nada.

 

Lloró un poco más, llevada por el dolor y el miedo. Desahogándose, preparándose.

   …

 

Cuando El Presentador dijo su nombre, Victoria salió.

 

Podía sentir un poco adoloridos sus brazos, pero hizo todo lo posible por mantenerse firme. Mientras se colocaba la armadura, había acomodado el medallón de Hépíng lo mejor posible, para que no se le cayera.

 

Fue recibida con exclamaciones de emoción. Al otro lado, Arisha hacía lo suyo, saludando con gracia y delicadeza. Victoria estaba cada vez más fastidiada por eso.

 

Llegaron al centro del coliseo, sin decirse ni una palabra. Ella no tenía ánimos de hablar mientras la otra chica sólo se encargaba de contentar al público.

 

—Bien, bien, bien. Demos un saludo a nuestras dos participantes del día de hoy. Por un lado, la chica que nos ha deleitado con una ardua pelea contra la criatura conocida como Furlog. Bañándose en su sangre para poder derrotarlo ¡Victoria!

 

El público estalló en ovaciones en su nombre. Pensó si debía sonreír, pero estaba muy cansada para eso. Y era trabajo de Arisha, además no quería quitarle reflectores. Observó la pantalla donde mostraban su pelea con aquello que llamaron Furlog. El momento en que estaba cubierta de su sangre mientras gritaba y le clavaba más hacia el fondo la lanza en el ojo. Su cabello, cubierto de esa sangre verde clara, en realidad no le parecía tan mal. Le mostró algo diferente, una fuerza que ella no había notado antes.

 

—Y al otro lado, la chica astuta que decidió valerse de las sombras para darle la gloria a su equipo ¡Arisha!

 

La imagen en la pantalla cambió y mostró a Arisha, de un momento a otro, aparecer al lado de uno de los huevos, como si se materializara de la nada mientras observaba desde las sombras a Victoria derrotando al Furlog.

 

«Así fue como lo hizo». Victoria llevaba preguntándose un buen rato cómo su rival había escapado de la criatura. Y ahora se daba cuenta del truco. El cual debía tener muy en cuenta.

 

—Bueno, señoritas —anunció El Presentador—. Es momento de dar comienzo a su gran enfrentamiento.

 

Bullicio por todas partes, un marcador mostrando un punto a favor del grupo de la oscuridad. Y la pelea comenzó.

 

Victoria observó de inmediato a Arisha, quien le hizo un guiño con el ojo, para luego, ser cubierta por una nube negra y desaparecer. Era obvio que ese era su truco, pero igual, era problemático.

 

—Me alegra que te hayan quitado esa sangre horrible, al menos, no sentiré asco al golpearte.

 

Victoria preparó la lanza. Debía concentrarse en sentir o escuchar algo, que la ayudara a dar con ella.

 

—Querida, ¿en serio intentas matarme? ¿Quieres ser un cadáver más, como tu amigo?

 

La mención de la muerte de Hépíng la desestabilizó, y no pudo estar al pendiente de una cachetada que le dio de lleno en la mejilla izquierda. Se tambaleó un poco, pero levantó la lanza de inmediato, preparándose para el siguiente golpe.

 

—Parece que no te importa ser otro cadáver en este absurdo torneo —comentó Arisha en tono sarcástico.

—Mientras te haga callar, creo que podré estar tranquila con eso.

 

Arisha era como todas las chicas populares, pero mucho peor, si eso era posible. Aunque, Victoria estaba acostumbrada a enfrentarse a chicas así, y por ende, meterse en problemas en su escuela.

 

Percibió una sombra aparecer a su lado, y logró alzar la lanza para protegerse antes de que un golpe de oscuridad le diera. No parecía ser muy fuerte, ya que desapareció al momento de chocar contra la lanza. Debía concentrarse, si no, eso se prolongaría mucho más, y estaría perdida.

 

—Las asiáticas son desesperantes.

 

Victoria se mostró confundida mientras intentaba adivinar de dónde venía la voz. Escuchó algo a su derecha, pero el ruido del público no la dejó prestar atención.

 

—¿Qué tienes contra las asiáticas?, ¿te molesta que somos más bonitas?

