Crónicas de Fissovia: La Llamada de la Raggán

Capítulo 0: Prólogo

La caravana de coches avanzó contra la fría brisa de la carretera. Llegaron sin que nadie lo notara. No había control policial y los habitantes no salían después del atardecer. 

 

Aparcaron frente a un caserón abandonado en las afueras de la ciudad. Un curioso hombre, de mediana estatura, negra capucha y máscara teatral de cuadros azules y rojos, recibió al primero de aquellos carros. Abrió la puerta del asiento del copiloto e hizo una reverencia mientras besaba el guante que cubría la mano de una alta mujer. Ella ocultaba bajo sus oscuras gafas parte de su siniestra apariencia, haciendo el resto del trabajo un grueso abrigo de piel.

 

Con prisa caminaron hacia el interior del recinto. Junto a aquella mujer temible, seis personas más descendieron de los otros autos. Cinco mujeres similares a la anterior, tal vez un poco más jóvenes. También llevaban gafas y miraban el entorno, les era profundamente ajeno. Sus abrigos no evitaron que temblaran ante la brisa helada. El sexto era un hombre, que se apresuró a acercarse a la principal de aquellas mujeres mientras a sus espaldas el resto los seguían. 

 

—¿Tiene prisa? —preguntó el de la máscara.

—Hace demasiado frío, me dijiste que la temperatura sería aceptable —respondió la mujer alta.

 

Ella parecía ser la jefa de todos, su voz era imponente y señorial. 

 

—Yo la siento así. Lo lamento, olvidé que al ser de sangre fría, son más sensibles a las bajas temperaturas, mis disculpas.

 

El hombre era sincero, pero nada serio. Sonreía a través de la máscara y el otro hombre lo sabía, por lo que no lo perdió de vista, no se fiaba de él.

 

—¿Todo está listo para el ritual de esta noche? —preguntó aquel, con una voz mucho más seria y madura que la del enmascarado.

—Sí, incluso los sacrificios —contestó este.

 

Ante la confirmación, los ojos de la alta mujer brillaron a través de sus lentes y pidió de inmediato ser llevada al altar. Él no la hizo esperar.  

 

Cuando los tres estuvieron frente al altar, ella inspeccionó con la mirada que todo estuviera en orden y sintió como desde los autos traían la más cara indumentaria, propia de un ritual de ese calibre. De momento, los más impresionantes objetos eran dos enormes jarrones, donde dos cuerpos humanos se mantenían a flote en sangre. La mujer, que parecía ser alguna clase de sacerdotisa, mostró una lengua viperina y siseó con ella para oler ambos cuerpos.

 

—Todo está en orden, pero necesitamos el cuerpo de un niño para asegurarnos.

 

Ante la tranquilidad de sus palabras, tanto el hombre de la máscara como su otro acompañante tragaron saliva.

 

—Sacerdotisa, no creo que sea correcto… —El hombre más serio y servicial fue el primero en atreverse a hablar.

—El alma de los niños entra en contacto mucho más pronto con las energías de los dioses. El ritual debe hacerse lo más rápido posible —insistió aquella.

—¿Puede… puede ser el cuerpo de un niño no humano? —El enmascarado ya no sonreía bajo su careta.

 

Las palabras de su jefa lo habían hecho sudar. Él no sería capaz de romperle el cuello a un niño humano, como había hecho con aquellos dos pobres diablos.

 

—Sí, el alma es más o menos la misma —aseguró la sacerdotisa.

—Entonces seré tan efectivo como siempre —sonrió, retirándose de la sala mientras el otro hombre lo seguía con la mirada. 

 

El disgusto era palpable en su rostro, pero no hacia el enmascarado, sino hacia la sacerdotisa. Una idea atravesó su mente, pero la mujer habló primero. Ella conocía bien sus temores.

 

—No temas, así lo quiere ella —dijo la temible mujer, de espaldas a él,  extendiendo sus brazos; apreciando el ritual frente a sus ojos—. No pienses en otra cosa más que en nuestra gran victoria querido Rokuo. Si nosotros nos sacrificamos al venir aquí, ¿por qué no tomar un sacrificio de quienes tanto nos han quitado? No es necesario valorar alternativas, porque mi forma es su forma: La forma de Medusa.