 

El golpe en la cara la tomó por sorpresa, estaba demasiado cerca y no se había dado cuenta. Cayó al suelo y la lanza desapareció, estaba perdiendo fuerzas. Se tocó el rostro, atontada por el golpe, cuando sintió algo líquido: era sangre, de su nariz. Levantó la vista, furiosa, para encontrarse con una Arisha igual de furiosa. Sus ojos destellaban fuego.

 

—Son una completa molestia. En internet una no encuentra nada más que cosas sobre ustedes, como si se creyeran con el derecho de tomar toda la atención. Son horripilantes.

 

Arisha se desvaneció de nuevo entre una nube de oscuridad. El juego comenzaba otra vez.

 

Victoria intentó despejar su cabeza, no estaba lo suficientemente concentrada y debía idear algo. No estaría nadie más para salvarla y la suerte no la acompañaría.

 

Escucho unos pasos cerca de ella, a su espalda. Lanzó el pie hacia atrás, intentando darle a algo, pero sólo golpeó el aire, que le devolvió el golpe en toda la cabeza. Su cerebro se sacudió por dentro, dejándola viendo sólo destellos.

 

—No son para nada bonitas un montón de estúpidas flacas sin nada de figura. No tienen el derecho a eso. Yo, en cambio, soy la luz que muestra la belleza tal y como debe ser. Yo soy la Venus de Milo rusa de la era moderna. Ustedes, son sólo estorbos.

 

Victoria colocó una mano en el suelo, apoyándose para levantarse, ya se estaba hartando de tanta palabrería. Se limpió los ojos, intentado hacer desaparecer los pequeños destellos.

 

De pronto, tuvo una idea, y sonrío.

 

—¿De qué te ríes? —preguntó la chica entre las sombras.

 

Y en ese momento, un pequeño cuadro brilló justo frente a Victoria, en el suelo. Arisha había revelado su posición sin darse cuenta. Sin pensarlo dos veces, chasqueó los dedos y un impulso de luz golpeó a la presumida, haciéndola aparecer de nuevo y mandándola lejos.

 

La chica de blanco se levantó, furiosa, con su cabello desordenado. Vio eso en la pantalla y su ira se incrementó por mil mientras Victoria sólo sonreía, moviendo su dedo índice, invitándola a acercarse.

 

—Vamos, rusita.

 

Arisha convocó un poco de oscuridad en su mano derecha, lanzándola hacia Victoria, pero ella dio un chasquido y la bruma desapareció, llevada por el viento. Pero su contrincante también había desaparecido, aprovechando la distracción. Aun así, no dejó de sonreír.

 

—Estás loca de remate. Si dependiera de alguien lógico, ya te habrían encerrado en un manicomio —le espetó a la vanidosa jovencita.

 

La rusa cayó de nuevo en su provocación. Otro cuadro brillante en el suelo apareció, justo a su izquierda. Se lanzó sobre él y agarró algo en el aire, la figura de Arisha se materializó. Era un ángel, claro que sí, pero un ángel aterrador. Victoria la tomó de los brazos, con fuerza, atrayéndola.

 

—Déjame demostrarte lo que una asiática con sangre latina puede hacer.

 

Y con todas sus fuerzas, estrelló su cabeza contra la chica de cabello brillante. Luego de dar el golpe lo pensó nuevamente y supo que no había sido la mejor idea, ya que también cayó al suelo junto a la rusa.

 

Se levantó lo más rápido que le permitió el aturdimiento, viendo como Arisha se agarraba la cabeza, para luego darse cuenta de que tenía sangre en ella.

 

—Mi rostro… mi bello y perfecto rostro. ¡Tú, maldita estúpida!

 

Intentó lanzar un golpe, pero fue demasiado débil. Victoria lo esquivó con facilidad. Concentró un poco de luz en su mano derecha, para luego golpear en el estómago a aquella loca con todas sus fuerzas. El golpe dejó a Arisha inestable, con los ojos al revés. Golpeó el suelo con estruendo, había perdido la consciencia.

 

—¡Y la ganadora es, Victoria!

 

El coliseo entero rompió en gritos de elogio hacia ella mientras El Presentador se aparecía a su lado, sonriente, como siempre.

 

—Has dado un espectáculo maravilloso. Estuvo cerca de ganar, pero, fuiste más rápida que ella, eso estuvo bien. Ahora, deléitate con el marcador.

 

Victoria observó como la pantalla mostraba un punto agregado al lado del grupo de la luz. No podía sentirse alegre del todo mientras el dolor de cabeza la mataba, al mismo tiempo, el medallón de Hépíng se sentía frío contra sus costillas.

 

Miró a la cabeza cuadrada mientras él la observaba con aquella mirada que la había aterrado anteriormente. La sonrisa de alguien que sabe que tiene todo bajo su control.

 

Cansada, levantó un brazo, apuntando al Presentador con su dedo índice.

 

—Estaremos aquí, y participaremos en tu absurdo torneo, pero eso no significa que nos quedaremos sin hacer nada.

 

El Presentador inclinó su cabeza, intrigado.

 

—Y entonces, ¿qué harán?

—Nos largaremos. Eso tenlo por seguro.

 

La sonrisa de aquella aterradora cabeza cuadrada se ensanchó mucho más. Demente, esa era la única forma de describirla, mostrando unos dientes tan blancos como los muros que los rodeaban. Estaban atrapados entre aquellos muros, pero ella haría lo posible por escaparse.

 

—Me gustaría ver cómo haces eso, porque decírmelo no es la mejor opción para librarte del torneo.

—Porque no te temo. Y quiero que lo sepas.

 

Por un momento la sonrisa de El Presentador sufrió un leve tic, para luego continuar tal como estaba. Levantó una mano, saludando al público.

 

—Es mejor que saludes a tus fans, Victoria. Tal vez así mantengas ese ánimo tan divertido mucho más tiempo.

 

Y cambiando su voz, resonando en el coliseo, se desapareció.

 

—¡Un aplauso a la maravillosa Victoria, despidiéndola por el día de hoy!

 

Ella se alejó, arrastrando los pies mientras todos aquellos seres la ovacionaban.

 

«No importa cómo… —pensó—. Los demás y yo, nos iremos de aquí».

 

La puerta que conectaba el túnel con el coliseo se cerró, dejando a Victoria sumida en el silencio, donde hizo su promesa.

   …

 

Belmiro intentaba pensar en otra cosa en aquel pasillo. En su pueblo, en la calle frente a su casa en la que jugaba futbol con sus amigos. En algo, que no fuera la idea de un cigarrillo.

 

Llevaba cuatro días sin fumar, y estaba bastante harto de no poder sentir el sabor en su boca, su genio empeoraba cada día a causa de eso.

 

«Qué desperdició de fuerzas», pensó.

 

La criatura de cabeza cuadrada apareció, sonriente como siempre. Belmiro sentía ganas de darle un puñetazo a su cara detestable cada vez que lo veía, pero sabía bien que no debía tentar a la suerte.

 

—Un excelente trabajo con el joven Hépíng, déjame decirte. Pareces un profesional en lo que haces.

 

Belmiro no dijo anda ante ese absurdo elogio. No se sentía contento por haber asesinado a aquel muchacho, pero, el precio lo valía.

 

—¿Para qué me citaste acá? —preguntó con brusquedad.

 

—Para encomendarte otro trabajo, nada más. Ya sabes, tú te encargas de ciertas cosas, y yo te ayudaré a ver a tu madre de nuevo. Simple y sencillo.

 

Belmiro no dijo nada, dejando al Presentador regodearse en su teatro. Este suspiró.

 

—Público difícil. Bueno, qué se la hace. En el próximo evento, debes intentar matar a Victoria.

 

El chico no dijo nada, sólo asintió, y se alejó.

 

—Oye —lo llamó el ser. Belmiro se giró y vio que le lanzaba una caja de cigarrillos—. Te lo ganaste.

 

Entonces desapareció.

 

Belmiro observó la caja de cigarrillos. Acto seguido, sacó uno y luego hizo aparecer una llama de color oscuro en su dedo, para encenderlo. Se quedó un rato en ese pasillo, rodeado por el humo.